Marikas
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El resonar de un tacón sonaba en los adoquines de una calle en Madrid. Case caminaba envuelta en su abrigo, sencillo y de estampado animal.

Anto esperaba en calzoncillos con la mano metida en el paquete.

—Me pone mucho que vengas vestido de mujer— y soltó el pulgar para mandar el audio.

Estaba cachondo y deseando follarse a Case. Le ponía la feminidad y que le magrearan y jugaran con el pelo en su pecho. Se estaba imaginando en su mente cómo iba a agarrar la peluca de Case y cómo la llevaría de un lado al otro de su habitación y de su cuerpo.

Case escuchó el audio de Anto y no pudo contener una carcajada. Su risa era sonora, la había practicado muchas veces y ya era espontánea, casi natural.

Ya en el portal, escribió en su teléfono “Ya he llegado”. Subió por las escaleras hasta el 2ºB. Anto le abrió la puerta y la miró de arriba a abajo, con una expresión vulgar de deseo.

Case entró mirando sus guantes que se quitó dedo a dedo, sin separar ni un segundo la vista de ellos. Balanceaba a propósito su cuerpo, caminando y cruzando las piernas y sabiendo que Anto la estaría mirando.

—Bueno, ¿qué? ¿Qué me vas a hacer?.


 

“Estoy en el portal” escribió en WhatsApp.

Ricardo esperaba después de haber llamado al telefonillo del 5º Derecha.

La puerta se abrió sin necesidad de intercambiar la típica pregunta con la típica respuesta. Daniel sabía que Ricardo iría a su casa y Ricardo sabía quién era Daniel.

Ricardo se monta en el ascensor con los nervios a flor de piel. Nunca se imaginó estar en aquella situación y, sin embargo, allí estaba. Se concentró en relajarse y en respirar. Tenía que hacerlo bien, no podía salir mal.

La puerta de la casa de Daniel estaba ya abierta. Así habían quedado. Él esperaría a Ricardo en su cama, desnudo, con el rabo empalmado y con los ojos tapados con una venda. Ricardo quería que Daniel se atara a la cama pero eso no le gustaba.

Daniel era dominante y activo. Activo respecto al rol sexual, porque le gustaba que le hicieran el trabajo. Le gustaba mandar y que el otro trabajase. Le gustaba sentir el poder en sus palabras, viendo como el otro se arrodillaba frente a él y hacía todo lo que le ordenaba.

Le había pedido a Ricardo que se depilara entero y que, al entrar en casa, se quitara toda la ropa menos el suspensorio. También le había pedido que lo llevara. No le gustó cuando Ricardo le pidió que se pusiera la venda pero le prometió el cielo si lo hacía. Ricardo le prometió todo.

Con los ojos tapados, Daniel iba a sentir el tacto de Ricardo más vivamente. Lo iba a sentir todo.


 

—¿Te importa si uso Popper?— dijo Anto.

—Para nada, adelante—.

Se metió en la habitación y volvió con un pequeño bote de plástico. Lo dejó en la mesilla. Se sentó en el sofá y volvió a meterse la mano en el paquete. Miró a Case, que seguía de pie mirando la sala.

—¿Qué tal si te vas desnudando?—.

—¿A qué tanta prisa?— dijo mientras se giraba hacia él haciendo volar su abrigo, dejando entrever su vestido ceñido.

Intercambiaron una sonrisa. Se miraron a los ojos cada uno pensando una cosa muy diferente del otro.

Anto se mordió el labio y resopló.

Case se encendió un cigarrillo que sacó del bolso.

—No me puedo aguantar—.

—Sírveme vino, si tienes. Así me entra el puntillo— y dio una calada que exhaló mirando hacia el techo.

—¿No quieres Popper?—.

—Me van más otras drogas—.

Anto se levantó y cruzó la sala hacia la cocina. De camino, le cogió del culo y la apretó hacia sí. Ella se dejó.

Según Anto salía del salón, Case sacó de su bolso un pequeño frasco y una jeringuilla.


 

Ricardo avanzó desnudo por el pasillo. A cada lado se iban abriendo puertas que daban a varias estancias. El salón. El baño. Una habitación. La cocina. Y, al final, la habitación donde estaría Daniel.

