Día Mundial del VIH y SIDA
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Un puto mentiroso

Fotografía de Christian Newman

Rubén se marcha y el salón se llena de silencio; un silencio lleno de reproches, de lágrimas. Me acusa de haberle engañado durante estos meses, pero no es verdad, me gustaría que entendiera, que se diera cuenta de que yo jamás le haría daño. Yo nunca lo he visto así, con esa cara de incredulidad y de odio, sé que me odia, en este momento me odia. Nunca le había visto tan asustado. Antes de cerrar la puerta , da pequeños pasos sin saber qué hacer con su cuerpo: no sabe donde poner las manos, ni los ojos (no se atreve a mirarme). No sabe si quedarse, si salir corriendo. “Me has mentido, me has engañado”. Es un grito susurrado, lo repite, como si fueran las cuentas de un rosario. Yo no puedo consolarle, tampoco me atrevo a mirarle. Toda la información que tenemos, todo lo que hemos leído y lo que nos han contado no sirve de nada en este momento. El pánico es demasiado poderoso, y la razón se ha quedado pequeña.

Eres un puto mentiroso.

Y se va. Me hubiera gustado que diera un portazo, que rompiera la puerta, así podría recriminarle algo, ira o lo que fuera. Pero entiendo su miedo, porque yo también lo tengo. Podría haber esperado una semana, o toda la vida. Podría haberme callado, o ser yo el que se hubiera alejado de él. Si hago repaso de todas las veces en que nos acostamos apenas hubo riesgos, apenas. Yo podría decir que buscamos cosas diferentes, que a mí él me gusta demasiado, que me estoy enganchando, y que sé que él no quiere nada serio. Pero Rubén no solo es mi amante, Rubén es mi amigo. Rubén es el primer whatsapp de la mañana.

Dar clase a aquel niño era lo más aburrido que me podía pasar. Su madre estaba empeñada en que tenía dislexia, eso le había dicho el psicólogo del colegio. Luego déficit de atención. Una hora dándole clase a aquel niño era una travesía por el desierto. Mientras resolvía una sopa de letras de dificultad media donde tenía que buscar nombres de animales, encendí el móvil, me metí en una aplicación y apareció Rubén. Diez minutos después estábamos jugando al trivial online. Nos picábamos, yo ganaba los quesitos rosas y marrones, él los azules y verdes. Rubén es ingeniero de telecomunicaciones, el tío es listo. De vez en cuando me arrebata los quesitos de mi propiedad, y termino por reconocer que es mejor jugando al trivial que yo. Aumento la dificultad de las sopas de letras y de las divisiones para poder jugar al trivial con Rubén.

Hemos decidido quedar a tomar algo. Es mayo y nos sentamos en una terraza. Me parecería más fácil sacar el móvil y jugar a arrebatarnos quesitos. Rubén es más bajo que yo, mal empezamos. Rubén no es ningún macho empotrador, y en cierto modo me siento desilusionado. Pero cuando nos ponemos a hablar decidimos terminarnos una botella de José Cuervo que tiene en su casa. Pocas veces he ido mucho más allá de Nueva Numancia, y menos sin tener la seguridad de que voy a follar, pero mira, no le voy a hacer ascos a un par de vasos de tequila. Todavía no sé si Rubén me gusta. Todavía no sé si yo le gusto a él.

Confié en ti. Me lo pasaba bien contigo, me reía. Pero ya no me fío de ti. Eres un puto mentiroso. Los resultados han dado negativo. Has jugado con mi salud. No quiero volver a saber de ti. Eres un puto mentiroso.

Ese es su mensaje de despedida. Repite dos veces el insulto, y tengo la sensación de serlo de verdad, pero repaso y repaso en mi cabeza, una y otra vez, y me digo que lo que hicimos, cualquier cosa, cualquier juego, lo hicimos los dos, y yo no sabía nada. Nada. Cuando me llamaron del laboratorio para decirme que tenían que repetir la prueba, que no habían extraído sangre suficiente, lo supe pero no quise saberlo. Cuando abrí el sobre y vi el símbolo más pensé en que no podía ser. La plaza estaba llena de niños, las terrazas llenas de gente. Era el mismo sitio donde Rubén y yo quedamos por primera vez. Y no pensé en mí, pensé en él, a pesar de que era imposible, porque apenas habías corrido riesgos. Apenas.

Rubén era ingeniero de telecomunicaciones, eurofan y su cantante favorita era Pastora Soler. Era algo más bajo que yo y no tenía pinta de empotrador. Nunca me hubiera fijado en él, pero me fijé, me fijé tanto que nos bebíamos una botella de tequila por semana, tanto que accedí a ir más allá de Portazgo solo para estar con él, para empezar a ver una película que nunca terminábamos: después de comernos las palomitas ya estábamos follando. Nos reíamos de lo torpes que éramos, a los dos nos habían dejado hacía poco, y los dos nos sentíamos abandonados. Era mayo y me vi las semifinales de Eurovisión de aquel año. A él le gustaba la niña rubia danesa, yo le decía que no se podía ganar un concurso como ese así, yendo descalza, que no sería justo para Remedios Amaya. Pero reconozco que aquella canción era una trampa: te hacía bailar, te emocionaba, pero hablaba de abandono y de llanto. Quizá fueran los flautas y los tambores, quizá la niña rubia descalza y ese vestido vaporoso. La danesa y su canción ganaron aquel año y me tocó invitar a una botella de tequila.

Cuando Rubén se fue y me dejó sentado en aquel sillón, decidí no enfadarme. Le justifiqué, comprendí que sus insultos y su enfado eran consecuencias del miedo. Yo también lo tenía, pero él debía estar verdaderamente acojonado. Yo podría haber intentado justificarme, y decirle que todo el tiempo, los escasos meses que estuvimos juntos yo no sabía nada. ¿Acaso servía de algo? Solo le pedí que se hiciera las pruebas y que me contara que estaba bien, que había dado negativo. Y me quedé en silencio, recibiendo sus golpes de ira y pánico como si fuera un saco de boxeo. Sé que no lo merecía, no merecía aquel trato, pero ni Rubén ni yo estábamos preparados para aquella noticia. La puerta se cerró y no supe de él nada más hasta que me mandó aquel mensaje.

Please tell me why, why do we make it so hard? Look at us now, we only got ourselves to blame. It’s such a shame. How many times can we win and lose? How many times can we break the rules between us? Only teardrops.

Pensé que contestar a su mensaje con la letra de la canción que ganó aquel año, que tanto bailamos en los bares aquel verano, podría significar algo. Pensé que le ablandaría el corazón, que le quitaría el miedo. Que la niña rubia danesa, descalza y su vaporoso vestido supondría algo para él, pero decidí borrarlo. Yo tenía demasiado que hacer, demasiados médicos a los que ir, demasiado peregrinar por los hospitales, demasiadas extracciones de sangre. Yo era seropositivo y él no. Pensé en guardar silencio, pero tampoco, yo necesitaba hablar y me daba igual la trinchera de su miedo.

A mí, ahora, solo me quedan las lágrimas. Por favor, ahórrate volver a decirme que soy un puto mentiroso.

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Escrito por
Raúl Duque Motilla
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