¿Por qué no se callan?
¿Por qué no se callan?

¿Por qué no se callan?

Varios años antes de que nuestro rey emérito nos dejara en evidencia delante de todo el planeta al perder los estribos contra Hugo Chávez en una cumbre internacional con una frase parecida, estas palabras ya habían llegado a mis oídos.

Doy gracias por no haberlas olvidado desde entonces.

Corría el año 2001, quizá ya el 2002. Como en todas las aulas españolas –es nuestra maldición- en aquella clase de psicología del aprendizaje había al menos dos idiotas que no paraban de contarse sus cosas como si en vez de en clase estuvieran en una cafetería. Lo que comúnmente se conoce como estar de cháchara, pero en el lugar equivocado.

Siempre he detestado a la gente que no se calla cuando tiene que callarse.

Por ejemplo, llámenme exigente, en una clase en la que ya está hablando el profesor. Si encima lo hace a un volumen audible en toda un aula universitaria, lo cual es costumbre española muy extendida, mi instinto agresivo crece como la espuma.

Es extraño.

Entre aquellas cuatro paredes aprendí como una ley del aprendizaje humano (y animal, por supuesto) que ante la repetición continuada de un mismo estímulo la respuesta tiende a decaer.

Quizá yo no soy humano o bien soy incapaz de aprender, pero la presentación continuada de idiotas hablando cuando no les toca no hace que mi respuesta de furor decaiga: se mantiene en asíntota e incluso crece mientras permanece la presentación del estímulo.

Pues bien. Ahí estaban ellas: ausentes pero presentes, para nuestra incomodidad. Generando ruido. Hablando cuando no les tocaba. Quedando mal. Molestando sin que les importase.
Por fin al profesor García-Hoz, personaje inolvidable, se le hinchó lo que se le tenía que hinchar, interrumpió su explicación, las miró con cara de león enfurecido y les espetó la consabida pregunta: Señoritas, dijo, ¿por qué no se callan?

Pero García-Hoz era mucho García-Hoz y no era el típico personaje que desaprovechaba la ocasión de demostrar su inteligencia al reprender a alguien. Por eso, añadió una enmienda que él mismo se hizo al instante. Lo que les dijo en realidad, aquella mañana del año 2001, quizá ya del 2002, entre aquellas cuatro paredes, fue: Señoritas, ¿por qué no se callan? O, mejor dicho, ¿por qué hablan?

Por qué hablan… Por qué hablan los incautos, los ignorantes, los idiotas. Es una pregunta que retumba en mis oídos, cuánto más en días como estos, pero temo decepcionarles: no tengo una respuesta para ello.

Estos días aciagos nos están poniendo a prueba en muchos aspectos, también en el de las virtudes más elementales: aquello de la prudencia, de la sagacidad, de la pericia de saber lo que no se sabe o, lo que es lo mismo, saber dónde están los límites de lo que puedes decir y de lo que debes callar. De conocer los límites de la propia idiocia, caramba.

Como todos ustedes están sufriendo en sus confinadas carnes, muy pocos son los que están haciendo un digno alarde de dichas virtudes estos días.

Y ahí está Twitter, donde va una –una de entre millones, qué le vamos a hacer- y, como se siente muy atrapada en su casa y muy coartada en sus libertades y muy conculcada en sus derechos y, qué diablos, porque ella lo vale, que es el mejor motivo de todos, se permite la licencia de hacer el ridículo delante de todo el planeta y soltar lo siguiente:

Tal cual.

Vamos a pasar por alto las dos faltas de ortografía y que no es retroviral sino antirretroviral. También vamos a dar por bueno ese “sinedie” junto y sin cursiva por ganar un espacio y quién sabe si tiempo, amén de las “x” aberrantes.

Ella, una tal Marta Pastor Wash Your Hands #Pontemascarilla, se define a sí misma no como una mezcla de desierto, casualidad y cafetería, sino como “Periodista de RTVE, @ellaspuedenrne feminista. Esta cuenta es algo personal. Si me sigues te vas a enterar. En MI Hambre mando yo. Tengo escoba”.

En fin.

Como la tontería que ha dicho en Twitter es tan grande, ¡pero tanto! (¿no hay nadie en su entorno que se lo haya podido explicar, no sé, algún maricón que esté al día, alguien con memoria, con inteligencia, alguien a secas, alguien que piense?) cuesta encontrar por dónde empezar a meterle mano al asunto, aunque en realidad la cosa se despacha con envidiable sencillez.

Marta: el VIH no se transmite por tocar a otra persona ni por respirar a menos de dos metros de ella, ni por tocar algo que ha tocado o algo encima de lo que ha hablado/tosido/estornudado/resoplado. El virus que provoca la COVID-19 sí. Fin de la historia.

¿Tan difícil es entender esto?

