Historia de un aplauso
Historia de un aplauso

Historia de un aplauso

Madrid, marzo de 2020

Al comienzo del confinamiento el aplauso de las ocho me parecía el momento más bonito del día. Poco a poco lo asumí como un ritual sencillo, compartido y poético que cada día, durante unos minutos, me congregaba al pie de mi ventana juntos a mis vecinos.

Dicho ritual servía para hacer dos de las pocas cosas que se podían hacer entonces y dos de las pocas cosas que se pueden seguir haciendo ahora, cuando han pasado varias semanas: hacer algo (en este caso aplaudir) y homenajear.

Se diría que son una misma cosa, que aplaudimos para homenajear, es decir, que homenajeamos aplaudiendo. Sin embargo, intuyo que, tanto entonces como ahora, esos aplausos eran y son algo más que un homenaje.

Son, como digo, una manera de hacer algo aunque también se homenajee. Una excusa sencilla, incluso primitiva, para levantarse del sofá y hacer algo que no sea ver la televisión, trabajar a distancia, preocuparse por el futuro o tomarse la temperatura: esos aplausos eran y han seguido siendo todos estos días un homenaje a los profesionales de esta crisis pero también un desahogo, una descarga, una protesta contra la vida.

Parece como si cada vecino, a golpe de palmadas, estuviera diciendo: “Aunque la vida no me oiga yo igual monto el pollo, igual me desahogo de esto que se me está haciendo bola y que quizá quede feo o imposible poner en palabras, al fin y al cabo mis vecinos sí lo oyen y me entienden”.

En el principio, era la noche

En los primeros tiempos, era la noche.

Entonces salíamos a tientas a nuestras ventanas y balcones y aplaudíamos en mitad de la tiniebla, intuyendo nuestras caras, desde siempre desconocidas, a la luz anaranjada de las farolas. Era un aplauso íntimo, particular y compartido a la vez. Sabíamos que estábamos ahí más por el ruido que por la vista.

Recuerdo que al principio, cuando me llegaban los ecos de los primeros aplausos a lo lejos (en mi calle, no sé por qué, se tiene la costumbre de empezar a menos tres), me daba la sensación de que los aplausos en la calle suenan igual que la lluvia. Qué puedo decir, con cuarentena o sin ella no es que andemos sobrados de sonidos bonitos, así que no me privo de consignar aquí esta sensación.

Hablando de lluvia, en este confinamiento la relación con el clima ha sido realmente como una equilibrada relación a distancia: no hemos disfrutado de la primavera pero oye, cuando ha hecho malo, y mira que ha hecho malo, al menos muchos hemos podido consolarnos pensando: “Total, al campo tampoco tengo que ir”.

Y es que en estas semanas, cristal mediante, hemos visto llover, nevar, granizar, salir flores y salir el sol, el arco iris y los relámpagos, los murciélagos y las palomas. No quiero ser aguafiestas, pero es cuestión de tiempo que veamos también nuestras mangas cortas y nuestras chanclas.

Después, con luz

Un día, por el cambio de hora, se hizo la luz en el aplauso de las ocho y pusimos las cartas encima de la mesa mientras nos poníamos cara de un bloque a otro. Las sombras, los contornos, las palmadas sin cuerpo de repente cobraron rostro, sonrisas, batines, chándales. Fue así que descubrimos el quién es quién de nuestros desconocidos vecinos de enfrente.

Entonces me di cuenta de que las dos niñas que aplaudían en el mirador que está en frente del mío no eran niñas, sino dos jóvenes que seguramente tengan mi edad y que yo había tomado por dos canijas confinadas. Días después observé que viven con una señora mayor, que no aplaude con ellas en su mirador sino en una ventana de al lado, y también con otra, de lo que a mí me parece mediana edad, y que tengo para mí que debe ser su madre. Las edades de la mujer aplaudiendo puntualmente a las ocho.

La vecina de al lado

De vuelta a mi edificio, mi vecina de al lado –compartimos descansillo y frutero- aplaude desde su balcón, junto a mis ventanas.

Su nieta se marchó al principio de la epidemia así que ella vive sola y yo también, somos los solitarios del 5º.  

A veces coincidimos tomando el sol a eso de las doce y nos hablamos a voces, con un fondo de pajarillos. También tiene la costumbre de hablarme durante el aplauso y yo a veces la oigo y a veces hago como que la oigo, porque en general no la oigo nada.

El otro día me dijo que aplaudo muy fuerte, que hay que ver el ruido que hago, como si me dijera “Concho, qué voces das”. Yo le dije que claro, que si me pongo, me pongo. He observado que ella, que ha faltado muchos días, cuando sale hace como que aplaude, pero que en realidad deja un poco huecas las manos y pone el piloto automático. Técnicamente mi vecina de al lado aplaude en play back.
En un par de ocasiones hemos coincidido con nuestra vecina del sexto, la que vive justo encima de mí. Esta me comentó que ella siempre ve mis manitas al asomarse pero claro, yo para arriba nunca suelo mirar, así que no la había visto a ella.

Más a gritos que viéndonos nos preguntamos si todo bien y tal, y todo bien, y tal. Yo en realidad no necesitaba que me lo confirmara: ellos tienen dos niñas pequeñas y voto a Dios y a mi techo –que es su suelo- que al menos esas dos criaturas gozan de una vitalidad excelente.

Los 3 del tercero

Un poco más abajo, en el 3º, hay un balcón al que suelen salir –por turnos o a la vez- tres vecinos que no sabía que tengo en ese piso, pues jamás me los he cruzado en la escalera. Empezaron remolones, pero se han ido aficionando a eso del aplauso, aunque lo hacen cortito, deben tomárselo más por el lado del gesto protocolario, un poquito por cumplir.

