Pete Buttigieg
Pete Buttigieg

Por qué Pete Buttigieg debe ser elegido como próximo presidente de EEUU

Fotografía de Associated Press

Cuando concluye sus mítines, Pete Buttigieg tiene por costumbre contestar algunas preguntas que los asistentes escriben en un papel o que le plantean levantando la mano. Estas preguntas le dan la oportunidad de concretar las ideas que ha expresado previamente, abordar temas de los que no ha hablado en el discurso e interactuar de manera más informal con su público.

Una de las cuestiones más recurrentes que le plantean, probablemente porque también es una de las más pertinentes, es la siguiente: ¿Cree usted que EEUU está preparado para tener un presidente gay? No es casual que esta pregunta se repita tanto en sus actos de campaña como en las numerosas intervenciones televisivas de este hombre. Al fin y al cabo, no podemos dejar de lado que Pete Buttigieg es el primer candidato abiertamente gay a la presidencia de EEUU.

Siendo este hecho verdaderamente relevante, hay algo más relevante aún, si cabe: Pete Buttigieg es el primer candidato abiertamente gay a la presidencia de EEUU y tiene posibilidades verosímiles de conseguir la elección.

La respuesta corta que él suele dar cuando le preguntan si él mismo cree que EEUU está preparado ahora para que dentro de un año su próximo presidente sea gay es realmente simple y, probablemente, la que cualquier persona daría: Solo hay una manera de comprobarlo.

Cierto, pero Buttigieg no es un candidato simple, más bien todo lo contrario. Tampoco es alguien que haya decidido tirar la piedra para luego esconder la mano. De hecho, su visibilidad como hombre homosexual es uno de los pilares conceptuales de su discurso y él está férreamente determinado a sacarle hasta la última gota de jugo. Esta es la razón por la que, tras la respuesta corta, elabora la respuesta larga con la misma naturalidad con la que un profesor de lógica argumentaría un silogismo indiscutible.

Es entonces cuando el auditorio escucha atentamente cómo el candidato les cuenta una historia, probablemente la más sencilla, contundente y esperanzadora que él vaya a contarles en toda la velada. Es la historia de un muchacho nacido en 1982 en una pequeña ciudad del muy conservador estado de Indiana llamada South Bend, donde ser gay no era la mejor cosa, ni la más agradable, ni la más fácil que alguien podía ser. Con el tiempo –relata- ese muchacho se enroló en el ejército de EEUU, se presentó a la alcaldía de su ciudad y ganó esas elecciones.

Tenía entonces 29 años. Después el alcalde fue llamado a filas, o se dejó llamar, y pasó siete meses en Afganistán. Allí tuvo tiempo para pensar en aquello que quería para su vida y en las cosas que uno puede perderse –y, sobre todo, las que puede ganar- si da ciertos pasos adelante. Regresó a casa, salió públicamente del armario, conoció al que hoy es su marido mientras se presentaba a la reelección como alcalde de South Bend… Y, sorpresa, venció con el 80% de los votos. ¿La explicación? Para Buttigieg es sencilla. Sus vecinos no son precisamente los más progres del país (¿o quizá sí?) pero al parecer supieron premiar a un dirigente que, en pocos años, con buenas ideas, capacidad de liderazgo y la complicidad de toda la comunidad había ido sacando al municipio del deprimente grupo de “ciudades en proceso de morir en EEUU”, revitalizándola a pasos agigantados como si fuera un olmo viejo hendido y en su mitad podrido.

Todos sabemos, probablemente incluso él también, que una ciudad de cien mil habitantes situada en alguna parte del Medio Oeste estadounidense no tiene por qué ser un reflejo significativo de la totalidad del país, pero no importa. Aquella es la historia de por qué Pete Buttigieg cree que EEUU está preparado para tener un presidente gay. La moraleja en la que él cree es que él no confía solo en sí mismo sino también en la inteligencia de sus conciudadanos para valorar lo verdaderamente importante cuando tienen que elegir a su presidente.

Confianza férrea, esperanza pacífica, fe inquebrantable. Tres de los motores que hacen que el alcalde Pete, como se lo conoce ante la dificultad de pronunciar correctamente su apellido, se mueva por esta campaña. No son solo conceptos, es su actitud. Cuando Mike Pence (actual vicepresidente de EEUU) acusó a Buttigieg de haber sido crítico con él y con su fe únicamente por motivos electoralistas, el alcalde de South Bend no vaciló al contestarle al respecto, firme y educadamente.