El VIH será altamente contagioso y todo lo que tú quieras, pero, aunque tú no lo sepas, es infinitamente más difícil pillarlo que el maldito virus que nos tiene confinados estos días. Pero infinitamente. O sea, no sé cómo decirte. En comparación, infinitamente. Ya está. Tan sencillo como eso.

Es tan torpe comparar la contagiosidad (o transmisibilidad, si nos ponemos súper precisos) del VIH con la del virus que provoca la COVID-19 y hacerlo además para quejarse de nadie entiende todavía qué recorte de derechos…

Leo algunos tuits y me pasa lo mismo que cuando oigo las malditas cacerolas de la vergüenza: exactamente lo mismo que ante el berrinche de un niño pequeño que, carente de recursos, en plena confusión de sus emociones y presa solo de su capricho egoísta, ya es incapaz de entender ni siquiera por qué berrea.

Pero vamos a ver, Marta, tú que eres periodista feminista washyourhands y tal: ¿después de dos meses como los que llevamos aún no te has enterado de cómo funciona esta enfermedad y del objetivo que tienen las medidas para atajarla? ¿Es un problema de ignorancia, sordera, ceguera o simple maldad?

No sé si en tu entorno no hay nadie a quien consideres una autoridad que te llame la atención por tus palabras, o que te respete lo suficiente como para pedirte que no te pongas en evidencia de esta manera. Me trae completamente sin cuidado. Si no tienes cerca a nadie que lo haga yo sí quiero explicar aquí por qué lo que pone en tu tuit es puro veneno.

Da pena que una periodista que se precie escriba tan mal y esté tan mal informada sobre algo tan sencillo sobre lo que informarse (cómo funciona el VIH y cómo funciona –hasta donde sabemos- el virus que provoca la COVID-19). Sin embargo, lo grave del asunto no es el analfabetismo tuitero, sino la corrupción moral de quien tuitea. Lo grave, en fin, es que se vuelva a manosear el tema del VIH y el surgimiento de la epidemia de sida hace ahora 40 años para generar, de manera malintencionada, una confusión que haga todavía más árida la travesía de la COVID-19 mientras contribuye a generar confusión sobre cómo fueron los primeros quince años tras la expansión del VIH por todo el planeta. Digo quince porque hizo falta más o menos ese tiempo para que aparecieran los primeros medicamentos antirretrovirales verdaderamente eficaces, esos que marcaron la diferencia entre la vida y la muerte y que acabarían marcando la diferencia entre la supervivencia y la vida buena.

Dice Marta, que es periodista y feminista y tiene escoba, que con la explosión del VIH no se decretó ningún Estado de Alarma ni se privó a la ciudadanía de ningún derecho, como se está haciendo con el virus que actualmente nos ocupa. Obviamente que no se decretó ningún Estado de Alarma: no era necesario, por la manera radicalmente diferente que ambos virus tienen de transmitirse.

Lo que olvida Marta, quizá por desconocimiento, quién sabe si con intencionada mezquindad, es que los primeros años de la epidemia de sida fueron una pesadilla de la que demasiados tardaron demasiado tiempo en responsabilizarse. Fueron una pesadilla no tanto porque se tratara de un virus altamente contagioso, o medianamente, o relativamente. Lo fueron porque no se conocía cómo mataba, pero mataba. Y ante el dilema entre el miedo y el derecho a la dignidad venció, como de costumbre, el miedo.

Por eso aquella epidemia, que tuvo sus propias vergüenzas y no precisamente en quienes la padecieron sino en quienes no movieron un solo dedo para que se contuviera, fue una pesadilla de terror a morir, de ver morir a amigos, parejas, amantes, compañeros y familiares. Una pesadilla de culpas, reproches y desconocimiento (llevó su tiempo que la ciencia averiguara qué estaba ocurriendo, a qué se debía y cómo evitarlo, así que muchos optaron por entregarse a la paranoia y el egoísmo, ¿te suena, Marta?). Una pesadilla en la que el resurgimiento del estigma por ser homosexual se vio agravado por el nuevo estigma de ser un enfermo de sida y alguien potencialmente peligroso para la sociedad decente, normalmente compuesta por decentes ciudadanos que soban su libertad para protestar… protestando porque no tienen libertad.

No se decretó ningún Estado de Alarma, pero está sobradamente documentado que la dilación escandalosa de los gobiernos fuertemente conservadores que dominaban el mundo, junto con los poderosos intereses farmacéuticos del momento, tuvieron algo que ver con eso de los derechos. Hicieron que se perdiera un tiempo precioso en investigación sobre cómo prevenir y cómo tratar adecuadamente a quienes fueron cayendo como moscas por hacer lo mismo que hacía todo el mundo, pero con la mala suerte de hacerlo dentro del colectivo “equivocado”.

