Ramón Martínez
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Ramón Martínez: “El error del movimiento LGBT es que comunicamos en clave de autoconsumo”

Fotografía de Ramón Martínez

Conocí a Ramón hará cosa de dos años cuando fui a Madrid por razones personales. Bebimos unas cuantas cervezas en un bar de Chueca mientras hablábamos de activismo, política y comunicación. Aprendí más de Twitter en dos horas que en los años que llevo usando esta herramienta.

Ramón Martínez es historiador de la literatura y activista LGBT. Ha publicado dos ensayos esenciales: La cultura de la homofobia y cómo acabar con ella (2016) y Lo nuestro sí que es mundial: Introducción a la historia del movimiento LGTB (2017). A raíz del primero recibió amenazas de muerte e insultos en redes sociales, que denunció públicamente.

Esta vez no hemos podido sentarnos a conversar, pero hemos vuelto a usar el teléfono para analizar cuáles son los retos del colectivo LGBT en los próximos años.

En el diario El Salto escribes que el movimiento LGBT actúa siempre como una respuesta a la agresión, que somos más reactivos que proactivos, pero ¿por qué crees que es así? ¿Por qué no lideramos nuestro propio discurso?

Yo creo que, desde hace casi dos décadas, tenemos un problema serio. En este tiempo la reivindicación del matrimonio igualitario ha cambiado nuestra forma de plantear objetivos y la estrategia para reivindicarlos. Desde que apareció el VIH, y esto es incontestable, (es muy importante la aparición del VIH en toda la reivindicación) siempre estamos respondiendo a una cuestión clave: ¿Qué le debemos como sociedad al colectivo LGBT? Al principio de nuestra reivindicación actual, en los setenta, sabíamos que había unos problemas que había que solucionar. Ahora lo que hacemos es buscar el problema concreto y dar una respuesta en lugar de atrevernos a analizar todo el sistema del heteropatriarcado como problema que requiere una respuesta y una modificación. Por eso digo que somos reactivos: esperamos a que haya una amenaza muy evidente para dar una respuesta a ese problema en lugar de analizar todo el sistema como problema y proponer directamente y ex novo todo un sistema alternativo.

¿Esa reacción significa que estamos bien así? Porque parece que le tenemos miedo a la extrema derecha.

En un contexto como fue la dictadura el marco reivindicativo debía ser completo: había que proponer un nuevo sistema. El problema es que, dentro de un sistema democrático, debemos poder seguir atreviéndonos a cuestionar, no el modelo democrático, sino cómo ese modelo democrático involucra toda nuestra existencia. Sin cuestionar la democracia se puede proponer un sistema democrático diferente. Creo que el gran problema es que no se nos ocurre, o no tenemos la imaginación suficiente para dar una respuesta que cuestione todo el sistema y plantee un mundo nuevo. Creo que hemos dado por bueno lo que tenemos ya, y en la comodidad de vivir tal y como vivimos, no se nos ocurre que, para conseguir más derechos, igual hay que plantearse muchas más reformas de las que planteamos.

¿Cómo crees tú que debería ser esa respuesta que plantee un mundo nuevo?

No me compete a mí…

…pero como teórico es muy cómodo plantear el problema sin ofrecer una solución o una alternativa.

