Pete Buttigieg, el sueño abierto
Pete Buttigieg, el sueño abierto

Pete Buttigieg, el sueño abierto

Fotografía extraída de la cuenta de Twitter de Pete Buttigieg

Me llamo Pete Buttigieg. Se me conoce como Alcalde Pete. Soy un orgulloso hijo de South Bend, Indiana. Y me presento a Presidente de los Estados Unidos de América.

Los comienzos tienen su liturgia y no hay nada más litúrgicamente ritualizado que la política estadounidense. Por eso, el 23 de enero de 2019, Pete Buttigieg pronunciaba esas palabras delante del correspondiente auditorio entregado para cumplir con la liturgia de todo candidato a la nominación de su partido para presentarse a presidente. Palabras no muy originales y tampoco sorprendentes. Aparentemente limitadas al trámite al que obligan los códigos de la comunicación política.

Solo aparentemente. Pronunciadas por él, con las características de alguien como él, esas palabras ya no son un anuncio más de un candidato más de unas elecciones más. Esas palabras son literatura y trascienden la función que cumplieron aquel 23 de enero de 2019 para adquirir la densidad, el peso específico e histórico, que solo los grandes acontecimientos y las mejores primeras frases de la literatura pueden mostrarnos.

Entre aquel discurso y el que pronunció en la misma ciudad, ante el mismo público, la noche del 1 de marzo de 2020 para anunciar que dejaba de presentarse a candidato a presidente, con la misma liturgia y el mismo ritual, pasaron un año largo y toda una vida. Un año largo que, por él, ya es historia de Estados Unidos y también historia de la humanidad. Fue una noche amarga, dolorosa y relativamente inesperada para todos aquellos que jamás habríamos deseado que se produjese y que soñábamos con la posibilidad real de ver a Pete Buttigieg dirigiendo la Casa Blanca a partir de enero de 2021. El sueño no se rompió del todo, pero sí se interrumpió, cuando Pete decidió que era el momento de abrir los ojos y volver a hacer lo que mejor sabe hacer: tomar decisiones audaces, útiles e inspiradoras que no conviertan los proyectos factibles en sueños completamente irrealizables.

A pesar de haber logrado resultados magníficos y prometedores desde que se abrieran las votaciones en Iowa, su decisión de retirarse no fue solo la rendición del candidato que se sabe estrangulado, sino la maniobra del candidato que reorganiza su estrategia y recoloca las piezas antes de que estas lo recoloquen a él para seguir en la partida con cartas diferentes.

La jugada necesariamente va a tener lugar en dos tiempos, el de la nominación y el de las elecciones. Si obtendría los resultados esperados en el primer tiempo se supo en cuestión de algunas semanas, las suficientes para comprobar que finalmente Biden ganó la nominación mientras que Sanders no fue capaz de marcarse él mismo un Biden y resucitar para reclamar lo que estuvo pareciendo suyo desde que se iniciara esta campaña. Ahora queda el segundo tiempo: que Biden se mida con Trump el 3 de noviembre y consiga que la pesadilla estadounidense en la que se embarcó todo el planeta hace casi cuatro años quede atrás y dé paso a algo mejor.

Qué paradójicas, y fascinantes, son las primarias. Oír desde hace un año que Biden es el favorito para verlo hundirse poco a poco en las franjas peligrosas de los sondeos durante meses; ver desfilar a un ejército de candidatos, de todos los cortes y pelajes, peleándose, fagocitándose, sobreviviendo heroicamente, sostener su temblor de piernas, rendirse ante las evidencias; abrirse las urnas, querer enterrar a Biden… Y, de repente, el electorado negro. El electorado negro de un único Estado acudiendo al rescate de un anciano blanco, del norte, recocido en la élite política del país desde hace décadas para devolvernos al punto de partida: Biden volvió a ser el favorito para alzarse con la nominación y así sucedió finalmente.

Y debe poder rematar la jugada el próximo 3 de noviembre. No porque sea mi candidato favorito (lo era, lo es y lo será Buttigieg). No porque tenga algo que me entusiasme especialmente. Encuentro que es un candidato insulso, amable pero torpón, frágil, plano. Ni siquiera tengo claro que su personaje –que no es lo mismo que su candidatura- sea más de mi gusto que el de Sanders, quien, por otra parte, me resulta cada vez más antipático por muchas virtudes que pueda admirar en él.

Biden debe vencer en noviembre porque, concepto fetiche en la política estadounidense, es claramente más elegible frente a Trump que el senador por Vermont y eso finalmente lo ha vuelto más elegible también para el electorado de las primarias demócratas. Su victoria en la nominación del partido se ha debido a que sus votantes son más transversales y diversos, es decir, pertenecen en mayor medida a los grupos que importan para ganar las elecciones desde el Partido Demócrata. Biden es, por tanto, más susceptible de seducir a los llamados votantes independientes, tan necesarios como desconcertantemente peligrosos, el día de la elección general. Los potenciales votantes de Biden han sido y son más numerosos que los de Sanders toda vez que, no nos engañemos, estos tenían poca pinta de ser más numerosos que los de Trump.

Desde mis sueños, mis gustos y mis deseos Biden no debía ser el candidato, sino que merecía serlo Buttigieg y podría haber llegado a serlo, pero eso ahora ya no tiene importancia. El electorado demócrata consideró, por razones que escapan a mi entendimiento, que su futuro, su energía y sus esperanzas estaban mejor representadas en la recta final de las primarias por dos hombres de casi ochenta años que ya han sido todo lo que tenían que haber sido y se resistieron como gato panza arriba a quedarse en sus casas y saber sus carreras finalizadas. Uno de ellos (Sanders) defendía que su marca personal era ser un outsider ajeno al stablishment a pesar de llevar décadas siendo senador, es decir, incrustado en el núcleo duro del stablishment por antonomasia, pero sabedor de que, así y todo, la hipocresía cuela entre aquellos que van de más modernos.

