Una isla nada desierta: relato de un confinamiento

Fotografía de @carmeinfotos

Madrid, 3 de abril de 2020

Ayer leí en un periódico digital –todo es más digital que nunca estos días- un texto delicioso de Pedro Almodóvar sobre su experiencia durante el confinamiento. Sobre cómo se había resistido a escribir hasta que al final, doblegada su resistencia por los días, las semanas y los acontecimientos, se había decidido a narrar su experiencia.

Leyéndolo me he dado cuenta de que llevo tres semanas escribiendo y opinando sobre el COVID-19 y sus consecuencias (tengo que hacerlo por mi trabajo y lo disfruto razonablemente) pero no había escrito hasta ahora de manera concreta y verdaderamente reveladora sobre mi experiencia personal, íntima, cotidiana.

Sí sobre mis reflexiones filosóficas, mis opiniones técnicas, acaso mis recomendaciones (estos días los medios andan locos por llenar de contenido sobre la crisis el vacío inmenso de acontecimientos y los psicólogos somos una de esas piezas clave de la generación de contenido, por lo que se nos exprime como si fuéramos oráculos, se nos piden recetas imposibles sobre cómo vivir una cuarentena, la prórroga de una cuarentena, combatir la ansiedad, predecir cambios de conciencia en la humanidad, desvelar el secreto del confinamiento perfecto).

Sin embargo, como digo, no había escrito sobre mi vida cotidiana estas semanas, en el sentido más llano de la primera persona. Y creo que ha llegado el momento de hacerlo, una vez sedimentada una cantidad suficiente de cotidianidad.

Llevo en casa desde el miércoles 11 de marzo. El día anterior se nos había indicado en uno de mis trabajos que recogiéramos porque al día siguiente iniciábamos la aventura de trabajar desde casa. El miércoles por la tarde tuve que acercarme “de urgencia” a la oficina del otro trabajo porque ocurrió lo propio, fruto de una contraorden, tan frecuentes las contraórdenes en esos días previos a la declaración oficial de la alarma. Ambiente extraño, de desmantelamiento, nervios, risas nerviosas, incertidumbre, vacío, desbandada controladamente precipitada, que no me cierren, a ver qué encuentro…

Así fue como yo, que soy una de las personas menos tecnológicas que conozco, me junté en el lapso de pocas horas con tres ordenadores diferentes en el despacho que tengo en casa. Dos días en casa después, viernes, salí a dar un paseo de despedida, algo transgresor, por un Madrid desagradablemente crepuscular, ya triste y desierto, excepto en el supermercado de El Corte Inglés, abarrotado de previsores nerviosos.

Allí un zumbido de hora punta, sin alarma pero con alarma, generaba un ambiente enrarecido, de incomodidad, de esfuerzo por mantener la calma y la compostura. Y ya se sabe que no hay nada más difícil de mantener que algo de lo que no se dispone.

Esa tarde del viernes 13 fue la última vez que alguien me tocó.

No me refiero al levísimo toque de la punta de dos dedos enguantados en latex que dejan las monedas de la vuelta en la palma de mi mano. Me refiero, como diría Pedro, a sentir el calor de la carne humana (en este caso en un abrazo con mucho aire, por si acaso, en una esquina cualquiera de mi barrio). Han pasado tres semanas exactas desde aquel viernes.

La realidad del confinamiento

Mi realidad durante estos días ha sido tan rara y tan inestable como la de cualquiera. Aunque he tenido que cancelar algunas sesiones con pacientes, el grueso de mi horario de trabajo se ha mantenido exactamente igual, solo que sin desplazamientos en metro ni paseos a la oficina.

Sin desgastarme tanto con tanto trayecto, tanta gente, tanto metro. Eso quiere decir que, aun en confinamiento, he dispuesto prácticamente del mismo tiempo libre del que disponía antes, es decir, muy poco, pero agradezco estas vacaciones de traslados entre un trabajo y otro, uno de los pequeños placeres, o no tan pequeños, que me está concediendo esta cuarentena.

Siento decirlo, pero cuando se tiene poco tiempo el metro –sobre todo el de Madrid, donde casi nadie sabe comportarse y casi todo el mundo se esfuerza por parecer idiota- es un lugar verdaderamente desagradable donde todo, absolutamente todo, molesta hasta la pesadilla.

Hablaba ayer con un amigo, una de las últimas personas con las que estuve un buen rato cara a cara antes de confinarme, esta vez por videoconferencia. Comentábamos, cómo no, cómo lo estamos llevando.

Me contaba que un conocido suyo de Italia, que nos lleva dos semanas de ventaja en esto, le había enviado un mensaje de ánimo desde el futuro: conforme avanzan los días y las semanas en confinamiento la experiencia va a mejor, no a peor.

Esto, además de complacerme, confirmó mis sospechas de que el confinamiento, como todo viaje, es un proceso en el que no se aterriza de repente nada más llegar, sino en el que nos vamos metiendo poco a poco, a medida que vamos encontrando nuestro sitio en esta circunstancia y labrándonos nuestro estilo particular de estar confinados.