Se tomó su tiempo para entrar. Entró primero en la cocina y se sirvió un vaso de agua. La cocina era amplia y estaba bastante bien equipada. Tenía una vitrocerámica grande, los platos y cubiertos parecía que estaban todos secándose en la encimera. Tenía el típico juego de cuchillos clavados en una madera.

—¿Qué estás haciendo? ¡Ven ya!— le gritó Daniel desde la habitación.

Ricardo entró en la habitación. Estando descalzo a penas se le escuchaba caminar pero se hizo notar.

—¿Estás cachondo?—.

—Muchísimo—.

La luz tenue dejaba entrever un cuerpo musculado sentado en la cama. Estaba justo en frente de la puerta y le podía ver masturbarse mientras se acercaba. La venda de los ojos era una camiseta atada en la nuca.

—Menudo rabo tienes—.

—¿Sí? ¿Quieres probarlo, zorra?— a Daniel le encantaba insultar.

—Te va a gustar lo bien que muevo mis manos—.

Ricardo se subió a la cama y poco a poco se acercó a Daniel. Le rozó las piernas mientras subía por su cuerpo y le escuchó gemir.

—¿Te gusta?—.

—Me está sorprendiendo—.

Ricardo cogió con su mano izquierda el rabo erecto de Daniel. Y en lugar de masturbarle, con la otra mano le rebanó el miembro con uno de los cuchillos que cogió de la cocina.

El grito de Daniel se escuchó en toda la habitación con bastante sonoridad pero no le dio tiempo a seguir gritando porque rápidamente su garganta se abrió de par en par.


 

Case estaba sentada en el sofá cuando Anto volvió al salón. Se había quitado toda la ropa y tenía una copa de vino en la mano. Se la acercó a Case que la aceptó con un “gracias” y una sonrisa.

Anto se quedó delante de ella, a penas erecto y tratando de levantársela con la mano.

—¿Necesitas ayuda?— le dijo Case, con una media sonrisa mientras bebía de la copa.

—Estaría bien… Dame un segundo—. Se acercó a la mesilla y aspiró muy fuerte con el bote de plástico pegado a su nariz.

Case se levantó del sofá. Cogió sus cosas y el móvil que había en la mesa de aquel salón. Se dirigió a la salida.

—¿Dónde vas? ¿Qué haces?— le gritó Anto mientras dejaba el bote de nuevo en la mesilla. “¡Si no hemos ni empezado!”.

—Ya. Pero no me gustas. Me lo he pensado mejor—.

Quiso salir hacia la calle pero Anto se lo impidió poniendo el brazo sobre la puerta.

—No puedes irte—. Tosió un poco.—No me puedes…— y volvió a toser.

—Sí que puedo—.

Case le apartó con el brazo y le vio caerse al suelo, llevándose la mano a la garganta mientras seguía tosiendo.

Ella le miró con asco.

—Cabronazo—.

Y salió de esa casa cerrando la puerta tras de sí.


 

“Estoy en el bar” escribió por Whatsapp.

Ricardo esperaba en la barra. Acababa de pedirse una cerveza y ya apenas le quedaba. Se tocaba el cuello y se miraba la mano. Sentía en la nuca la tensión de la sangre seca que no se podía quitar.

Su móvil sonó y lo miró. “Ya llego” leyó desde la pantalla.

Entró en el bar una mujer con un abrigo con estampado animal y unos tacones de infarto. La música del bar estaba alta y había bastante gente pasándoselo bien.

Ricardo agitó la mano y Case se acercó hacia él.

—Eh… ¡tía! ¡Qué fuerte! ¿No?— dijo Case según se acercaba.

—No sé—.

—Eh, ¿cómo? No lo irás a chafar ahora. Ha ido bien ¿no? Como lo planeamos—.

—Sí, pero no sé—.

—No sé, ¿qué?—.

—No sé, Case, ¡no sé!— la música del bar estaba alta pero se le entendió bastante bien.

Case se sentó en el taburete libre delante de Ricardo y le dio un sorbo a su cerveza. Cruzó las piernas. Tocó la barbilla de su amigo y le sonrió. Le miró a los ojos, no le hizo falta decir mucho, pero fue lo justo para recordarle el porqué de todo aquello.

—Eran unos cabrones. Se lo merecían—.

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Alberto Carbonero
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