Nuestro común denominador
Nuestro común denominador

Una selfie para siempre

Fotografía de Honey Fangs

Acababa de romper con mi novio cuando Berta me sugirió entrar en el grupo de WhatsApp que capitaneaba Raúl, porque según ella, yo necesitaba conocer gente y reír un poco más, de modo que acepté sin rechistar.

−Total, un grupo más−, le dije sin ganas.

No se me habría ocurrido nunca que mi vida fuera a cambiar de la noche a la mañana, y pasé de estar tirado en el sofá viendo Netflix, a pasar horas en el mismo sofá wasapeando, con Netflix de fondo.

El caso es que, en cierto momento, Raúl me escribió en privado y me preguntó que qué tal estaba y si me hacía falta algo, y le respondí que todo estaba bajo control. No quería contarle mis miserias, pero cuando nuestra conversación llegó a ese punto de confidencias, terminé contándole mis penas con unos cuantos audios. Raúl, tras escucharlos, me dijo que en un rato pasaría a buscarme para ir a tomar unas cervezas y divertirnos un poco.

De bote pronto, me embargó una energía irrefrenable y me metí en la ducha. Como no sabía a donde iríamos, busqué en el armario un polo decente, unos vaqueros y el cárdigan que me regaló mi exnovio y que no iba a tirar a la basura por despecho.

Al bajar, Raúl ya estaba esperándome y mirando el móvil. Me fijé que él llevaba la misma camiseta que lucía en su foto de perfil y un pantalón pirata vaquero que le sentaban muy bien. En cuanto pisé la calle, me recibió con dos besos y un abrazo sonoro.

—¡Ya tenía ganas de conocerte en persona! Vamos al bar, ahí estaremos mejor y te presentaré a Paco, que me han dicho que te gusta el camarero nuevo.

Lo miré de reojo y asentí sospechando que Berta se lo habría dicho en cualquier momento.

—Está bien, vamos, pero a mí no me gusta el camarero, ¿eh?

—¡Que no cuela, Nando!— y empezamos a reír a carcajadas.

Varias copas más tarde, estábamos bailando junto con otros chicos que no hacían más que rozarse. Podía notar como Raúl se endurecía mientras me lamía el cuello e intentaba vocalizar algo entre tanta música. Ya en su casa, me condujo a la habitación, donde nos desnudamos con prisas y risas silenciadas con el dedo.

Después de corrernos y fumar un cigarro a medias, me quedé pensando en todo lo que habíamos hecho en tan pocas horas. Estaba absorto, acariciando su espalda como quien acaricia el viento por la ventanilla del coche. Entonces despertó.

— ¿Nos tomamos una foto? —preguntó de repente.

—Está bien, ¿por qué no? —contesté, a pesar de no estar convencido.

Encendió una lámpara, se incorporó en la cama y con la mano me indicó que esperase ahí. Se fue a la cómoda, donde lo vi hurgar en su bandolera negra hasta sacar una cámara digital.

—Es para mi proyecto audiovisual—dijo, y extrajo la tarjeta de memoria para cambiarla por otra.

—¿Proyecto audiovisual?

—Sí, estoy creando un reportaje sobre mi vida, de los lugares que visito, la comida, la gente y de todo lo que me parece fascinante —y me lanzó un guiño que me dejó mudo. ¿Me encontraba fascinante?, pensé.

Al volver a la cama me enseñó la foto que me acababa de tomar sin darme cuenta.

—¿Te gusta? Cuando la edite quedará perfecta.

Me quedé mirando la foto en la pequeña pantalla. Parecía una foto sacada de una realidad alternativa.

—Me encanta —mentí. Supongo que tenía curiosidad por ver la foto editada.

Después Raúl insistió en que nos juntáramos sobre su almohada lo más cerca posible para tomarnos una selfie, dijo que quería una así conmigo, y mientras nos apuntaba con la cámara yo solo podía pensar que apenas lo conocía.

—Mira al objetivo, Nando—escuché—, esta otra es para mí.

Al ver la foto, Raúl salió mirándome con ternura. En cambio, yo tenía una sonrisa algo forzada, o eso es lo que siento siempre que me veo. Nunca me ha gustado verme fotografiado, tampoco me gustó ver esa cara de pollo despistado que tenía hacía unos instantes.

Tras comentarle que esa foto me hacía sentir incómodo llegaron otras más besándonos, haciendo muecas, riéndonos, poniendo cara de pato y todo lo que se le ocurría. Después se me subió encima del pecho y me acorraló entre sus rodillas y, cámara en mano, volvió a fotografiarme.

Decía que le gustaban mis facciones y que si me dejaba un poco de barba me daría un aspecto de chico malo como le sucedía a él. Tras dejar la cámara a un lado, volvió a besarme el cuello con tanta dulzura que era imposible no dejarse llevar. Pero, pese a todo, en mi cabeza revoloteaban sentimientos encontrados.

Al cabo de un rato, decidí volver a casa y él quiso acompañarme hasta el portal, donde volví a agradecerle que me invitara a salir, a despejar un poco la mente y a todas esas cosas que necesitaba hacer. Raúl, callándome la boca con un siseo, me dijo que no las aceptaba y luego me agarró de la nuca para plantarme otro beso en la boca.

Como dije, apenas lo conocía.

Solo sabía que era un chico que tenía mucho magnetismo, que vivía solo y que le encantaba recolectar todos los momentos con su cámara digital. Por lo que pude averiguar, todos nos habíamos enrollado con él en algún momento de nuestras vidas.

Todos, tantos los chicos como las chicas de ese grupo.

Al principio me chocó bastante, hasta que comprendí que Raúl vivía sin etiquetas y no quería que nadie las tuviera. De algún modo, en nuestro pequeño gran grupo de amigos, él era nuestro común denominador.

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Escrito por
David Orell
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