Todo lo que podría decirte
Todo lo que podría decirte

Todo lo que podría decirte

Fotografía de Solstock.

Sin saber por qué, estoy nervioso. No debería, pero lo estoy. Hace 6 meses que no lo veo. 6 meses. Es curioso como una persona puede pasar de todo a nada en cuestión de meses. De ser el centro de tu vida, a un resquicio del pasado, sin más.

Pensaba que controlaría mis nervios y me mantendría inalterable, pero no lo consigo. Me dirijo hacia el bar donde hemos quedado a un ritmo intermedio, ni demasiado rápido ni demasiado pausado. Sé que llego algo tarde, aunque no me importa. Que espere.

Lleva meses insistiendo con mensajes, mostrándose atento, comprensivo, alegre. Todo lo que no fue cuando estábamos juntos. Yo le he respondido educadamente. Siempre. Con mesura, siempre un poco frío, supongo. No es algo calculado, es que no me sale, no puedo. Esa complicidad y ese cariño que él espera no se los puedo entregar.

Lo siento. Bueno, en el fondo no lo siento. Busco una excusa para acabar la conversación. Un pretexto para no quedar. Estoy muy liado, no tengo tiempo, me marcho unos días fuera. Pero hoy no he podido aplazarlo más. Hace unos meses que insiste. Tengo una copia de las llaves de su piso, me ha pedido que se las devuelva. Sabía que ese momento acabaría llegando, y aunque me resulta incómodo, he accedido a quedar. Vernos y devolverle las llaves, ese es el plan.

«¿Cómo puedes deshacerte así de los recuerdos, pasar página tan rápido?» me preguntan mis amigos. Y la verdad es que no sé darles una respuesta. Solo sé lo que no quiero. No quiero estar más con él, ya he tenido suficiente. «¡Han sido dos años!» me argumentan. Sí, es cierto.

El tiempo es tan relativo. Los años pueden pasar tan rápido, y las semanas tan lento. ¿Quién decide que el tiempo es igual para todos? Y qué decir de los recuerdos. Hubo buenos momentos, por supuesto. Pero mi memoria es selectiva, y solo recuerda los reproches, las malas caras, las ausencias, lo que faltaba.

Llego 8 minutos tarde. Él me ha escrito varios mensajes, me espera dentro del bar, en una mesa al fondo. Entro de la manera más despreocupada que puedo, intentando esconder mi nerviosismo. Paso al lado de una cantante y dos músicos que se preparan al lado de la barra.

¿Qué sentiré al verlo? ¿Se despertará algo dentro de mí, algo que lleva dormido meses? Siento miedo de volverme a sentir pequeño, de albergar aún algún sentimiento hacia él. Lo veo en la mesa, me hace una señal con la mano. Se levanta. Esboza una amplia sonrisa. Se acerca para darme dos besos e intenta acariciar sutilmente mi brazo, pero me deshago rápidamente de su mano. Nos sentamos.

Lleva puesta la sudadera roja que le regalé. Todo está calculado, por supuesto. Yo llevo una camisa nueva, que él nunca ha visto, y que quiere decir que soy alguien diferente, renovado. «Te veo bien» me suelta.

Yo no lo veo bien. Lo veo envejecido, con ojeras, con menos pelo y hasta diría que con más arrugas. «Es que estoy bien» le contesto. «Me alegro. Me he puesto la sudadera…» empieza a explicar. Sí, lo sé. Me he dado cuenta, mensaje captado. Lleva puesta la puta sudadera roja que nunca estrenó mientras estábamos juntos. «Me gusta. Me la pongo mucho, me recuerda a ti» me comenta.

Empezamos mal. Pensaba que al menos habría unos preliminares, un qué tal, cómo te va la vida. Lo bueno es que yo lo miro y no, ya no siento nada por él. Hasta pienso en lo mezquino y lo estudiado de la puesta en escena. Todo para manipularme, para hacerme pensar que ha cambiado.

—Bueno y qué tal todo. ¿Qué tal el trabajo? —. Supongo que ha notado la expresión en mi cara y ha dado marcha atrás. Ha decidido empezar por el principio: las formalidades.

Le resumo sin demasiado interés mis meses. Finge empatía, me hace preguntas. Las respondo vagamente, sé que es pura fachada. Forma parte de la actuación, me quiere demostrar cómo es su nuevo yo. Puedo ver todo tan claro que me pregunto qué tipo de venda llevaba antes para no darme cuenta. Me siento estúpido por haber aguantado tanto tiempo.