Uno de los vaivenes en los que me debato estos días, quizá el principal, es el que me mueve entre la queja y la gratitud. No quiero endulzar estúpidamente esta experiencia convenciéndome de que constituye una gran oportunidad para no está muy claro qué. Si constituye una oportunidad para algo estoy más en la pataleta: no la quiero, no la quería. Tampoco me siento autorizado a quejarme amargamente de mi suerte hasta el momento.

He de ser honesto: esta crisis me ha hecho perder mucho dinero, me ha perjudicado a nivel profesional, ha hecho que mi rutina de corredor –cada vez más y más ambiciosa, una de mis pocas aficiones, diría que una de mis pocas ilusiones- salte por los aires.

De hecho, esta crisis me está impidiendo satisfacer mi necesidad de hacer deporte de manera regular y por supuesto de todas las formas de contacto humano que no impliquen una pantalla o un metro de distancia entre mi interlocutor y yo. A veces pienso que, cuando los que nos hemos confinado solos volvamos a la calle, hablar cara a cara de cerca con una persona, mantener una conversación larga con alguien o simplemente tocarnos unos a otros nos va a resultar durante un tiempo un nivel de contacto tan incómodo y excesivo que surgirá en nosotros la inercia nostálgica de lo digital.

Estoy bien, a secas

Esta crisis, como digo, a mí tampoco me ha venido nada bien en muchos aspectos. Pero estoy sano. No sé si he pasado de manera asintomática el virus en algún momento o si este me está acechando a la vuelta de una esquina. Pero el caso es que ni yo ni nadie cercano, con alguna excepción, nos hemos visto apurados de salud.

Por el momento, recortes aparte, mantengo mis trabajos. Para bien y para mal, vivo solo, en una casa confortable y suficiente para mí, que da a la calle y que tiene luz. Ah, la luz: me angustia que esta se vaya, o que abra un grifo y falte el agua, o que se me rompa, qué se yo, la nevera o la vitrocerámica causando en mi vida una calamidad mucho más desproporcionada que si ocurriera en condiciones normales.

Pero el caso es que lo bueno de la soledad es que nadie me molesta ni yo molesto a nadie. Así que he perdido cosas, sí, como todos, cosas importantes para mí. Pero veo lo que hay ahí fuera y doy gracias de que mi queja se refiera, básicamente, a que no puedo ir al gimnasio o que hace varias semanas que no…, bueno, ustedes ya saben lo que hace varias semanas que no he podido hacer.

Y poco a poco, como yo presentía y como el amigo italiano de mi amigo nos ha confirmado, voy encontrando mi sitio en mi cuarentena particular. Me ha costado dos semanas mentalizarme, pero finalmente he roto el hielo y me he entregado a las clases de gimnasia por Youtube (bendito Youtube, sin ti no soy nada).

Voy haciéndolo a mi manera y a mi nivel, yo soy más de correr en la cinta que de hacer abdominales en el suelo o lanzar puñetazos al aire (toda vez que el body combat es, desde hace años, uno de mis placeres más improbables pero menos culpables). Eso sí, me cuido de bajar las persianas del salón cuando me pongo a la faena porque me horroriza la posibilidad de que los vecinos de enfrente puedan verme y descojonarse o, quién sabe, grabar un vídeo furtivo que luego distribuyan por sus redes.

Voy, poco a poco, descubriendo y apreciando pequeños placeres en el día a día que pienso que pueden parecerse a los pequeños placeres de un preso en una celda o de un náufrago en una isla desierta, aunque mi cárcel sea de lujo y mi isla esté de todo menos desierta.

Sé que mucha gente está aprovechando estos días de confinamiento para leer incluso lo que no está escrito (o eso dicen, más bien) pero, como decía antes, mi tiempo libre es el mismo que tenía antes, es decir, escaso. Por eso intento no sentirme culpable por no estar leyendo más que antes. Intento, eso sí, permitirme mis ritmos como lector (tengo una gran tarea pendiente con eso de permitirme mis ritmos, así, en general).

A veces pasan cinco días sin que toque un libro, a veces pasan cinco horas sin que lo suelte. Yo funciono así.

Ahora que hago memoria, debo decir que la primera semana probablemente fue la peor. Estaba incómodo con el teletrabajo, entumecido de no moverme, con un cabreo transversal (o interseccional, como se dice ahora) con el mundo.

Mi mundo, básicamente

Pero poco a poco he ido encontrando mi sitio y mis compensaciones. Gracias a la gimnasia doméstica ya no me siento (tan) culpable por no hacer ejercicio.

En lugar de pasar todo el día metido en el despacho (cuando digo todo el día quiero decir, literalmente, desde que el sol sale hasta que se pone, recuerden que todavía tengo dos trabajos), lo que hago es utilizar el despacho para uno de ellos y trasladarme al salón para el otro, con la ventaja de que el wifi me queda más cerca y el ordenador de este segundo trabajo funciona mejor así.

La sutil importancia de cambiar de ambientes. Los jueves por la tarde acudía a clases de terapia psicoanalítica hasta las nueve y media de la noche. Aunque me encanta el curso, odiaba llegar tan tarde a casa después.