Hoy ciertas cosas parecen inevitables accidentes de la historia. No obstante, conviene recordar que aquellas élites responsables se tomaron su tiempo para dilucidar si merecía la pena o no prestar atención a un problema de salud pública que empezó a afectando justo a esa parte de la ciudadanía a la que más abiertamente despreciaban.

Mientras tanto, la gente se murió sola, se murió en silencio, fue rechazada en los hospitales, fue señalada y separada aquí y allá, fue metida en bolsas de basura, fue enterrada en secreto y fue despedida con susurros. Pero no por la contagiosidad del virus, sino por la contagiosidad de la ignorancia y de la miseria moral de los seres humanos.

Cuando el problema es que, de manera provisional, no podemos deambular libremente por la calle o reunirnos con nuestro círculo social o desplazarnos más allá de nuestra provincia, se nos olvida que la salud y la dignidad humana también son cosas a las que se tiene derecho.

Para demasiadas personas, primero en ciertos barrios madrileños y más tarde extendiéndose con viscosa contagiosidad, eso no vale absolutamente nada estos días y por eso se prefiere la ceremonia de la tribu antes que la colaboración con la sociedad, siempre cacerola en mano, siempre babeando encima de la bandera de España pero con mucho egoísmo y nada de patriotismo.

Entender la salud como algo que requiere la colaboración de todos tampoco es algo que estuviera lo suficientemente de moda en el mundo occidental de los años ochenta, al menos mientras quienes morían a causa del sida fueron solo aquellos que se habían buscado su ruina por no llevar la vida decente de los ciudadanos decentes.

Así pues, Marta, no hubo Estado de Alarma, porque es evidente que jurídicamente no era necesario declararlo, de la misma manera que es necesario declararlo frente a un virus que funciona de manera tan distinta: el que provoca la COVID-19. Pero sí hubo alarma, y mucha. Hubo angustia, hubo miedo y hubo largos años de dolor e incomprensión hasta que las cosas empezaron a ponerse en su sitio.

¿No se hurtaron derechos a los ciudadanos y ahora sí? ¿Te refieres a las restricciones provisionales llevadas a cabo para proteger la salud de todos y cuya eficacia está demostrándose día a día –y lo seguirá haciendo mientras los suicidas y antisociales no pongan en peligro el esfuerzo y el sacrificio de todos?

Yo entiendo que haya personas a las que sacrificarse un poquito por el bien colectivo se les haga muy cuesta arriba, pero haz un recorrido por lo que fue ser homosexual y lo que fue tener VIH durante los años 80 y los primeros años 90 y ten un poco de decencia a la hora de quejarte por tus derechos.

Ahora ya no tiene remedio, pero quién sabe qué hubiera pasado si en lugar de mirar hacia otro lado mientras miles de personas morían año tras año en condiciones espantosas hubiera habido algo más de alarma en algunos gobiernos y algo más de decencia en aquellos que los defendían. Quizá así hubieran tenido algo más de derechos quienes, de todos modos, tuvieron que morir por no llegar a tiempo a un tratamiento para contener la infección por VIH.

Hace años llegué a la conclusión –y oírselo decir después a gente sabia a la que admiro no sé si me deja más tranquilo o alarmado- de que el verdadero peligro con el ser humano no es la maldad sino, efectivamente, la ignorancia.

Creo honestamente que con un malo medianamente inteligente se puede llegar hasta un puerto medianamente bueno, pero que al lado de un tonto que no conoce sus límites cualquier camino está perdido, sea cual sea su grado de bondad.

Que el gremio de washyourhands decida cómo se toma lo tuyo, que mientras tanto me consta que la que te ha caído en el hades de Twitter ha sido gorda y en el pecado llevas la penitencia.

Una de las respuestas que has recibido reza: “Lo siento mucho, Marta, pero como patólogo debo decírtelo. Tu virus cerebral es muy contagioso, pero solo lo pillan aquellos que tienen un CI muy bajo. Háztelo ver. Saludos”.Entre algunas de las cosas que aprendí en la facultad de Psicología está, desde luego, el significado de las siglas CI, que me permito consignar en este comentario. CI significa cociente. Cociente de Inteligencia.

PD: El rey emérito nos dejó en evidencia al no saber controlarse en el contexto en el que estaba. Sin embargo, en honor a la verdad, hay que decir que ya era hora de que alguien le dijera algo así a semejante personaje como Hugo Chávez. Es probable que aquella fuera la primera vez en su vida que el difunto comandante experimentaba algo por el estilo: no estaba acostumbrado ni a callarse ni a que otros le dijeran cuándo debía dejar de hablar. Ahora ya da igual, aunque me alegro de que no lo tengamos en Twitter.

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Escrito por
Rafael San Román

Psicólogo especializado en duelo y diversidad sexual y de género. Trabaja en la plataforma de terapia online ifeel y en la ONG de salud sexual, igualdad y diversidad Imagina Más. Vive en Madrid.

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