Parece muy fácil

Fotografía de Edu Lauton

Parece muy fácil, pero no lo es. Vivimos rodeados de parejas que parecen inocentes de todo esfuerzo, de toda pena. Parejas que parecen brotadas de la tierra, aparecidas como si hubieran llovido del cielo y se posaran de pie sobre la acera que pisamos. Están ahí cuando viajamos solos, cuando bajamos al supermercado a comprar cena para uno, cuando vamos por la calle con las manos en los bolsillos. Parece tan fácil que se hayan encontrado.

Las parejas de creación espontánea se besan para despedirse a la entrada del metro, hacen manitas en la mesa de al lado mientras remueven sus cafés, regresan juntos a sus casas después de salir con nosotros el viernes por la noche y abrazarnos, nos rodean en la pista de baile de los bares en los que bebemos nuestras copas con ojos avizores, de las bodas a las que estamos invitados y que odiamos un poco incluso antes de anudarnos la corbata. Parejas que parecen tan fáciles cuando nos bombardean con retratos de perfección en las redes sociales que nosotros mismos elegimos mirar, en las que nosotros mismos elegimos contemplarlas.

Parece que están ahí desde siempre, parece que se han encontrado solo con parpadear, todo parece en ellos tan eterno, tan suave, tan fluido, tan al alcance de una propuesta a la que, sin tardar ni un segundo, ha seguido un “Sí” entusiasta, un “Me gustas” sin dudarlo, un “Me quedo a tu lado por supuesto y no temo que tú no quieras quedarte al mío”.

Parece tan fácil que resulta inexplicable que tú siempre pases por la entrada del metro solo, que hagas manitas únicamente con la cucharilla que remueve tu café, que siempre vuelvas a casa solo noche tras noche tras noche después de que tus amigos te hayan colmado con sus abrazos. Que siempre tengas que decir “No hará falta, gracias” cuando recibes una invitación de boda para dos. Inexplicable que en tus redes sociales seas tú quien se hace la foto a sí mismo intentando reivindicar con éxito dispar lo saludable de tu eterna soledad.

Recuerdas en tu cabeza y te retumba en el corazón: “La soltería es solitaria”, porque es la única frase con la que te quedaste de entre cientos de capítulos de esa serie. Recuerdas en tu cabeza que la soltería debe ser feliz, porque no quieres que te dé vergüenza mirar a la cara del hombre sabio que te lo ha enseñado con ojos de recaída. Recuerdas para volver a sentirte normal que la soltería es el estado natural de la persona, que las relaciones de pareja son solo islas dispersas sobre el fondo azul de una vida de naturaleza inequívocamente individual, soltera, solitaria, a veces feliz. Interrupciones que imaginas felices en una continuidad diferente por la que te peleas contigo mismo con tal de no pelearte con ella.

Y una pregunta te sopla en la nuca con sabor de resaca macerada. ¿Qué hago mal? Preguntas mientras clavas tus pupilas en las paredes de tus oídos aburridos de esa pregunta. ¿Qué hago mal? Preguntas mientras clavas tus pupilas en las pupilas azules de tu amigo que también es tu hermano de preguntas, tu hermano de recurrentes soledades. ¿Qué hago mal? Preguntas mientras clavas tus pupilas acuosas en las pupilas acuosas de un cielo sin respuestas, le preguntas a la vida porque nadie te da una explicación con la que puedas conformarte. ¿Qué hago mal? Preguntas mientras te sientes imbécil por recaer en tus preguntas, mientras te enfada que la tregua de interrogantes haya finalizado, mientras tus monstruos vuelven a verte tras haberte dejado tranquilo durante un periodo en el que la paz de la duda parecía más que acariciada. ¿Qué hago mal? Mientras te recriminas que, al menos durante estos días, no eres el soltero feliz que te habías prometido ser, ese soltero orgulloso en que ambicionas convertirte como antídoto para tanta soledad.

Parece tan fácil que algo muy denso, un dato muy profundo y escrito en jeroglíficos, se nos tiene que estar, por fuerza, escapando. Una explicación a tanta facilidad, un bálsamo para tanta sospecha.

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Este relato fue originalmente escrito en diciembre de 2017. Durante este tiempo el autor quiso mantenerla en nevera porque, de alguna manera, consideraba que no estaba terminada.

La microrrealidad se asentó. Rafael releyó su microrrealidad varias veces. La corrigió. Encontró el punto que quería transmitir. Meses después ve la luz con su visto bueno.

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Escrito por
Rafael San Román

Psicólogo especializado en duelo y diversidad sexual y de género. Trabaja en la empresa de terapia online ifeel y en la ONG de salud sexual, igualdad y diversidad Imagina Más. Vive en Madrid.

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