Triángulo imperfecto
Triángulo imperfecto

Triángulo imperfecto

Fotografía de Alex Blajan

Escuché la canción desde el portal. Iba cargado con las bolsas de la compra y, mientras hacía equilibrios para sacar las llaves del bolsillo, oí que salía disparada por la ventana de mi habitación. Era Lo dudo, de Los Panchos.

Me puse tan nervioso que me costó meter la llave en la cerradura. Entré al rellano y pasé delante de los buzones. Los miré de reojo. Por un momento me los imaginé entonando la parte de: «… que tu llegues a quererme, como yo te quiero a ti», a pleno pulmón, hasta vomitar todas las cartas. Llegué a casa con la marca de las asas en las manos y el corazón en la boca. Las voces dulzonas de Los Panchos y sus guitarras melancólicas resonaban por todos los rincones.

Dejé la compra y fui hacia la habitación. Fernando estaba cambiando las sábanas. Un arsenal de productos de limpieza en la puerta, junto a la fregona y la escoba. Cada vez que Tomás volvía de uno de sus viajes, Fernando ponía aquella canción a todo volumen y limpiaba la casa meticulosamente.

Fernando me miró y dijo algo, pero no le escuché. Me llevé la mano al oído, como diciéndole que no podía oírle. Cogió el móvil y bajó el volumen.

—¿Qué tal te ha ido, cariño? —me dijo con una sonrisa en la boca.

—¿Cuándo viene? —le pregunté.

—Esta tarde, a las siete. Tendrás que ir a recogerle porque salgo del peluquero a las seis y media y no me da tiempo. ¿Te importa?

Fernando, despeinado y sin camiseta, me miraba mientras cambiaba la funda de la almohada, deseando que le dijese que no me importaba, pero la verdad era que sí.

—A las siete estaré allí —dije resignado.

Fernando dejó la funda, rodeó la cama y me dio un abrazo. Tenía la piel sudada y temblaba de emoción.

—¿No estás contento de ver de nuevo a Tomás? —me preguntó.

—Sí…, claro.

Conocimos a Tomás en un viaje. Él iba solo; nosotros íbamos juntos. Fernando me había insistido mucho en hacer un crucero gay, pero yo siempre me había resistido. Recuerdo que no me quité la camiseta ni para ir a la piscina. El ochenta por ciento de los hombres de aquel crucero (Tomás incluido) le dedicaban cuatro horas mínimo al gimnasio, y mi cuerpo distaba mucho de estar dentro de los cánones de la perfección.

Me dediqué a tumbarme en la hamaca con un mojito en la mano mientras observaba a Fernando alternar con varios tíos que solo pude diferenciar por el bañador, ya que todos estaban cortados por el mismo patrón: barba cuidada, cuerpo definido tirando a musculoso, corte de pelo a la moda y zumo o bebida isotónica en la mano. Allí nadie bebía, excepto yo, que ya iba por la cuarta copa.

—¿Y ese que no se quita la camiseta y tiene la cara blanca de la crema de dónde ha salido? —oí que decía un chico sentado en la barra del chiringuito.

—No sé —dijo su acompañante—, ¿de un cartel de neumáticos Michelín?

Sabía que se referían a mí, pero ni siquiera me giré. Al otro lado de la piscina, Fernando hablaba animadamente con un chico de aspecto rudo y barba canosa.

—Cariño, este es Tomás —dijo cinco minutos más tarde, acercándose hasta donde yo estaba.

—Perdona que no me levante —le dije—, pero voy tan borracho que me caería de boca y esos de ahí detrás lo están deseando, así que, como tú comprenderás, no les voy a dar el gusto. Soy Benjamín, encantado.

Tomás se agachó y me dio un abrazo. Olía ligeramente a coco y me lo imaginé desnudo subido a una palmera. Quise incorporarme en la tumbona para no parecer un gusano con gafas de sol, pero me resbalé a causa del sudor y la crema protectora de mis brazos y piernas, perdiendo el equilibrio y haciendo caer el mojito al suelo. Escuché las carcajadas de los chicos que estaban sentados en la barra del chiringuito. Me puse rojo y miré hacia abajo.

—Tranquilo, ya te traigo yo otro —dijo Tomás con amabilidad.

Aquella noche fuimos los tres al espectáculo de drags queens donde actuaban Anal Tasia, Chumi Spears y Ariana Glande. A mí me dolía la cabeza horrores y no disfruté del espectáculo, pero Tomás y Fernando parecían estar pasándolo genial. Reían a carcajadas, se decían cosas al oído, entrechocaban las copas y se guiñaban el ojo.