Hay que decir que no es fácil verle temblar al hablar, al contrario de lo que sí sucede con algunos de sus contrincantes demócratas en la carrera por la nominación, mucho menos seguros de sus convicciones o, al menos, mucho menos habilidosos a la hora de comunicarlas. “No soy crítico con su fe –afirmó Buttigieg ante la embestida de Pence- soy crítico con las malas políticas. No tengo ningún problema con la religión, yo también soy religioso. Lo que sí tengo es un problema con usar la religión como justificación para dañar a otras personas, especialmente si pertenecen a la comunidad LGTBQ”.

Para rematar, Buttigieg afirmó delante de Ellen DeGeneres y sus buenos millones de telespectadores que cuando él está en la iglesia de lo que oye hablar es de cuidar a los últimos, relanzar a los vulnerables, visitar a los que están presos y dar la bienvenida al extraño, al extranjero. Es decir, oye un mensaje que trata fundamentalmente “sobre amor y humildad” y que pone a los demás por delante de uno mismo. Según el alcalde de South Bend, eso es lo que la religión significa para él y eso es lo que debe estar detrás de sus comportamientos en política.

Todos los políticos dicen muchas veces la verdad pero se nota demasiado cuando un político miente porque lo delatan su cuerpo, la firmeza de su voz, y la dirección de su mirada. Por otro lado, un político miente básicamente en dos ocasiones: cuando lo necesita para salvarse y cuando no cree en aquello que se ve obligado a afirmar. Pete Buttigieg no miente y, si lo hace, lo hace francamente bien. Habla con convencimiento, no con fanatismo. Se expresa con amabilidad, sin insultar, sin humillar a aquellos que son diferentes a él. Por si fuera poco, tiene una manera de escuchar exquisita y que permite pensar a quien lo observa que este hombre hace tanta campaña cuando habla como cuando se interesa por lo que los demás tienen que decirle. No puedo imaginarme a un hombre más adecuado para el puesto al que se presenta ni el puesto al que se presenta más necesitado de un hombre como este.

¿Está EEUU preparado para tener un presidente gay? En efecto, solo hay una manera de comprobarlo. ¿Ha de ser Pete Buttigieg el próximo presidente de EEUU? Sí, desde luego que debe serlo y hay poderosas razones que lo explican.

Debe ser elegido porque es discutible que EEUU necesite un presidente gay a los mandos pero no es discutible que el mundo necesite un presidente de EEUU que considere el cambio climático como una emergencia de seguridad nacional (yo añadiría internacional). Pete Buttigieg debe ser elegido presidente de EEUU porque quiere asegurarse de que en su Administración, especialmente en los puestos más importantes, haya un estricto equilibrio de género. Él sabe que todavía no es el candidato demócrata a la presidencia así que, aunque deja la puerta abierta a que su running mate sea una mujer, no utiliza su tiempo para hablar de ello.

Lo utiliza para homenajear a las mujeres negras y trans de los tugurios de Nueva York porque ellas iniciaron el movimiento contemporáneo a favor de la comunidad LGTB a finales de los años sesenta. También para recordar lo inaceptable que resulta que en los EEUU de 2019 la salud de las mujeres negras sea peor que la de las mujeres blancas. Pete Buttigieg debe ser elegido presidente de EEUU porque no cree que permitirles vivir y desarrollarse en su territorio sea una gracia que el Gobierno tiene con los inmigrantes, sino algo que beneficia y construye a la nación en su conjunto. Por eso él habla de dar la bienvenida al de fuera en lugar de institucionalizar el racismo, igual que habla de que la labor de un político (especialmente si dice ser un político cristiano) no consiste en pavonearse de lo rico y poderoso que es, sino en cuidar con humildad y dar esperanza a quienes son su responsabilidad.

Pete Buttigieg debe ser elegido presidente de EEUU porque su marido –uno de los grandes activos en su candidatura- es una persona brillante y afable que está convirtiéndose en la otra estrella de la campaña a base de trabajarse por su cuenta al electorado, no alguien que está en casa abochornado viendo cómo Pete amaña denuncias contra él por acoso sexual aquí y allá mientras escupe basura sexista encima de todos los micrófonos que quieran ponerle delante.

Pete Buttigieg, 37 años, millenial, gay, sin experiencia como gobernador, congresista o senador, sin millones en su cuenta corriente, veterano del ejército, políglota, lector que encuentra inspiración en James Joyce y Naguib Mahfuz, ex alumno de Harvard y Oxford, devoto cristiano y pianista aficionado es incansablemente apodado como el “candidato improbable” a presidente de EEUU. Pero debe ser elegido presidente de EEUU el próximo 3 de noviembre de 2020 porque a veces lo improbable es, literalmente, lo más necesario.

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Escrito por
Rafael San Román

Psicólogo especializado en duelo y diversidad sexual y de género. Trabaja en la plataforma de terapia online ifeel y en la ONG de salud sexual, igualdad y diversidad Imagina Más. Vive en Madrid.

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