La actriz de reparto de tu despedida
La actriz de reparto de tu despedida

La actriz de reparto de tu despedida

Fotografía de Eveling Salazar

Retiro los cojines y me quedo de pie mirándolo; un sofá de tres plazas que todavía mantiene vivo su color. Los chicos que se lo llevarán dentro de un rato me explicaron que animan a los propietarios a compartir algo sobre lo que donan. Lo tomo con humor y no sé si entregar un certificado de Fe de vida o uno de servicios prestados. Me siento en uno de sus extremos y pienso en lo que me gustaría escribir, pero las emociones se descuelgan en el interior de mi cabeza como las piezas de un tetris que debo colocar y que solo confirman que nunca fui buena jugando a ese solitario.

Llevo cuatro años pasando largas horas en el refugio de sus brazos. Ha sido cómplice de días gloriosos y aliado en inmensas noches de oscuridad. Pero ahora escribo desde el color, así que lo empujo hasta el único rayo de sol que se asoma entre las cortinas. A las cosas no se les puede tener apego, dicen, pero no he escuchado nada sobre el cariño; y eso es lo que siento por este sofá. El día que llegó éramos dos las que le dábamos vida, era nuestra mesa de Camelot, donde resolvíamos las inquietudes y celebrábamos las certezas; dos intensos años descorchando la vida sentadas sobre sus cojines.

Aquella noche también. Y aquella madrugada, cuando todavía éramos una pareja la que habitaba ese espacio, que nunca se mostró sombrío hasta aquellas horas del amanecer que por primera vez no trajeron luz, sino que inundaron de negro todas las habitaciones.

Hace tiempo que no pienso en aquel instante, ni en la resaca que alimenté durante dos años; hasta hoy, que me asomo a esa neblina desde la serenidad, desde el pequeño promontorio que levanté a las afueras del desierto por el que vagué tanto tiempo. Me acomodo entre el sol y la brisa que llega desde la calle, y dejo que la marejada del pasado azote por última vez el presente, con la tranquilidad que da estar sentada sobre mi compañero; también por última vez. Cierro los ojos y recuerdo…

Acabábamos de regresar de un viaje de tres semanas por varias ciudades europeas, una experiencia que todavía guardo entre las mejores que he vivido, tan plena, tan feliz. Lo primero que hicimos fue tirarnos sobre el sofá, una a cada lado, como hacíamos siempre al terminar el día, y esperábamos que el sueño nos llevara a la cama. El sofá siempre fue nuestro prólogo, para todo.

Todavía respirábamos euforia, adrenalina que no nos dejaba hablar sin que nuestras risas se multiplicaran. Sacaste el diario que había ido cebando durante el viaje, en los ratitos en los que nos sentábamos a descansar en algún lugar privilegiado, donde observábamos y nos dejábamos llevar por lo que nos rodeaba. Lo aparté con intención de terminarlo por la mañana, pero insististe para que lo hiciera esa noche.

Cuando lo cerré, una hora después, lo cogiste y fuiste repasando con delicadeza cada una de las hojas, acariciando cada uno de los trocitos de momentos que había dejado congelados: un billete de tren, la entrada de un museo, el posavasos de una cafetería. Noté que se te empañaban los ojos, y antes de que pudiera decirte algo ya te habías levantado y tirabas de mí hacia el cuarto. Me sonreíste como nunca más lo hiciste mientras me susurrabas que íbamos a celebrar la vuelta a casa como se merecía.

Si supieras la cantidad de veces que me vi atrapada en esa noche, los cientos de intentos de fabricar puentes que me sacaran de allí, las incontables preguntas que tejí dentro de mi cabeza y que escupí contra las paredes; porque esa noche celebramos juntas nuestro regreso, y yo, sin saberlo, fui la actriz de reparto de tu despedida.

No hubo <<a la mañana siguiente>>, nuestra historia se quedó allí, en un beso cariñoso de buenas noches y un abrazo con sabor a paraíso. En cuestión de horas desaparecieron los lugares comunes y el silencio no deseado desenrolló su miseria hasta empantanarlo todo. Las pocas amigas a las que se lo conté siempre defendieron que algo tuvo que pasar, un detalle que se me escapó, una señal; sabes que no fue así. Nos acostamos aquella noche con luces de neón y desperté sosteniendo una fachada fracturada.

Durante las semanas que vinieron después, ahora pienso que demasiadas, el nosotras se fue desdibujando. Los primeros días no me preocupé, asimilé tu silencio como otro de esos intermedios que te identificaban; deambulabas por tu cuenta alejada de todo, para volver sin anunciarte. Yo estaba familiarizada con esos trayectos, los contemplaba desde fuera mientras transitaba nuestra vida con sigilo y en solitario. Pero esa vez no fue suficiente y te quedaste estancada en algún sitio de la casa al que no supe llegar. Y si me pediste ayuda, no entendí el idioma en el que lo hiciste.

Se fue haciendo más difícil caminar entre ese paisaje cada vez más áspero, el papel de espectadora suplente me empezaba a estrangular el ánimo, y el silencio, que se presentó como invitado ocasional, fue esparciendo su soberbia con total plenitud. Hasta que me atreví. Aquella madrugada me atreví. Y te senté en nuestro refugio que todavía hoy mantiene vivo su color, el mismo que se llevarán dentro de un rato, sobre el que no sé qué escribir. Solté todas las preguntas que había coleccionado durante tu incómoda ausencia, lloré todas las dudas que me había tragado para no disgustar al silencio… ¿por qué? Sí, también hice esa pregunta, tal vez la más formulada en la Historia; posiblemente la menos contestada. De tus labios solo una herida en forma de palabras: lo siento, volveré.

Tardaste un par de días en llevarte tus cosas, flotando en ese silencio que detestaba, que me llenaba de ruidos la cabeza, que me volvía loca. Nos despedimos en la puerta con un abrazo y otro volveré, que me hizo bajar la guardia y permitió que se colara hasta el sofá la esperanza.

Y allí me quedé, anclada en el desierto en el que se convirtieron los días, llenos de un vacío corrosivo que se propagaba con descuido, con el silencio burlándose de mí; silencio enfermo de silencio. Y con la peor compañía de todas, la esperanza, que se encargó de boicotear todos mis ensayos para huir de allí, que me saturaba de remordimientos y me llamaba a sentarme a su lado en el sofá. Pero… eso ya es pasado.

El timbre me obliga a bajarme de mi pequeño promontorio, sacudo la neblina de mi cabeza y abro la puerta: Buenos días, ese es el sofá, los acompaño. Mientras veo cómo lo bajan por las escaleras, encuentro las palabras que deseo escribir. No son para mi compañero, ni para ti, sino para aquella persona desconocida en la que me convertí y con la que nunca me sentí cómoda, la misma que por un tiempo se perdió para que tú te encontraras.

Le entrego el papel al chico que hace una mueca al leerlo y, mientras lo sujeta, me dice que con esa frase no sabe si alguien lo querrá. Me río y contesto que sí, que es muy buen compañero. Me quedo en la acera y, bajo una soleada mañana llena de vida, lo veo marchar luciendo en su respaldo una orgullosa declaración de intenciones: ¡no vuelvas!

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Martina Parks
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