Tu sonrisa ausente
Tu sonrisa ausente

Tu sonrisa ausente y el eco de los gritos

Fotografía de Yannis Papanastasopoulos

Fueron dos o tres segundos los que pasaron.

Aquella noche nos besamos, como siempre que nos despedíamos. No fue un beso diferente al que nos dábamos siempre. En la calle, nuestros besos nunca destacaron por ser muy apasionados, pero eran besos cuyo sabor era el de la ternura. Una ternura que se prolongaba unos segundos más, cuando nos separábamos y cada uno de nosotros comenzaba a caminar por la acera en sentido contrario al del otro.

Yo, sin dejar nunca de avanzar, tardaba muy poco en echar la vista atrás para observar cómo te alejabas. Me hacía feliz comprobar que, cuando volvía la mirada, tú siempre hacías lo mismo que yo: te girabas, me sonreías y me hacías bromas con tus gestos. Alguna vez, incluso, me provocabas para que regresara a ti y te volviera a besar. ¿Lo recuerdas?

Dos o tres segundos, no muchos más. Los suficientes para que pudiera valorar, en aquel beso y no en otro, la plenitud que implica tener libertad para mostrar el amor en público. Por aquel entonces, yo venía de haber vivido una relación tan duradera como turbulenta, en la que nunca pude besarme en público. Las difíciles circunstancias de la otra persona imponían una discreción que me permitió conocer, a mi pesar, el fascinante y tenebroso mundo de la clandestinidad. Durante años, aprendí muchísimo moviéndome por el subterráneo, pero, lamentablemente, aquella relación también me privó de vivir la luminosa experiencia de la visibilidad. Y, además, en mi ciudad, en mi querida Zaragoza.

Sucedió en un breve lapso de tiempo. Yo me recuerdo mirándote a los ojos, besando con suavidad tus labios y sintiéndome, como casi siempre, pequeñito ante tu estatura. A ti te recuerdo mirándome con mucha picardía, como si estuvieras frente a una criatura que se deshacía ante ti. Y, de repente, se produjo el chispazo: unos gritos salieron abruptamente de la ventanilla de un coche en marcha.

–¡Maricones! –nos gritó un chico. O algo parecido, con expresión de burla y gesto arrogante.
Es de lo poco que pude entender entre aquellos gritos que, cuando quisimos darnos cuenta, sólo eran un eco de sonido. No hubo lugar para el miedo, ni para el amedrentamiento. La sacudida sonora fue tan fugaz que nos quedamos sin saber qué hacer, ante el paso de las personas que iban y venían por la calle.

Pasados los dos o tres segundos, tú soltaste tus manos de las mías y avanzaste unos pasos hacia adelante, cerca de la calzada.

–¡Hasta luego, salao! –gritaste, ironizando y haciendo aspavientos con los brazos, dirigiéndote a aquel chico que todavía se asomaba por la ventanilla del coche, alejándose y escapando muy deprisa de nuestra mirada.

Yo me quedé detrás de ti, sin poder contener la risa, admirando cómo, una vez más, volvías a protagonizar otro momento con tu arrolladora simpatía. Una simpatía volcánica con la que eras capaz de convertir una situación desagradable en una anécdota divertida, deslumbrándome con tu inteligente y desbordante capacidad para sonreír ante cualquier contratiempo, para reírte y burlarte en la cara del drama, para hacer de esta vida una constante comedia. Para gestionar –a veces de forma hiriente para mí– cualquier asunto importante como si de una coña se tratase.

Y ahora me encuentro escribiendo estas líneas, recordándote, después de haber probado el amargo sabor de la decepción. Todavía me escuece la herida que me dejó saber que no fui querido ni valorado como merecía. Aún me siento engullido por el vacío que supone haber entregado parte del tesoro que aguardo en mi interior a quien no supo ni quiso cuidar la valía de ese tesoro. Tu volcán de simpatía me dejó devastado de ilusiones frustradas, porque después de las risas, de tus bromas y de tu buen rollo, llegó la nada. Llegó el desamor, llegó la pena, llegó el silencio, llegaron las mentiras y tu dolorosa falta de empatía. Y la desagradable sensación de sentirme un ingenuo.

Pero siempre me quedarán los recuerdos de un amor que, para mí, fue puro, limpio y blanco. Tengo clara conciencia de que, en el parque de mi memoria, siempre habrá un banco que lleve tu nombre. Un espacio iluminado por tu sentido del humor, por tu chispeante mirada, por tu esplendorosa sonrisa.

Reconozco que, algunas veces, me sigo despertando con el sueño imposible de volver a encontrarme contigo, de llevarte a cenar y descubrir juntos un nuevo rincón de la ciudad. Siempre se me escapan lágrimas de desconsuelo, pero el recuerdo de aquellos gritos en la noche me permite pensar en tantos amores negados, pisoteados e invisibilizados. Y, después de calmar mi llanto, me miro, me escucho, me siento afortunado de mi libertad y pienso en lo muchísimo que puedo ofrecer a los demás.

Sé que tú no estarás ahí para valorarlo, pero yo sí. Y es entonces cuando las ganas de estar contigo toman otro color y adquieren otra forma.

Y se me pasan.

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Escrito por
Diego Monge Barón
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