¿Me leerías en la cama?

Fotografía de Hugo Dels

Tenía el móvil en silencio y encima de la mesa. De vez en cuando le echaba un ojo, con la esperanza de que la luz parpadeara y me distrajera un poco de mi tedioso trabajo.

Conforme iba pasando la mañana, la pantalla del ordenador se iba convirtiendo en algo borroso y carente de sentido: una bola de información superflua que habría querido arrugar y tirar a la papelera. Me levanté, fui al cuarto de baño, me lavé la cara para despejarme y al volver vi que la luz del móvil por fin parpadeaba. Me senté de golpe y, sin disimulo, cogí el teléfono.

«¿Me leerías en la cama?», rezaba el mensaje que me había llegado a través de una de tantas aplicaciones para ligar que suelo utilizar.

Releí el mensaje de nuevo, pero esta vez en voz alta: ¿me leerías en la cama?

Lo primero que debo decir para que se comprenda el mensaje es que en las fotos de mi perfil salgo con un par de libros en la mano, y no es solo porque salga medio decente, sino porque no deja de ser una declaración de intenciones en toda regla: me gusta leer y lo encuentro sexy. O te apuntas o lo dejas.

Y sí, uso aplicaciones para conocer gente y no me avergüenzo de ello. Me hace gracia que, a esas alturas, todavía haya personas que estigmaticen a otras por usar este tipo de apps. Aún no se han dado cuenta de que la gente que las usa probablemente sean las mismas que se encuentren en una discoteca o en la cola del supermercado.

Para mí son una especie de filtro; una manera de poder saber si alguien me interesa o no con un poco de conversación y de la manera más cómoda posible. ¿Que lo banalizan todo? Cierto, ya que al final no deja de ser un escaparate de caras y cuerpos con más o menos que aportar; la cultura de la superficialidad al alcance de la mano. Solo hay que saber usarlas y, sobre todo, gestionar bien tus expectativas con respecto a lo que quieres o puedes encontrar dentro de ellas.

Con el móvil en la mano y el mensaje delante, me quedé pensativo. ¿Verdaderamente quería leer en la cama a alguien que no conocía de nada? Pinché en su perfil. No había cara, solo un torso depilado que me miraba con un par de pezones risueños y una frase que no dejaba lugar a duda de lo que quería: un revolcón y, como mucho, que le leyera las posturas del Kamasutra; lo demás le iba a traer sin cuidado. Por un momento estuve a punto de bloquearle: es fácil, y hasta terapéutico, pero me quedé mirando el mensaje unos minutos más y tecleé:

¡Hola!

Te leería en la cama si fueras una trilogía, pero me da la sensación de que eres un panfleto, una “instapoesía” fugaz.

Te leería desde el prólogo hasta el epílogo si fueras el adecuado; es más, te leería entre líneas, pero cuando el título es Fracaso, no hace falta ni abrir la tapa.

Te leería si me hubieras dicho que te leyera en la playa, en un parque o en el llano de una montaña, pero en la cama solo leo las etiquetas de los sueños que se me escapan para ver de qué están hechos y, así, cuando escaseen, poder crear una nueva remesa.

No solo te leería un libro, sino que también te leería a ti: pliegues, poros, lunares, recovecos, cicatrices… Traduciría tu piel en palabras y las recitaría hasta quedar sin oxígeno y, luego, te diría que me leyeras tú a mí.

Te leería y te releería hasta exprimir todas tus letras para ducharme con ellas al levantarme e ir conformando, poco a poco, esas historias que quiero que nos contemos; esas donde somos los autores y, a la vez, los protagonistas.

Con un nudo en la garganta, me detuve, me quedé mirando la pantalla y empecé a borrarlo todo. Los dedos me ardían al contacto con las teclas, la realidad de la deshumanización palpitaba en mis sienes, los párrafos desaparecían tan rápidos como las ilusiones de cuando todo distaba de ser tan inmediato o tan fácil.

Al final, escribí: «No, gracias, no busco sexo».

A lo que él respondió: «Yo tampoco… Si te es más cómodo, también me vale que me leas en el sofá».

Acto seguido, le bloqueé, puse el móvil boca abajo y continué mi aburrida jornada laboral con la pesada sensación de que ese libro que tanto ansío leer probablemente no haya sido escrito aún.

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Escrito por
Antonio Sánchez Bejarano
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