Las protagonistas de La doble transición
Las protagonistas de La doble transición

Un taconazo contra la desmemoria

Fotografía de Paco Puentes García

Son bastantes veces las que pienso que, a lo largo de mis casi treinta años, prácticamente todo lo que he aprendido acerca del pasado reciente de España, del periodo republicano, de la Guerra Civil y de la dictadura franquista, se lo debo a las muchas inquietudes culturales que siempre me despertaron mis padres y al interés por la sociedad que, como ciudadano, he cultivado y sigo cuidando cada día.

Recuerdo las clases de historia en el instituto, los acercamientos a la prehistoria en el inicio del curso, el estudio más o menos profundo del Antiguo Egipto, de al-Ándalus, de la Reconquista o de la Revolución francesa, entre otros y diversos contenidos. Pero, sobre todo, lo que recuerdo con nitidez es la frustración que sentía al comprobar que el siglo XX español era pasado de puntillas hacia el final del curso. Siempre me preguntaba: ¿por qué no dedicamos una parte del curso a estudiar la historia más cercana a nuestra actualidad? ¿Por qué sé más de la historia de España gracias al cine y algunas conversaciones con mis padres y mis abuelos?

Actualmente, desconozco si las nuevas generaciones tienen la suerte (aunque no es una suerte: es un derecho) de acceder al conocimiento profundo de la historia reciente de nuestro país y estudiar, por ejemplo, cómo era el régimen dictatorial que, hace no tanto tiempo, precedió a esta España democrática en la que vivimos ahora. Y también ignoro si yo me vi afectado por alguna circunstancia puntual, referente a la planificación de los contenidos, mientras muchos de mis contemporáneos vivían otra realidad educativa que les permitía conocer aquello que, bajo mi experiencia personal, era sustancialmente invisibilizado.

En cualquier caso, de sobras es sabido que la Transición, con sus muchas luces y sus muchas sombras, consagró un pacto de silencio. Un pacto lógico, por el tremendo e inmediato dolor de las heridas abiertas, pero tristemente prolongado en el tiempo por el interés de los cínicos. Y, en ese marco de silencio e invisibilidad, muchas personas han vivido absolutamente relegadas en el sótano de la historia, en un cruel ostracismo que sumergió sus vidas en el olvido y agujereó nuestro exiguo conocimiento de la historia.

Yo, como ciudadano homosexual, me siento emotivamente deudor de una historia de represión y de lucha en la que muchas personas se dejaron la vida. Una historia de liberación que, desde hace varios años, ha adquirido una épica. La épica de la marginalidad impuesta, de la rebelión frente a la opresión y de la conquista de derechos.

Ante esa historia, son muchas las voces que denuncian cómo, a menudo, se ignora que fueron las mujeres transexuales, gracias a su arrojo y a su visibilidad inevitable, las que protagonizaron aquella gesta en una encarnizada resistencia frente al franquismo, subvirtiendo la normatividad tiránica que las impedía ser quienes eran. Porque la orientación sexual –quién te gusta– podía ocultarse, pero la identidad de género –quién eres– no cabía en ningún armario.

Ese olvidado protagonismo es lo que pone de relieve La doble transición, un necesario libro que repasa la vida de ocho mujeres transexuales que lucharon contra la dictadura y vivieron, en carne propia, tanto la transición política hacia la democracia como el tránsito que les permitió ser quienes eran.

Raúl Solís, el autor del libro, un periodista de verbo duro y afilada mordacidad, se acerca a la realidad transexual del tardofranquismo con una mirada tierna y cálida. En todas sus páginas se vislumbra una sentida admiración por la valentía cotidiana de estas ocho mujeres que, a su pesar y sin pretenderlo, se convirtieron en heroínas anónimas.

El libro es una apuesta política, una iniciativa humanista, una caricia literaria que rinde tributo al pasado dolorido de unas mujeres que fueron abocadas a la prostitución y al espectáculo como únicas salidas económicas. Es un hermoso acercamiento a unas mujeres que desafiaron el statu quo del nacionalcatolicismo. Es el retrato de una sociedad severa e hipócrita. Es la demostración emocionante de que, en medio del blanco y el negro, siempre brotan colores variopintos que abren estrechos senderos de libertad. Unos caminos de luz y esperanza que, pasados los años, se convirtieron en avenidas por las que muchos paseamos.

Nos encontramos, en definitiva, ante la recuperación de la memoria de unas mujeres que, a través de las risas, la irreverencia y una saludable frivolidad, sobrevivieron a la sordidez, el odio, la cárcel, la exclusión, la marginalidad y el abandono más devastador. En sus rostros se puede observar la erosión de una existencia dura y desgarrada, pero también la ternura y la humanidad de quienes nacieron lacerantemente condenados y se resistieron siempre a la derrota.

Es un deber leer y recordar sus nombres: Silvia Reyes, María José Navarro, Miryam Amaya, ‘la Petróleo’, ‘la Salvaora’, Soraya González, Mar Cambrollé y Manolita Saborido. Ellas son las ocho protagonistas de un libro en el que también se siente la ausencia de otras muchas, la de quienes ya no están y se quedaron en el camino, sin recibir este merecido reconocimiento.

Sus testimonios en La doble transición son una lectura recomendable que sirve para recordarnos que el ayer, lejos de lo que dicen algunas soflamas, nunca se debe olvidar, porque es necesario para estructurar el hoy y encarar el mañana. Sus historias son un valioso documento que sirve para poner en valor la condición humana, porque estas ocho mujeres, más allá de su identidad, representan una bonita oportunidad para vernos reflejados como seres humanos.

La vida es tránsito, es aprendizaje, es lucha, es proceso. Ellas decidieron subirse orgullosas a sus tacones, dispuestas a emprender sus aventuras individuales, pero soñaron y lucharon por una sociedad basada en valores de igualdad y solidaridad, para hacer de este mundo un lugar más digno y más justo.

Como en el poema 1936, de Luis Cernuda: lo recuerdan ellas y lo recuerdan a otras.

Muchísimas gracias, de verdad, por haber sido siempre quienes sois.

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Escrito por
Diego Monge Barón
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