No me pidas más

No me pidas más

Le he dicho a mi madre que soy gay de todas las maneras posibles. Solo me falta decírselo con señales de humo pero, aun así, se las ingenia para pretender que no ha escuchado. Así llevamos, yo diciendo lo que ella no quiere escuchar, catorce años.

Recuerdo la cena de un 24 de diciembre de tiempo atrás. Yo estaba en Galicia con mis padres y era la primera cena en la que nos veíamos después de varios años. Recuerdo a mi madre diciéndome que “mis cosas” cambiarían cuando consiguiese una buena muchacha de familia con la que casarme. Yo me veía sentado en la mesa de la Nochebuena de 1940 como si mi Smartphone fuese un juguete de otra época.

– Mamá, por enésima vez, si me vas a ver en un altar, será con un chico. Me gustan los hombres – replico a mi madre con una voz rota de frustración.

– Carlos, no me pidas más de lo que puedo entender –sentenció ella.

Silencio. Mío. Y silencio de mi padre. Y en silencio empezamos a ver la televisión. Como si el silencio curase el daño que hacen las palabras.

Los siguientes días me sentí en conflicto. ¿Por qué no me acepta? ¿No se supone que las madres quieren a sus hijos sean como sean? Decidí escribir a mis amigos en el grupo de WhatsApp que compartimos los cinco para contarles lo ocurrido. Por primera vez, hoy es la segunda, dejaba por escrito lo importante que era para mí la aceptación de mi madre.

Días más tarde, durante las campanadas de Año Nuevo, mi madre me abrazó.

– Te quiero mucho. Aprovechemos los días que nos quedan porque no sabemos si podremos regresar –se sinceró.

Y ahí sentí una conexión especial, como si un interruptor mental se hubiera encendido y hubiese durado unos segundos. Unos segundos que me resultaron más largos de lo que realmente duran unos segundos.

“No me pidas más de lo que puedo entender” fue la frase que durante días estuve repitiéndome a cada rato. No me decía que no me quería. Tampoco que no me aceptaba. Mi realidad iba, y va, más allá de su comprensión.

Claro. Ella no tiene referentes. Puede que sea por su infancia de post guerra, o por ser madre a muy temprana edad, o por haber emigrado con su esposo y una niña de tres años, o por trabajar como una esclava para hacerse un hueco en la sociedad venezolana.

No la justifico porque tiene miedo.

Teme por mi seguridad. Teme que me peguen. Teme que me miren mal. Teme que me golpeen por la calle. Teme que me miren con asco. Por eso me fui de Venezuela. Antes de que mi país se desangrara y me llevara por delante. Aquí todo es diferente.

Mi madre es y seguirá siendo sobreprotectora. Incluso si esos fantasmas no existen.

Todo estará bien. No necesito su aprobación, solo su cariño y amor incondicional. Los tengo. Sin etiquetas.

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Escrito por
Daniel Vilosa

Periodista especializado en actualidad LGBT, es fundador de La Pluma Invertida. Trabaja como ejecutivo de cuentas en la agencia de marketing Goalplan y gestiona puntualmente medios en el gabinete de comunicación IP Comunicación. Vive en Barcelona.

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