Cuando aplaudíamos de noche ni fu ni fa, pero confieso que con la luz empecé a asomarme más, con gesto de leona agazapada y melancólica: ahí están, fumándose un piti con dejadez, con ese look doméstico tan de tío que comparte piso, tan de domingo en manga corta, tan… Sí, los miro, qué pasa, ¿ustedes no miran a nadie cuando aplauden o qué?

El peso del aplauso

Muy a mi pesar, nunca mejor dicho, conforme se sucedieron los atardeceres descubrí que el aplauso de las ocho empezó a pesarme un poco. Los primeros días tuvo su gracia eso de saludarse con las de enfrente y echar unas palabras –o hacer como que las echo- con mi vecina del 5º, pero yo soy un ser poco dado a esas componendas de buena vecindad mediterránea y empecé a sentirme algo invadido por toda la parafernalia.

Sí, amigos, es terrible pero mi fervor revolucionario ha flaqueado y he llegado a pensar que me daba pereza aplaudir solo porque implicaba exponerme a la luz pública y tener que interactuar con mis vecinas.

Determinado a no dejarme vencer por esta terrible debilidad de mi espíritu encontré una solución: cambiar la ubicación. Me instalé a la hora acordada en la ventana de mi despacho, que no da a la calle sino a una plaza donde los de enfrente quedan mucho más lejos, a ese tipo de distancia cómoda que imposibilitaría los saludos (aunque nunca se sabe, la gente en seguida vence cualquier distancia y acaba saludando a quien aplaude con ella, por muy lejos que esté).

Allí, donde nadie me ve, dispongo de una atalaya más íntima y recogida donde puedo cumplir con la patria sin tener que cumplir con mis vecinas.

La otra ventana

Cambiando de ventana he ganado perspectiva, así que he descubierto otra estampa comunitaria, más allá del telón que tenía delante: nuevos bracitos que salen por las ventanas, manitas batientes, figuritas asomadas a sus balcones mientras cumplen con el rito del aplauso.

Observo, más allá de los dominios de mi plaza, que efectivamente los vecinos de enfrente se saludan de bloque a bloque, agitando los brazos con mucho brío.

Parece que han formado una especie de comunidad de amigos para siempre, se mandan besos, se despiden, se gritan buenas noches. Este es un barrio que engaña: sobrio en la salud pero intenso en la enfermedad.

Mientras tanto, yo intento aplaudir con la mirada velada, institucional, para evitar establecer contacto visual con alguno y que entonces nos dé por saludarnos y ya estemos perdidos. Bien es cierto que mis dos vecinitas de enfrente (las falsas niñas) todavía pueden divisarme por una esquinilla y nos seguimos saludando al asomarnos, pero algo rapidito, de cortesía, sin tener que permanecer luego frente a ellas durante todo el aplauso sino resguardado cómodamente en mi ventana discreta.

La cuarentena avanza y mi aplauso avanza con ella, así que en lugar de aplaudir desde el palco real como al principio ahora lo hago desde el secreto reservado de un ángulo ciego.

Pero, ay, cambiar de sitio no acaba de dejarme con el corazón limpio. Ahora vivo con la desazón de que mi vecina de al lado, que faltó al aplauso durante tantos días, estará pensando que el que falto últimamente soy yo. Me pregunto si ella se preguntará dónde ando y me debato entre hacer una rentrée espontánea un día en el mirador, a eso de las ocho, o quizá de las doce, para ofrecerle algún tipo de explicación, o si hacerme el longuis todo lo que queda de cuarentena.

La resaca del aplauso

Y luego viene lo que yo llamo la resaca del aplauso, esos minutos postreros durante los cuales los vecinos más rumbosos de mi barrio tienen a bien adornar la gran catarsis de la ovación urbana. Llega entonces una especie de popurrí deforme que incluye el Himno de España, el Que viva España (que también es como otra especie de himno oficioso pero yo prefiero claramente el himno himno, dónde va a parar) y Libre soy/Suéltalo/Let it go –imposible precisar cuál de las tres versiones de la canción de Frozen es, para ese momento yo ya tengo todo cerrado y estoy a otra cosa.

He llegado a la conclusión de que en mi calle y en mi plaza el aplauso de las ocho sigue una rigurosa estética pop-folk y de momento nadie se atreve a transgredir lo ya establecido. En virtud de esa norma no escrita, agradezco enormemente que a nadie le haya dado por Resistiré. No es mala canción, pero es más pegajosa que la de Manolo Escobar y francamente, entre el himno himno y Elsa nos bastamos, gracias. Tampoco les ha dado por Nino Bravo, probablemente lo vean demasiado melancólico y prefieren no llevar las cosas al extremo.

Hablando de transgresiones, antes de que mi mudanza de ventana nos separara, mi vecina de al lado, la que aplaude en play back, me pidió consejo (¿o apoyo?) sobre si procedía sacar la bandera republicana a su balcón el pasado día 14.

Yo la animé intensamente a ello, por aquello del contraste y de dar un poco por saco, pero al mudarme durante la hora del aplauso no llegué a comprobar si se saltó la etiqueta imperante sin más consecuencias o si sus vecinos de enfrente le retiraron el saludo considerando que esa coquetería de Frozen pase, pero que ya una bandera republicana es no haber entendido qué es lo que mejor le va a este tipo de decoración (nuestro barrio es mucho barrio). En fin, ya se lo preguntaré cuando la vea.

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Escrito por
Rafael San Román

Psicólogo especializado en duelo y diversidad sexual y de género. Trabaja en la plataforma de terapia online ifeel y en la ONG de salud sexual, igualdad y diversidad Imagina Más. Vive en Madrid.

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