El octavo pasajero
El octavo pasajero

Mi octavo pasajero

Fotografía de Robert Zunikoff

El 25 de septiembre de 1979 se estrenó en España una de esas películas que pasan a la historia: Alien, el octavo pasajero. El terror y la ciencia-ficción no son, a priori, unos géneros muy maricas, pero hay que descorchar el cava y felicitar a la Teniente Ripley por su cuarenta cumpleaños. De paso, brindad también por mí: Ripley y servidor somos de la misma quinta. (Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz).

Yo he visto como diez veces esta película, porque a mí me representa. Ridley Scott, el director, cogió al actor guapo de turno, Tom Skerrit, y lo mató en mitad de la película (¡toma ya!), para encomendar a Sigourney Weaver, una actriz desconocida y de 1,82 m de altura (una muchacha espigada), la ardua empresa de cargarse al bicho. Le dio un lanzallamas y buen cuajo. Supongo que tuvo que ser desconcertante para el público de la época ver morir al chico guapo a mitad de metraje y que fuera una espigadita muchacha de Nueva York la heroína y superviviente del Nostromo.

Este detallito no se me ha pasado nunca por alto: me parece muy simbólico que se decidiera sacrificar al hombretón. Como tampoco me parece cosita de poco que a Ripley le parezca importante salvar al minino Jones. ¡Qué delicadeza! Y a partir de aquí es donde, con el tiempo, me he ido dando cuenta del motivo por el que esta película es tan importante para mí: tengo que acabar con el alien que llevo dentro, ese octavo pasajero que lleva cuarenta años dándome quehacer.

Yo me recuerdo como un niño agazapado, escondido tras los libros, las buenas notas y el mejor comportamiento. Me pasé la infancia jugando solo en el patio de mi casa, imaginando historias protagonizadas por mí, bueno, por una versión de mí. Una versión en la que yo era una niña. Dentro del patio estaba protegido, hablaba solo y le sacaba el mayor partido a las pinzas de la ropa: desde un cigarro imaginario a una varita mágica (si las enganchabas unas a otras), pasando por su buen lanzallamas. Era un niño, y a la vez, una niña feliz. Pero la adolescencia me sacó del patio, y en ese destierro asesiné a la niña que nunca fui. Y llegó el alien. Y se quedó a vivir.

El octavo pasajero, criatura asesina, me obligó a buscar los tonos graves de mi voz, a limitar el movimiento de mis manos, a andar controlando las caderas. Le pedí al jesusito de mi vida que me gustaran las niñas, yo sacrificaría los sobresalientes, prefería suspender a ser mariquita. Dios se hizo el sordo (gracias Señor) y la criatura grande dentro de mí. Al hacer memoria veo que en mis juegos siempre era una niña, no había hombres, lo masculino no me gustaba, me agredía.

Es curioso que, desde el momento en el que he vivido mi sexualidad con mayor libertad, he rechazado lo femenino y he buscado ser y rodearme de lo masculino. No me ha gustado que me vieran con chicos con pluma, ni con hombres que pudieran ser fácilmente identificados como homosexuales. Ni siquiera me ha hecho gracia tener amigos que se hablaran entre ellos en femenino. Toda mi infancia buscando conectar con ese lado femenino, imaginándome que era una cría, y de golpe, ahogando en un negro pozo todo ese esfuerzo. ¡Qué triste!

Y escucha, que a Ripley nadie le tose: lanzallamas en ristre y de una señora patada voladora manda al espacio sideral al alien de los huevos. Cuarenta años después me doy cuenta de que hay ser como ella, y decirle al bicho: “no me pillas tan mayor y es ahora cuando no quiero controlar ni el movimiento de  mis manos ni el falsete de mi voz. Escapan a mi control”.

Vale que igual hacen faltan tres secuelas para vencer al monstruo y que lo mismo cuarenta años es un tiempito más que considerable, pero Ripley bonita esto es lo que hay. Matar o morir.

A parte del cava, los ganchitos de queso y del cumpleaños feliz te desean tus amigos de Parchís, ¡saca el lanzallamas que vamos a por el alien!

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Escrito por
Raúl Duque Motilla
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