El problema es que la solución no puede depender de una sola persona. El problema que yo, como teórico, sí observo, es que nos falta imaginación para un sistema nuevo. Pero tiene que ser una solución colectiva que involucre a todo el movimiento activista. Todo el movimiento debe replantear sus fundamentos de forma colectiva y ofrecer una idea nueva. ¿Cómo hacerlo? Yo creo que la clave es volviendo al debate. Hace muchos años que tenemos debates, a veces sobre cuestiones muy peregrinas, por ejemplo, el lenguaje inclusivo, que nos obsesiona y es una cuestión muy fundamental, pero es que a veces nos quedamos con la forma en lugar de con el fondo. El debate de si utilizar la e como morfema de género es interesante, pero hay que saber qué vamos a decir con esa nueva forma lingüística. Volvamos al debate. Un debate de raíz. Radical. Ese debate debe ser colectivo. Debemos volver a repensar muchas cosas que damos por seguras. Por ejemplo, hay debates abiertos en los años 90 que hemos ido retrasando y que todavía está pendiente repensarlos. No los hemos superado: el modelo de activismo, el modelo de Orgullo, el modelo de sociabilidad LGBT. Todas estas cosas que se han debatido mucho en las entidades ahora ves que los debates no son tan amplios, sino que son de cuestiones mucho más puntuales y formales. Creo que hay un problema, que es evidente, y la solución tiene que involucrar a mucha gente y no puede ser una sola voz. El movimiento LGBT debería aprovechar la situación actual para replantearse no solo sus formas y sus cuestiones particulares, sino sus propios fundamentos.

Para abrir el debate y volver a los orígenes habría que luchar contra los propios egos dentro de las asociaciones.

Claro, eso es una cosa muy difícil. Porque si lo analizamos bien, hay un grupo de poder que lleva controlando el activismo español desde hace muchos años y siempre es el mismo. Últimamente se incorpora una nueva hornada de activistas jóvenes que lo cuestionan. Mi planteamiento es apoyar con todas nuestras fuerzas a esa nueva gente que aparece porque se han criado en un contexto muy distinto al nuestro. La gente que hoy tiene 20 años no recuerda una España sin matrimonio igualitario. Quizás tengan muchas ideas que igual con su espíritu juvenil innovador y nuestra experiencia de activistas, a veces ya caducos, pueda ayudarles a ellos, ellas y elles a realizar todos los cambios que nuestra generación activista no ha conseguido implementar de verdad.

¿Por qué ha calado tan bien en la sociedad el mensaje antiLGBT de la extrema derecha?

Creo que la extrema derecha ha aprovechado uno de nuestros fallos habituales en comunicación: comunicamos un mensaje en clave interna, en clave de autoconsumo. Entendemos muy bien de qué hablamos, pero no nos hemos preocupado por cómo el público general recibe y entiende lo que decimos.

Cultura queer para personas queer. Producimos cultura LGBT solo para público LGBT.

Exacto. Cultura de autoconsumo. Como hacemos activismo de autoconsumo, la población general, que es a la que debemos explicar y convencer de que tenemos derechos humanos y demás, recibe dos cosas: primero, un mensaje muy complicado como el que a veces ofrecemos; y dos: un mensaje falaz y peligrosamente sencillo como el de la extrema derecha. Allí el público se pierde y no hemos sido capaces de guiarlo. Yo creo que hemos obviado esa necesidad de explicarnos mejor. Y creo que esta cuestión es la que ha aprovechado la extrema derecha para decir que tenemos privilegios. El ejemplo perfecto es la Ley de Igualdad LGBT, que ya llevamos años con ella. Al no haber sabido explicarla bien parecía, aunque fuera mentira, que estábamos intentando defender privilegios cuando eran y son derechos humanos. Por un lado, esa falta de comunicación y, por el otro lado, un activismo demasiado identitario, que diferencia demasiado entre personas LGBT y personas no LGBT, confunde a la población y no la involucra. Hay que involucrar, es una cosa evidente, a la gente no LGTB en la demanda de derechos humanos.

¿Por qué crees que el activismo está en horas bajas?

Una razón es la gran duda de si romper el pacto de silencio o no. El pacto de silencio es un término que se usa a menudo dentro del feminismo que, resumido, viene a decir que “siempre que otro colectivo con el que tal vez no estés al 100% de acuerdo diga algo, evita atacar directamente lo que dice, para no perder la credibilidad del movimiento”. Hasta cierto punto hacer la crítica al movimiento LGBT por una parte puede parecer contraproducente, porque parece que tiras piedras contra tu propio tejado, pero llega un momento en el que o tiras una piedra que despierte, o parece que el tejado se viene abajo. Hay un momento en el que creo que el pacto de silencio es contraproducente.

