La esclavitud de la visibilidad
La esclavitud de la visibilidad

La esclavitud de la visibilidad

Fotografía de Isabella Antonelli

El deseo de visibilidad

Se dice que profeta es aquel que sabe leer los signos de los tiempos. Uno de los signos de estos tiempos, de lectura obscenamente fácil, es el deseo de visibilidad. Todo el mundo quiere ser visible, necesita ser visible, vive en una epifanía constante: haber descubierto que reivindicar su visibilidad es la señal inequívoca de su modernidad.

De este modo, cada parte se inviste de poder y lo siente como una obligación moral de permanecer alerta, vigilando la mínima tentación del todo de invisibilizarla, de diluirla en la ciénaga injusta de la invisibilidad.

Nos exhibimos para ser reconocidos

Todo el mundo quiere ser visto, quiere ser alguien, existir. Todo el mundo quiere hacer de su pequeñez, grandiosidad. De su peculiaridad, categoría. De su anonimato, reconocimiento. Para lograr el fin de la visibilidad el medio no es otro que el exhibicionismo.

No la adaptación oportuna a lo general, sino la aspiración y la exigencia de ser reconocido en su individualidad.

El medio es, por tanto, el exhibicionismo más vulgar e irreflexivo, el griterío, la autoafirmación deforme y a menudo poco más que imitativa. La afición a competir por ver quién la dice más gorda, quién disfraza de filosofía profunda hasta la más idiota de las tonterías.

Cabría decir que los muchos pocos someten al conjunto a una dictadura de la visibilidad, un giro compensatorio de la Historia injusta que ponga las cosas en su lugar de una vez por todas. Cabría decir que obligan al todo, difuso, invisibilizador, a la exigencia permanente de que cualquiera sea diferenciado, definido, significativo, referente.

Que hasta el más pintado sea categorizado como una realidad distinta, que necesita un lenguaje propio, hacerse un hueco no suficiente sino enorme para poder ser escuchado.

Lo cierto es que partes y todo vivimos más bien subyugados en una esclavitud de visibilidad, entonteciéndonos unos a otros con la excusa de hacernos mejores, aspirando tontamente a ser importantes y únicos, a no perdernos como anécdotas en la lista interminable de la humanidad.

Tiempos recios

Me viene a la mente, pensando en esto, el título de la última novela de Mario Vargas Llosa, Tiempos recios. En verdad son recios nuestros tiempos pero, más que recios, cabría decir necios.

Tiempos donde, con la terquedad propia de los mezquinos y los ignorantes, la parte acusará de que no sabe leer el signo de los tiempos al disidente que se aleje de la aspiración adictiva a la visibilidad.

Señalará que no sabe darse cuenta del carro inevitable de la historia al que debe subirse para no pecar de troglodita. Lamentará que no sepa ser baluarte de la reciedumbre del momento que le interpela para el cambio…

Pero no es ese el fallo. Podemos subirnos a cuantos carros deseemos, apearnos de ellos, renunciar a ocupar en ellos un sitio. No es ese el problema.

El problema es someternos neciamente a la creencia de que cualquier signo de los tiempos es bueno solo por ser el signo de los tiempos actuales. Una necedad desgraciadamente muy visible en los tiempos que nos toca vivir.

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Escrito por
Rafael San Román

Psicólogo especializado en duelo y diversidad sexual y de género. Trabaja en la plataforma de terapia online ifeel y en la ONG de salud sexual, igualdad y diversidad Imagina Más. Vive en Madrid.

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