Violencia invisible
Violencia invisible

Violencia invisible

Fotografia de Mark Goddard

La huída hacia adelante

Una vez, hace años, mi hermana me preguntó si me acordaba del día en que volví a España y fueron a recogerme al aeropuerto.

–Venías pálida, sucia, desaliñada… Nadie supo que decirte. Nos hicimos los locos. Sólo llevabas lo puesto y un macuto negro que apestaba a humedad y a orina de gato. ¿De verdad que no te acuerdas?

–Recuerdo el macuto…

No dije nada más. No sabía muy bien cómo decirle que no me acordaba del vuelo, ni del reencuentro, ni del viaje del aeropuerto a casa de mis padres.

Han pasado más de diez años, y sigo sin acordarme. Hay mucho que no recuerdo de los años anteriores. Otras, a fuerza de intentar no recordarlas, han pasado a ser como fotogramas de películas de sobremesa de domingo: borrones ajenos y lejanos. Mi cara sale en ellos, pero ahora ya es como si yo fuera espectadora y no protagonista.

Sí recuerdo que a la semana de volver yo ya estaba intentando enderezar mi vida con una nueva huida hacia adelante.

Conseguí un trabajo, empecé a preparar las pruebas de acceso a la universidad para retomar las cosas donde las había dejado e intenté hacer borrón y cuenta nueva.

En casa no se volvió a hablar del tema.

En mi familia, como en tantas otras,  hay una norma no escrita: lo que no se nombra deja de existir. Lo que no gusta, lo que duele, lo que no se sabe cómo afrontar se destierra de la conversación.

Fin de la historia.

No está todo bien

Se trata de no mirar al elefante en la habitación y esperar a que se desvanezca… pero la realidad no se rige por las mismas normas que mi familia, y el elefante se convierte en un mueble más.

Te acostumbras, sí, a moverte de forma instintiva sin invadir su espacio, a encoger un poco los brazos cuando pasas a su lado para no chocarte. Al final dejas de verlo, pero sigue allí.

Eso en psicología se llama mecanismo de afrontamiento (desadaptativo). Yo lo llamo mecanismo de supervivencia. La única forma de poder tirar adelante sin acabar de romperme del todo fue cortar todo de raíz, cargarlo en el elefante y no mirar atrás. Él sostenía todo aquello con lo que no sabía cómo vivir.

Y parecía funcionar. Ni quería acordarme ni me acordaba de los últimos cuatro años. Todo iba bien y el elefante se había desvanecido por arte de magia. Estaba bien, o al menos eso me decía a mí misma.

Y no, no estaba bien.

Estaba cualquier cosa excepto bien. Pero al fin y al cabo, la negación era el negocio familiar y lo único que me había permitido levantar cabeza como para seguir adelante.

Así que cuando me despertaba de madrugada, empapada en sudor y con el corazón desbocado, después de contar hasta diez y encender la luz me decía: “no pasa nada, estás a salvo, está todo bien”. Cuando alguna cosa, la chorrada más insignificante, disparaba un flashback que me arrastraba de vuelta, volvía a contar hasta diez y me decía: “no, no, no, está todo bien”.

Cuando alguien me tocaba más allá de la fría cortesía y mi cuerpo se tensaba como si todos mis músculos se convirtieran en alambre: “está todo bien”.

Cuando recordaba los puñetazos a las paredes, las amenazas, sus asquerosas manos manoseándome… “no pasa nada, está todo bien”.

Era tan fácil como encender el piloto automático y hacer lo que tan bien había aprendido a hacer todos esos años: apretar los puños y la mandíbula y empujar fuerte.

Empujarlo todo hasta el sótano de mis entrañas, lo suficiente como para que vuelva a haber sitio para respirar de nuevo.

Lo suficiente como para separarse y que, como en el fotograma de la película de domingo, los recuerdos pasen a ser sólo historias desdibujadas que podrían haberte pasado a ti, pero que no te han pasado porque sino te acordarías, ¿no?

Sentirías algo, ¿no?

Y no, te resulta todo tan ajeno… Y al final no tiene importancia porque al fin y al cabo estás bien, ¿no?

Sí, estás bien.

Reconstruir

Aun pasaron unos cuantos años más antes de darme cuenta de que el elefante me seguía a todas partes y de que, aunque en los días buenos (ahora la mayoría) no hacía nada de ruido, ocupaba un espacio demasiado grande.

Me limitaba el espacio para avanzar, para crecer, para sanar, para amar… para vivir.

Igual que el elefante de la parábola de Jorge Bucay, anclado al circo por una estaca que una vez fue demasiado para sus fuerzas de cachorro, yo me había quedado encadenada al elefante que me había salvado del pasado pero que me encadenaba a él.

Pasaron algunos años más antes de darme cuenta de que la única manera de cortar esa cadena era ir a terapia.

Romperlo todo para reconstruirme mejor.

Observar al elefante, mirarlo a los ojos, y hablar, hablar, hablar, hasta que todo caiga en su lugar.

Hasta que las heridas curen.

Hasta que vuelva a haber espacio para respirar.

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Ana González
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