Rompe el pacto de silencio.

Yo diría que un problema urgente a resolver es el funcionamiento de nuestras entidades. Desde los años 90 funcionan con subvenciones. Existe una vinculación entre la llegada de las entidades que operan con dinero público y el retraso de los debates pendientes. Las subvenciones se destinan a realizar programas de atención y a proyectos concretos. Existe demasiada dependencia del dinero público. La respuesta a la asistencia y a las demandas sociales está bien, pero nos falta el ímpetu de una demanda política pura. Por ejemplo, con el VIH se ve con claridad. Hacemos tests, damos asistencia psicológica y jurídica, pero parece que desde hace años falta una respuesta política muy pero que muy desarrollada, tanto en el tema del VIH como en el tema de las agresiones que recibimos. Cuando las agresiones por homofobia empezaron a ser más visibles hace unos cuatro años, se hablaba mucho de ellas y se montaron corriendo los observatorios. Y es muy bueno tenerlos, pero el mensaje político tiene que ir más allá de “necesito dar respuesta a la víctima de una agresión”. El mensaje político tiene que ser aquel que cuestione por qué se producen agresiones e interpele a los poderes públicos, no para que dé fondos para atender a las agresiones, sino para que disponga las medidas necesarias para que no se produzcan las agresiones. Eso es ser reactivo: poner parches en lugar de poner soluciones de origen al problema. Parece que no queremos evitar que suceda. En lugar de evitar que se produzca un problema, le buscamos una solución.

¡Qué diferencia el trato a la pandemia del VIH con la pandemia del coronavirus!

La pandemia del VIH no empezó a ser interesante para el público hasta que, además de a hombres homosexuales o drogodependientes, empezó a afectar a la población en general.  Piensa en el ébola. Como afecta a África a nadie le importa, pero cuando llega al Carlos III de Madrid, entonces nos pegamos un susto. Habrá que pensar muy bien cómo se articula el discurso de salud y el discurso del otro, porque no existen otros de verdad. Y menos mal que la covid es una enfermedad de transmisión aérea. Como leía esta semana en Twitter, si llega a ser una infección de transmisión sexual, estaríamos como en los ochenta.

¿Crees que la pandemia del coronavirus cambia las prioridades de nuestros retos?

Sí y no. Creo que todavía estamos metidos en el lío del confinamiento y no tenemos distancia para valorar. Pero sí creo que van a pasar varias cosas con esto. La primera, que hemos descubierto formas distintas de reivindicar: podemos seguir haciendo activismo en redes, de forma digital. La segunda, que no podemos olvidarnos que el activismo en la calle, el activismo presencial, es imprescindible. Hacer orgullos de forma virtual no sé si sirve para algo. Hace muchas cosas, pero lo que no tengo claro es que cambie tanto las cosas como una manifestación. Por ejemplo, hace cosa de un año era Vox quien decía que había que ser gay en casa y en la intimidad como siempre se nos ha dicho. Si la propuesta del Orgullo este año es ser gay en casa, me parece una paradoja casi irrisoria. Esto es una oportunidad para que las entidades que llevan muchos años monopolizando las celebraciones y manifestaciones del orgullo se echen a un lado y dejen la puerta abierta a otras propuestas de calle. En julio vamos a poder plantear orgullos con medidas de seguridad, creo que incluso se van a poder plantear actividades de calle, con las típicas limitaciones de personas. Es un buen momento para que la gente que ha estado fuera de esa forma de controlar el orgullo a rajatabla plantee otras iniciativas. Y creo que eso puede ser una de las pocas cosas que pueden salvar nuestro modelo de orgullo actual, que está abocado a un replanteamiento urgente.

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Escrito por
Daniel Vilosa

Periodista freelance especializado en marketing de contenidos y comunicación. Está licenciado en Humanidades (UPF) y Periodismo (UAB) y tiene un máster de Comunicación y Márketing Online, también por la UAB. Es fundador de La Pluma Invertida y vive entre Barcelona y la Costa Brava.

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