El que finalmente ha vencido (Biden), es ese cuya principal tarjeta de presentación es haber sido el Vicepresidente de Obama durante ocho años y que gusta mucho al electorado negro –a diferencia de lo que le ocurrió a Buttigieg- porque… bueno, porque… en fin, por algo que nadie acaba de explicarse pero que los votantes negros demócratas deben saber lo que es.

Eso, como digo, ahora ya tiene poca importancia. La noche del 1 de marzo de 2020 los numerosos seguidores de Pete Buttigieg oyeron un crujido frío y seco y entendieron que el sueño acababa en ese punto. De momento. Porque Pete no decepcionó y, quiero creer, lo que marcó con su discurso no fue el final de nada sino un paso más en una carrera que, simplemente, va a ser más larga de lo que habríamos deseado. No decepcionó sino que nos enamoró aún más. Encima de aquel escenario que seguramente estaba odiando pisar, un año largo, muy intenso, había pasado por él y eso se notó. Vaya si se notó. Pero no en la elegancia. No en la dignidad. No en la inteligencia. Pronunció un discurso doloroso pero brillante. Fue él más él que nunca y, abandonando por un momento esa imagen a veces demasiado cerebral, demasiado perfectamente compuesta, siempre contenida, se permitió romperse un poco en el capítulo de agradecimientos.

A veces pienso que Pete me encanta porque no llora pero me gusta más todavía cuando llora. Sobrepuesto enseguida a ese desliz humano, a esa sacudida del mote de niño prodigio, tomó carrerilla para los últimos minutos de su intervención y nos regaló, para siempre, un final vibrante, vigoroso, inteligente y absolutamente alejado de toda derrota. Y junto a él Chasten, su complemento, que le había hecho de telonero unos minutos antes, él sí superado por las emociones acumuladas durante todo un año de sueños y desvelos, recordándonos siendo simplemente él mismo una vez más lo bonito que será un día tenerle durante ocho años en el puesto nada irrelevante de Primer Caballero. Porque el planeta no puede perderse a una Primera Familia como Pete y Chasten y al que piense que no, que se le seque la hierbabuena.

Dicho esto, la carrera continúa para Joe. Veamos, por supuesto, qué ocurre el día verdaderamente importante: el 3 de noviembre de 2020, cuando Estados Unidos tenga una segunda oportunidad para elegir entre un bien más que razonable y el mal absoluto.

Sea cual sea el resultado de las elecciones ese día, la verdadera resaca de aquellas primarias demócratas, hoy aparentemente tan lejanas, llegará el 4 de noviembre. Pero sus primeros signos ya han aparecido y está bien que así sea. Y es que ese extenuante proceso para elegir al candidato deja un héroe claro, un par o dos de cadáveres y, sobre todo, multitud de temas importantes para la reflexión. Lo hacen periódicamente, cierto, pero esta vez con mayor intensidad. Está el debate demográfico, el de la edad, el género y la raza, en un país enfermo de demografía. Junto a este, el retorcido debate de las ideas. Lo que no está en debate es que, pase lo que pase el 3 de noviembre, el Partido Demócrata necesita hacer un importante examen de conciencia que lo propulse sanamente hacia el futuro.

A mi juicio, debería examinar cuál es la consecuencia de que a unas primarias se presenten más de 20 candidatos. Creo, sinceramente, que aun estando bien que cualquiera que cumpla los requisitos mínimos tenga su oportunidad, al final esa superpoblación de aspirantes fue en perjuicio de todos y no consiguió hacer un hueco ni a las mujeres ni a las minorías raciales. También a mi juicio, y esto ya va por el electorado estadounidense en general, todos tienen pendiente una reflexión sobre el final de las carreras políticas, sobre cómo es posible que un país así esté poniendo su futuro en las manos de un grupo de gente más o menos preparada –unos más que otros, no hace falta decir nombres- pero que aplastan con el peso de su edad mastodóntica el necesario relevo de candidatos.

Por último, pero no por ello menos importante, creo que Michael Bloomberg merece pasar un buen rato en el rincón de pensar. Presentarse en el último momento nada más que para estorbar y dividir, saltarse las primeras cuatro elecciones, gastar 500 millones de dólares, ¡500!, en publicidad para retirarse, obviamente con sus resultados, al día siguiente no es un intento inocente. Al contrario, debe decirse bien alto: es una frivolidad y un auténtico alarde de conservadurismo rancio e inútil, que deja muy en entredicho la bondad de los valores de su protagonista. Creo, sinceramente, que hay estilos, conductas y candidaturas que merecen ser seriamente castigadas.

Tras la fatídica noche del 1 de marzo en South Bend vimos qué nos deparaban los Estados que quedaban por votar y ahora intentamos no temblar ante lo que nos traerá la aterradora jornada electoral del 3 de noviembre. Pase lo que pase, nadie podrá decir que no ha tenido oportunidades de sobra para decidir lo correcto. Nadie podrá decir que no estaba advertido de cualquier cosa que pueda pasar. Yo, mientras tanto, seguiré soñando con Pete con los ojos bien abiertos.

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Escrito por
Rafael San Román

Psicólogo especializado en duelo y diversidad sexual y de género. Trabaja en la plataforma de terapia online ifeel y en la ONG de salud sexual, igualdad y diversidad Imagina Más. Vive en Madrid.

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