Esas clases, venciendo todo tipo de impedimentos (y Dios sabe que algunos han sido realmente dolorosos e irreparables) se están retomando de manera online. Amo por encima de todo la sensación de cerrar el ordenador al acabar y estar ya en casa, sería injusto que no apreciara también esto.

La primera semana de la emergencia, como buen confinado reciente, la pasé entre el pijama y la ropa de estar por casa. A la segunda no lo soportaba más y decidí que me vestiría de persona –evidentemente no con mis mejores galas pero sí presentable.

Soy un gran defensor de estar cómodo para estar por casa, nunca he visto la necesidad de estar haciendo una tortilla de patata con una camisa blanca, pero estos días experimento estos humildes cambios de ropa, ducha incluida, como un pequeño placer doméstico, como una especie de coquetería privada destinada a que nadie más que yo la aprecie.

Casualmente he descubierto que los periódicos han liberado algunos contenidos que en los últimos tiempos habían reservado solo para suscriptores, así que aprovecho para reencontrarme con Muñoz Molina, Almudena Grandes, Manuel Rodríguez Rivero, Javier Marías y algún otro santo de mi devoción. Volver a leer sus artículos es como vivir una tregua en el final de los buenos tiempos.

Debo ser el raro de Instagram pero yo no estoy cocinando de manera especial, sino que sigo encargando –como hacía cuando trabajaba en mis oficinas- la comida para el mediodía a domicilio (recuerden, no dispongo de mucho tiempo).

También tengo que decir que me genera mucha angustia ir al supermercado, por muy civilizado que esté, así que lo evito todo lo que puedo. No soporto la calma tensa de mi Carrefour de siempre, la presencia novedosa del guardia jurado vigilando que te pones los guantes de la fruta, las distancias marcadas en el suelo (aunque valoro el orden y la precisión con que se respetan las medidas de prevención), la sensación de aprovisionamiento deprimente, los huecos antes inocentes y ahora amenazantes en algún que otro estante, nunca nada grave…

Si pudiera compraría lo suficiente para no tener que volver hasta que todo hubiera acabado.

Yo soy muy flojo para estas cosas, qué le vamos a hacer, así que doy gracias porque las empresas de reparto de comida preparada a domicilio sigan funcionando con la misma eficiencia de siempre.

Saber que cuento con esto me genera mucha tranquilidad y me ayuda en mi necesidad de acudir al supermercado las mínimas veces posibles.

Como decía, mi realidad ha sido –está siendo- rara e inestable como la de cualquiera pero con los suficientes privilegios como para no tener nada verdaderamente horrible de lo que quejarme, que es mucho más de lo que pueden decir miles de personas con peor suerte que yo.

Doy gracias

Ha habido –está habiendo- días de todo tipo.

Les comentaba antes que me siento mejor que al principio, porque poco a poco voy aprendiendo a meterme en la piel de este confinado medio que soy, pero no les negaré que también hay días de todo, de más entretenimiento y más desubicación, de más creatividad y más vegetación, de mejor sueño y peor sueño.

Mi ansiedad, uno de los demonios con los que convivo y conviviré hasta que me muera, me visitó puntualmente durante los primeros días. Acabo de recordarlo, señal de que me siento mucho más regulado y mucho menos incómodo que entonces. Ya no siento esa angustia. Doy gracias también por eso.

También me visita otra sensación, más relacionada con la nostalgia que con el miedo. Recordar cómo era la vida de antes, de hace tan solo unas semanas, y cómo se nos ha escurrido de las manos de manera tan violenta, aunque sea provisional, me pone bastante melancólico. Cuando veo en la televisión escenas de la vida normal de antes siento, además, una gran extrañeza, como si esa forma de vida me fuera muy ajena, supongo que es una señal de que me estoy acostumbrando a mi nueva forma de vida.

También me pasa que, cuando salgo de casa, cierro la puerta y bajo por la escalera, siento como si estuviera haciendo algo clandestino que toda la comunidad de vecinos estuviera vigilando.

Inquietante la sensación de orillarte hacia un lado de la acera al cruzarte con alguien. Novedoso esto de experimentar el salir a la calle como algo peligroso. En mis escasos trasiegos al supermercado o al contendor temo encontrarme con la policía y que me multen, incluso alguna vez me he cruzado de acera al verlos hablando con alguien metros más arriba y he apretado el paso: malísima señal.

Mis experiencias, como este relato, son bastante más desordenadas que lo que cabría esperar de la rutina de un confinado, y así me ha salido plasmarlas. No sé si para alguien tendrán algún interés, pero espero que sirvan como recordatorio de que algo que a mí me proporciona un poco de consuelo poético: aquello de que las calles están vacías pero las casas están llenas de personas viviendo cada una su historia, intentando ponerle palabras a la novedad absurda, buscando desesperadamente alguien a quien contarle sus conclusiones.

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Escrito por
Rafael San Román

Psicólogo especializado en duelo y diversidad sexual y de género. Trabaja en la plataforma de terapia online ifeel y en la ONG de salud sexual, igualdad y diversidad Imagina Más. Vive en Madrid.

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