Yo, Mi, MeQueer, Conmigo

Fotografía de James Sutton

Fue a los 11 años.

A esa edad empecé a ser consciente de la producción de hormonas revolucionarias que realizaba mi cuerpo. Por aquel entonces los menores empezábamos a experimentar con los mayores que teníamos a mano, por esa mezcla de divinización de lo adulto y querer crecer deprisa, típica de esa etapa de la vida.

En mi colegio, a partir de quinto de EGB, los alumnos teníamos que compartir una misma clase debido a la limitación del espacio; así, quinto y sexto quedaban en un mismo habitáculo y séptimo y octavo, en otro.

En el patio, los chicos solo podía jugar a fútbol si el monopolio de los mayores del momento hacía alguna concesión a quienes miraban embobados cómo chutaban la pelota. Un día me cansé de esperar a que me eligieran para hacer gala de mi buena zurda, así que le pedí a las chicas que me dejaran jugar con ellas a la goma.

Aquel acto “rebelde” me supuso el calificativo de “mariquita/maricón”- un adjetivo que hoy en día reivindico, porque yo lo valgo- por parte de algunos compañeros al instante. También me lo llamarían por ser fan de Madonna, Mecano, comprarme de forma esporádica la Súper Pop, estar siempre sonriendo y por mi afán por bailar como Michael Jackson.

Según tenía el día, o bien pasaba, o bien me cabreaba por el apelativo. Y cuando me cabreaban y hartaban, daba hostias con la mano abierta. A veces ganaba, otras no- es lo que tiene meterse en conflictos. Eso sí, cuando ganaba, el rival perdía hasta el almuerzo, lo que hizo que el director llamase a mi madre para preguntarle si no me preparaba bocadillo para el recreo. Mi madre se murió de vergüenza. Yo no… que no se hubiesen metido conmigo.

No sé si sería el espíritu de los últimos ’80 o algo innato, pero lo que supe muy bien ya en aquel momento es que nadie me iba a retener en clase a la hora del patio ni me iba a amargar mi ocio, ni, mucho menos, relegarme a las faldas de los profesores. Decidí que tanto en el recreo como fuera del colegio me comportaría tal y como yo era y que si, de vez en cuando, fuera necesario arrear algún tortazo para preservar mi tranquilidad, lo haría.

Vaya por delante que esto no es una incitación a la violencia. Es una oda a la defensa personal. Las utopías funcionan a la perfección en los libros, pero en nuestra sociedad es necesario cuadrarse, plantar cara y hacerse valer en determinados momentos. Eso mismo es lo que hicieron en Stonewall, que no fue más que el colofón de un hartazgo colectivo tras años de humillación y marginación. Gracias a aquel “golpe en la mesa” y a aquel “basta” de unas pocas personas, se mejoró la vida de millones.

Soy consciente de que no siempre es fácil y que, en mi caso, fui afortunado por mi carácter y porque las peleas siempre fueron del tipo “uno contra uno”, todo hay que decirlo- nada de machos alfa atacando en grupo a una sola víctima (¡Qué valientes son todos esos! ¿Verdad?).

Por estas razones, escribo a todos los afortunados para que sirvan de ejemplo y defiendan a los que no lo son tanto.

El abuso tiene un límite y lo podemos marcar cada uno de nosotros. Si eres un afortunado, ayuda. Nuestro compromiso social implícito es dejar las cosas mejor a las generaciones venideras. Es cierto que, a tenor de como van las cosas, no parece que lo estemos haciendo demasiado bien. Afortunadamente, todo es mejorable en esta vida.

Las críticas homófobas siempre están ahí, así que hay que darles la importancia que tienen. ¿O creéis que las mías acabaron en EGB? En absoluto. Siguieron en el instituto, apenas hubo en la universidad y reaparecieron en algún que otro entorno laboral, pero en estos últimos casos casi nadie tiene lo que hay que tener para decirlo a la cara.

Siempre a la espalda. Los más cobardes y acomplejados lo hacen así. Saben que se meterían en un problema si dieran la cara porque se llevarían denuncia. Los menos afortunados tenéis que sacar el máximo provecho de los avances que se han hecho, por vosotros y para que el trabajo de los que os precedieron no caiga en saco roto. También vosotros tenéis un compromiso social con los que están por venir.

Recordad: la vida es demasiada corta como para tener que, además, cargar con los complejos y miedos de otros. Por mi experiencia, sé que los más acomplejados y cobardes son los que menos argumentos tienen. Nunca- al ser preguntados cara a cara y de uno en uno, por aquello de estar en igualdad de condiciones- tienen respuesta clara para preguntas tan simples como… ¿y qué, si soy maricón? ¿Me vas a hacer los deberes? ¿Vas a estudiar por mí? ¿Acaso me pagas los gastos, facturas, hipoteca, etc…? ¿Te vas a preocupar por mí si enfermo? ¿Te debo algo?

No.

En realidad a nadie le va ni le viene si soy maricón. A no ser que tanto odio aparente solo esconda un deseo reprimido.

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Escrito por
Jordi Domínguez Macizo
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