Espera su turno. Me toca preguntarle qué tal, y es ahí cuando empieza con la artillería pesada. Que no rinde en el trabajo, que su jefe lo ha notado. Que no duerme bien, que va cansado a la oficina. Quiere jugar con mi empatía. Quiere que me sienta culpable. Que le diga que todo ha sido un malentendido, que no pasa nada, que podemos volver atrás. Lo siento pero no, no voy a caer tan fácilmente.

El trío de músicos se dispone a empezar la actuación en el bar. La cantante tiene un aire a Lauryn Hill, y se escuchan los primeros acordes. Aprovecho la interrupción para sacar las llaves de mi bolsillo y plantarlas encima de la mesa. La cantante entona aquello de I love you, baby. And if it’s quite alright. I need you, baby.To warm the lonely night.

—Ah, por cierto. Aquí tienes. A esto veníamos, ¿no? — digo, mientras me sorprendo de la frialdad de mis palabras.

Él intenta obviar mi tono, y me mira buscando la magia del momento. El bar iluminado tenuemente con la luz de las velas, la música en directo.

—Bueno,  gracias, pero yo venía a algo más. Quería decirte algo… — me suelta.

Su boca se sigue moviendo, emitiendo sonidos. Con sus palabras teje bonitas excusas y motivaciones, eso siempre se le ha dado muy bien. Cómo ha estado pensando, cómo se ha dado cuenta de cosas, de lo que ha estado haciendo mal.  Cómo ha cambiado, ha madurado, ha evolucionado en estos meses sin mí. Se ha dado cuenta de lo que realmente quiere y cómo me necesita.

Lo escucho a ratos, mi mente no puede evitar volar. Me fijo en la gente del bar, cómo gesticulan, como ríen. Miro a los ajetreados camareros, de aquí para allá con las bandejas repletas de bebidas. Observo a la cantante, con su bonita sonrisa y su aterciopelada voz, llenando de magia el ambiente del bar.

—Oye, ¿me escuchas? ¡Estoy aquí! ¿Tienes algo que decir? — me pregunta, disimulando con una falsa sonrisa su cara de asombro.

Podría decirle muchas cosas, pienso. Todas ciertas. Podría contarle todas la veces que me ha humillado delante de amigos. Podría explicar todas las veces que me ha ignorado. Todas las noches que me he pasado escuchando sus problemas, sus traumas. Podría pasarme horas enumerando sus reproches injustificados. Relatarle lo injusto que ha sido conmigo. Podría detallarle todo lo que sé de él, lo que ha hecho a mis espaldas. Lo que él piensa que desconozco.

Pero hace tiempo que pasé esa fase. Soñé cientos de veces con tener la oportunidad de soltarle todo esto a la cara. Tenía preparado un discurso de película. Aunque, pensándolo bien, ni eso se merece.

—Mira, quizá te he dado otra impresión, yo solo venía a devolverte las llaves. No quiero nada más.

—Pero, ¿has escuchado todo lo que te he dicho? —espeta. Porque piensa que, con decir todo lo que debería, yo voy a caer rendido otra vez a sus pies. Porque espera que siga siendo el gilipollas que he sido todo este tiempo.

—Sí… y la verdad es que yo no tengo nada que decir. No quiero volver a lo de antes, eso lo tengo claro.

—Pero he intentado explicarte que ya no será como antes, que he cambiado.

—Lo siento, no tengo ni las ganas ni la energía para averiguarlo. No creo que la gente cambie tanto…

Siento como él intenta empezar otra frase, otra falsa justificación, otra excusa barata. Me levanto dejando algunas monedas sobre la mesa para pagar mi cerveza. Su cara muestra un asombro insospechado, soy yo el que abandona el lugar dejándolo con la palabra en los labios.

—Me tengo que ir. Hasta luego — digo, mientras me dirijo hacia la puerta.

La cantante ha cambiado de canción, y yo aún me giro una última vez, antes de abrir la puerta del bar, para observar su cara de estupefacción. Puedo escuchar como los músicos tocan una versión acústica de  I will survive mientras abandono el lugar sin volver la vista atrás. Oigo aquello de Weren’t you the one who tried to hurt me with goodbye? You think I’d crumble? You think I’d lay down and die? Oh no, not I, I will survive. Saco mi móvil, que ya ha recibido algún mensaje suyo, y hago clic en bloquear.

Camino por la acera sintiéndome más ligero, mis pies casi parecen despegar del suelo. Respiro profundamente y me siento aliviado y feliz, mientras canto en voz baja: I’ve got all my life to live and I’ve got all my love to give and I’ll survive. I will survive…

Comentarios de Facebook

Escrito por
David Rosa
Ver todos los artículos
Envia una respuesta
Escrito por David Rosa