Fue en el momento en que dos de las drag hicieron un playback de Lo dudo cuando se besaron agarrándose las nucas con fuerza para que no se les escapara ni un gramo de pasión por entre los labios.

No me sorprendí en absoluto. Fernando y yo teníamos una relación abierta. De vez en cuando iban y venían chicos que, sin pena ni gloria, pasaban por nuestra vida, pero Tomás vino directo para quedarse.

De la noche a la mañana pasamos de ser dos a ser tres. Tomás, consultor medioambiental especializado en implantación de sistemas de gestión de calidad, viajaba constantemente, así que cada vez que venía a Alicante (que era bastante a menudo) nos avisaba y pasaba un par de días con nosotros en casa.

Cuando llegué al aeropuerto, él ya estaba esperando. Me saludó dándome un ligero abrazo y varios golpes en la espalda. Olía a perfume caro y vestía un traje de chaqueta azul que le sentaba como un guante.

Tomás estuvo amable, como siempre. Me preguntó por mi trabajo, por mis proyectos, por mi familia y por cómo me iba con Fernando. Le dije que muy bien, a lo que me contestó: «Fernando tiene mucha suerte de tenerte». Me quedé sorprendido.

Mi relación con Tomás era extraña porque no lograba conectar con él en ciertos niveles. Tomás se portaba bien conmigo, pero como se puede portar tu tía el día de tu primera comunión o la anciana del primero cuando te pregunta por qué tienes mala cara y te invita a un café con galletas rancias.

Nuestra historia tendría que haber sido la de un círculo perfecto, pero yo tenía la sensación de que era más bien la de un triángulo imperfecto. Quizá mi ángulo estuviera más cerrado y cuando tocaba a uno me alejaba del otro, y viceversa. La trigonometría nunca fue lo mío. El quererme a mí mismo tampoco.

Ya en casa, Fernando nos esperaba sentado en el sofá. Estaba radiante con su nuevo corte de pelo, la camisa perfectamente planchada y una inmaculada sonrisa. Tomás y él se abrazaron durante un buen rato. Yo, desde la puerta del salón, los miré y caí en la cuenta de que hacían una pareja perfecta. Un círculo. Una figura sin aristas que pudieran pinchar, porque ellos jamás se harían daño. Pero y, entonces, ¿por qué esto me dolía tanto?

Durante la cena no probé bocado. Ellos, sin embargo, engullían los platos y se devoraban con la mirada como aquella noche en el crucero mientras sonaba la canción de Lo dudo. Sus risas se mezclaron con las guitarras. Sus manos se tocaron por encima de las servilletas. Su complicidad iluminaba la mesa. Parecía como si se hubieran visto por primera vez. De hecho, todas las veces que se veían eran como la primera vez. Lo podía percibir en sus cuerpos; en sus miradas.En todo.

Tomás cogió un trozo de sushi, lo mojó en salsa de soja y se lo dio a Fernando directamente en la boca. «¿No comes, Benjamín?», me preguntó Tomás girándose hacia mí. «No —le dije—, no sé comer con palillos». Tomás insistió y empezó a explicarme cómo se hacía y cómo tenía que coger los palillos de manera correcta. No tuve más remedio que intentarlo, con tan mala suerte de que el trozo de sushi calló en el plato de salsa de soja, poniéndome perdida la camiseta.

Ambos empezaron a reírse. La cara me quemaba de vergüenza. Bajé la mirada y vi que la mancha empezaba a extenderse, igual que el recuerdo en mi cabeza de aquellos dos chicos sentados en la barra del chiringuito de aquel crucero. Fernando y Tomás se reían igual que ellos.

Me hice pequeño, más todavía de lo que me encontraba sentado en mi ángulo imperfecto, a oscuras. «¿Me disculpáis?», dije. Pero no me escucharon, quizá porque no lo dije en voz alta. Simplemente me levanté y me fui.

Bajé las escaleras apoyándome en la pared. Los buzones seguían cantando: «… Que halles un amor más puro, como el que tienes en mí». Salí a la calle, levanté la mirada y, a través del ventanal del balcón, vi sus cabezas juntas mientras bailaban.

En ese momento caí en la cuenta de que es imposible que el amor se sostenga si lo pones encima de una de las puntas de un triángulo. Lo más fácil es que pierda el equilibrio; que caiga; que se rompa o que desaparezca como el último acorde de una guitarra en un bolero.

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Escrito por
Antonio Sánchez Bejarano
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