Masculino XL
Masculino XL

Masculino XL

Fotografía de Emir Memedovski

Rubén mira la pantalla de su móvil. Masculino XL le ha enviado un mensaje. Su nombre de usuario ya le da una pereza tremenda. Qué manía la gente con la masculinidad y con las XXX. Rubén piensa que la masculinidad no es más que una construcción social y que las XX son subjetivas. Decide darse un baño y ponerse una mascarilla facial. ¿Se pondrá Masculino XL mascarillas? ¿O eso no será lo suficientemente masculino?

Rubén recuerda aquella vez que fue a la perfumería y compró productos de belleza de mujer. La dependienta le informó de que tenían los mismos productos pero «para hombre». Rubén suspiró y le contestó con una sonrisa: «Sí, claro, pero hacen el mismo efecto y valen el doble». Él no necesitaba que su crema pusiera For men para sentirse bien comprándola.

Masculino XL insiste, ha compartido con él una foto. Rubén abre la aplicación y le echa un vistazo a su perfil. La típica foto de torso de abdominales perfectos sin cabeza. En la conversación le ha enviado una foto de cara y ha empezado con un «Ey tío, ¿qué tal?».

Tío. Claro. Porque hay que compensar que estamos en una aplicación de contactos gay. Somos maricones pero machos. Por eso, en su perfil, Masculino XL se encarga de dejar bien claro que pertenece a ese grupo y especifica que a él no le pone la pluma. No vaya ser que alguien se confunda.

Es extraño, porque desde hace un tiempo, Rubén ha notado que la gente ha dejado de utilizar el término «pluma» en estas aplicaciones y lo ha sustituido por otros más políticamente correctos. «Masculino»suele ser el comodín más socorrido. Aunque todos sabemos lo que realmente quiere decir.

Mientras su piel absorbe la mascarilla, Rubén no puede evitar viajar al instituto. En aquel momento en que los gestos de su mano o su manera de andar eran motivo de burla. Por eso, a veces se mostraba inseguro al hablar delante de todos, porque una coletilla suya podía dar pie a semanas de bromas de mal gusto.

Aún recuerda a Víctor, el imitador oficial, haciendo el movimiento de su mano e imitando su tono de voz. Un tono en el que él no se reconocía, pero parecía ser que otros compañeros sí, porque le reían las gracias. Rubén se pregunta que habrá sido de Víctor. Desapareció cuando acabaron la secundaria, y más de uno respiró aliviado. Porque no es que Víctor fuera un triunfador ni el chico más popular. Pero mientras Víctor le imitaba a él, nadie se fijaba en sus defectos. Y cuando no era él, eran otros: el gordo, la machorro, la de los granos.

No todo fue malo, por supuesto. Menos mal. También hubo momentos de refugio, con sus amigas y con algún compañero. Pero la mayoría asistía entretenida al espectáculo y no decía nada. En el fondo, aquello era un sálvese quién pueda. Mientras se estaban metiendo con el mariquita, no lo hacían con el gordo o con el cuatro ojos.

Por suerte aquello acabó pasando. El instituto llegó a su fin y fueron a la universidad. Allí todo era más sutil. Los grupos más grandes y todos eran desconocidos. Las etiquetas parecían no existir, empezaban desde cero. Eran más adultos, en teoría.

Rubén recuerda aquel trabajo en grupo y aquella presentación oral que debían preparar. Y como aquel compañero le decía, sin saber exactamente cómo «¿Puedes hablar sin mover tanto las manos? Ya sabes, como más normal…»

Por entonces, a los 20, la coraza de Rubén ya estaba bastante curtida. Sabía identificar lo que aquel compañero estaba sugiriendo. «A mí es que no me gusta ser normal. Yo hablo así, creo que lo hago bien, y si tienes un problema te buscas otro grupo», le respondió. Sus otras compañeras de grupo le apoyaron y el compañero se tuvo que callar. Sacaron buena nota en aquella presentación.

Ya hace tiempo que Rubén siente que superó todo aquello. Es cierto que aquellas bromas y aquellos comentarios le dolían, no puede negarlo. Cuántas noches se pasó llorando, pidiendo ser «más normal». Ahora, desde su edad adulta, ya se ha reconciliado consigo mismo, y no tiene ningún problema con su manera de andar o con los movimientos de sus manos. Y siempre que tiene la ocasión, usa su lengua para poner a la gente en su sitio. Hace tiempo que decidió que esa iba a ser su lucha. No se pelearía a puñetazos, pero nadie se iba a reír más por un gesto suyo o una coletilla. Los tiempos han cambiado, aunque Rubén siente que algunos siguen quedándose atrás. También aprendió que no podía gustar a todo el mundo, pero por la misma regla de tres, a él tampoco tenía que gustarle todo el mundo.

Una vibración del móvil le devuelve al presente. Rubén se retira la mascarilla y se lava las manos. Masculino XL sigue en espera. Piensa que hoy será considerado y responde que está bien y que lo siente, que no cree que encajen. Pero Masculino XL se indigna y no piensa dejar ahí la conversación. Los machos llevan mal el rechazo. ¿Cómo puede ser? Este enclenque con pinta afeminada va a rechazarle a él, el espartano de abdominales perfectos. Rubén tiene la paciencia de explicarle el porqué:

—Mira, he leído tu perfil, dices que a ti la pluma no te pone. Pues resulta que a mí los gilipollas tampoco.

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David Rosa
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