Pienso en aquella tarde

Fotografía de Daniel Tafjord

Lugares comunes

Dicen que las guerras sacan lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Es, de hecho, uno de esos lugares comunes, aunque verdaderamente acertados, que se repiten en situaciones como la que estamos viviendo ahora mismo. Las guerras, las crisis, las emergencias, las calamidades compartidas.

Yo creo que esta emergencia, la del coronavirus, que prácticamente en cuestión de días ha paralizado nuestro país hasta extremos que ninguno habíamos conocido, que ha puesto nuestra vida patas arriba y que a cientos de personas, literalmente, les ha quitado la vida, es una guerra.

Soy consciente de lo exagerada que a muchas personas puede parecerles la comparación, sobre todo a aquellas que hayan vivido una guerra de verdad, una guerra con hambre, una guerra con bombas, una guerra con destrozos materiales, con desgarros personales y familiares a escala industrial.

Acepto la crítica.

En esta guerra no hay hambre, de momento, o al menos no para aquellos que no la pasábamos antes. Tampoco hay bombas ni destrozos materiales, aunque se avecinan importantes destrozos económicos cuya cuantía aún somos incapaces de calcular. Hay desgarros personales y familiares pero, con ser graves, no se asemejan a aquellos que producen las guerras que todos tenemos en mente.

Nuestra guerra

Pero es una guerra. Diferente, a otra escala. Será más corta que cualquier otra guerra en la que podamos pensar y saldremos de ella mejor preparados para afrontar la posguerra que cuando las bombas caen y las masas se exilian y se fusilan entre sí.

Pero es nuestra guerra. Y, como en todas las guerras, se sufre. Como en todas las guerras, hay víctimas, héroes deliberados y héroes por accidente, villanos previsibles y villanos sobrevenidos, vítores y odios, incertidumbre y pesadumbre.

Una guerra.

Y en las guerras, aparte de sufrirse, ya se sabe: aflora lo mejor y lo peor de cada uno, esas heroicidades y esas villanías de las que cada cual, cuando la guerra acabe, tendrá que dar cuenta si es que acaso para entonces nos queda algo de honestidad, humildad o valentía.

En las guerras, además, se piensa. A resguardo de las bombas de todo tipo que a uno pueden caerle, cuánto más en días de confinamiento obligado, se piensa.

Yo pienso

Pienso en las enfermeras que utilizan el micrófono que les ponen delante para informar a las familias de los ingresados de que los están cuidando con todo el cariño del que son capaces, para pedir a esas familias, con lágrimas en los ojos, que confíen en ellas.

Pienso en los políticos que hablan de que el aumento de contagios en Madrid se debe a una manifestación que hubo un día.

Pienso en esa camarera de hotel que dice que sus compañeras y ella han dejado las habitaciones del hotel medicalizado en el que ahora trabajan lo más preparadas que han podido para acoger a los enfermos que se alojarán en ellas, que el trabajo ha sido mucho pero que están orgullosas de haberlo hecho.

Pienso en los conductores de los autobuses urbanos, que recorren cada día nuestras ciudades vacías al volante de autobuses vacíos, espero que con algo entretenido con que poder airearse durante tantas horas.

Pienso en los camioneros, gracias a los cuales también todo sigue funcionando, testigos también ellos del vacío pero no de calles, sino de países, y que sienten un poco más de calor cuando arriban a una estación de servicio donde poder hacer un pis dignamente y tomarse un café que les ponga otro ser humano que no sea ellos.

Pienso en los agricultores y ganaderos, que ayudan a que mantengamos llenas nuestras despensas.

Pienso en las mujeres que van a tener a sus hijos estos días, y en los que acaban de tenerlos.

Pienso en los hijos que llevan a sus padres hasta las urgencias de los hospitales donde serán ingresados sin ni siquiera poder acompañarles hasta el vestíbulo.

Pienso en aquellos que alientan caceroladas nocturnas para protestar porque alguien no está haciendo lo suficientemente bien aquello que ellos jamás sabrían hacer, aunque saben perfectamente que las cacerolas no fabrican mascarillas, ni organizan hospitales ni consuelan moribundos.

Pienso en esas parejas incipientes que, a la voz de confinamiento, decidieron iniciar una convivencia que no se planteaban y en ello están.

Pienso en aquellas que tenían planeada su boda y la han tenido que cancelar.

Pienso en los funerales a los que prácticamente nadie está asistiendo.

Pienso en las prostitutas y demás trabajadores del sexo que se hallan en riesgo de exclusión social, que son inmigrantes, que necesitan tratamiento médico, que no están trabajando y que no pueden trabajar en otra cosa que no sea haciendo lo que hacen y que están continuando su propia guerra.

Pienso en los enfermos graves, que necesitan más que nunca en su vida de los recursos sanitarios y que ahora temen por su vida mucho más que hace un mes.

Pienso en las mujeres maltratadas, confinadas indefinidamente junto a su maltratador, aunque ya antes vivían en un estado de alarma.

Pienso en los ancianos que pueblan los pueblos de la España vaciada y que necesitan mantener como sea el contacto con otras personas para no morirse de asco en lugar de morirse de neumonía.

Pienso en las ancianas que viven sus solitarias vejeces en sus solitarios apartamentos de las grandes ciudades.

Pienso en esos vecinos que los cuidan, que les echan un ojo, que les hacen la compra o les dejan una tarta en la puerta de su casa mientras les cantan cumpleaños feliz desde sus ventanas.

Pienso en esos que piensan que las normas no van con ellos y salen a darse su pequeño garbeo, su deporte, su canita al aire.

Pienso en aquellos que están haciendo sacrificios triples mientras otros no están haciendo sacrificio ninguno.

Pienso en los fruteros, en las cajeras de supermercado, en los reponedores, en los repartidores que nos traen la comida hasta casa.

Pienso en todos aquellos que desde sus humildes y a veces desapercibidos oficios están permitiendo que todo marche.

Pienso en quienes habitan las residencias de ancianos, siniestra trinchera de trabajo y vivienda en la que conviven compartiendo con quienes los cuidan la suerte siniestra de esta epidemia.

Pienso en todo el personal que trabaja, estos días más que nunca, en nuestros hospitales: médicos, personal de enfermería, auxiliares, celadores, esas señoras de la limpieza a las que saludamos demasiadas pocas veces, guardias jurados que también tienen miedo, personal de cafetería, personal administrativo…

Pienso en quienes se angustian, en quienes alimentan mezquina y torpemente la angustia de los demás y en quienes cuidan, con paciencia y sabiduría, de su propia angustia y de la nuestra.

Pienso en aquella tarde.

Daría todo, lo daría.

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Escrito por
Rafael San Román

Psicólogo especializado en duelo y diversidad sexual y de género. Trabaja en la plataforma de terapia online ifeel y en la ONG de salud sexual, igualdad y diversidad Imagina Más. Vive en Madrid.

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