Identidad borrada
Identidad borrada

Identidad borrada: cómo ser malos padres

Fotograma de la película

La cosa más absurda que he hecho en mi vida la hice a los nueve años. En realidad, habría que decir la cosa más absurda que me han hecho hacer. ¿Qué fue? Confesarme por primera y última vez, como parte de mi catequesis de preparación para la primera comunión.

Gracias a Dios aquel hecho se limitó a ser absurdo… y solo eso. No fue traumático en absoluto, ni grave. Evidentemente fue algo incómodo para mí pero, por fortuna, creo recordar que ni siquiera fue largo pues… ¿qué extensos pecados podía tener que relatar un niño de nueve años a un adulto al que no conocía de nada? Así pues, mi paso por aquella fase hacia el sacramento de la comunión no fue más que una absurda y anecdótica memez, algo kitsch sin mayores consecuencias.

Me acordé de ello hace unas semanas viendo Boy erased. Cierto es que nada tiene que ver mi biografía con la del desdichado protagonista de esta película intensa, visceral y muy interesante. Sin embargo, la importancia de la religión –o un pastiche llamado religión- en su argumento me hizo por un momento tener un flashback hacia aquella primavera mía de hace ya tantos años. El nexo sin duda es evidente: salvando todas las distancias, recordé aquella cosa absurda que la religión –o un pastiche llamado religión- me hizo hacer en mi tierna infancia viendo las cosas absurdas que la religión –o un engendro cruel, delirante y despiadado llamado religión- hace hacer al pobre protagonista de la cinta protagonizada también por Nicole Kidman y Russell Crowe.

La película es bella a su manera y especialmente interesante como toma de conciencia sobre la rabiosa actualidad. Una actualidad que no acaba –ya que no lo hace la crónica gilipollez humana- en tiempos como estos que gustan tanto de reivindicar el honor de brujas medievales e indígenas antiquísimos, todos agraviados por ya nadie sabe quién, método eficacísimo para no fijarnos en lo que debe ocuparnos ahora. Pasé un mal rato viéndola, mezcla de mis ganas de abrazar a esa pobre víctima y de una indignación muy agresiva que crecía dentro de mí conforme avanzaba la historia.

No me andaré con rodeos. Una de mis conclusiones después de haber visto Boy erased es que he perdido toda paciencia y condescendencia con ciertas maneras de ser de ciertas personas. No es que nunca haya tenido mucha para nada, paciencia digo, pero de alguna manera al ver esta película un resto remoto de estas cualidades se evaporó dentro de mí. La conclusión, en fin, fue que estoy harto y que no estoy dispuesto a ser educado al comentar lo que se narra en esta película.

Por eso, desde mi punto de vista, diré que lo que sucede en Boy erased no se debe solo a lo malvados que son los falsos terapeutas camuflados en sectas más o menos extravagantes de aquí y de allá. Lo que sucede se debe, sobre todo, a que donde hay una secta de ese tipo que actúa de esa manera con un homosexual hay detrás dos malos padres que no han cumplido con su deber sagrado.

Y es que los personajes interpretados por Kidman y Crowe son, simple y llanamente, dos malos padres como tantos ha habido y hay en la historia de la humanidad. Eso y no otra cosa es lo que les hace conducirse con su hijo como lo hacen. Bien es verdad que en algún momento comienzan a enmendar su conducta y a comportarse como es debido. Sí, 18 de años después, como para unas prisas. Pero son malos. No malas personas, que es algo difícil de definir, pero sí malos padres. Actúan como actúan porque son un mal padre y una mala madre, ya que ponen en riesgo la vida de su hijo porque entienden que, al fin y al cabo, hay cosas más importantes que la vida de su hijo. Sus personajes son dos palurdos de tantos que hay en el mundo en general y en EEUU en particular. Dos palurdos mezquinos, fanatizados, atrapados en una cosa fangosa y repugnante que ellos llaman religión en medio de su confusión general y que yo, simplemente, llamo estupidez, analfabetismo y maldad (ya advertí que no tenía intención de ser paciente y tampoco de ser educado). Caiga sobre ellos la vergüenza hasta el último de sus días, así enmienden sus pecados con años de retraso.

Digámoslo claro. La cosa más absurda que alguien le hace hacer en su vida al heroico protagonista de Boy erased se debe, por tanto, a tener la mala suerte de caer en una familia peligrosa y negligente, conducida por una la visión patológica y distorsionada de la religión. La mala noticia es que esto no es algo que ocurra solo en la cloaca siniestra de la mal llamada América profunda. Está sucediendo a pocos kilómetros de tu casa, bajo el auspicio no de exóticas y lejanas sectas sino de la Iglesia católica española y oficial, con la condescendencia cómplice de su máximo responsable, el papa Francisco. Este nuevo icono de lo progre y lo transgresor (qué tiempos imbéciles nos toca vivir) debe pensar que, ya que no es nadie para juzgar a una persona por su orientación sexual, por qué ha de ser alguien para juzgar a quien, dentro de la institución que dirige, ataca tan gravemente la dignidad humana.

Que la homosexualidad nos coja confesados.

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Escrito por
Rafael San Román

Psicólogo especializado en duelo y diversidad sexual y de género. Trabaja en la plataforma de terapia online ifeel y en la ONG de salud sexual, igualdad y diversidad Imagina Más. Vive en Madrid.

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