La exquisitez de la justa medida

La exquisitez de la justa medida

Call me by your name lo tiene todo para ser una película más, para no ser original, para perderse en caminos mil veces trillados. Con cuatro datos previos a su visionado y algunas imágenes de tráiler, incluso ya metidos en faena, el espectador incauto lo tiene todo a su favor para pensar que está asistiendo a un festival del tópico, a algo que no le sorprende ni le aporta nada, porque va a lo fácil.

El primer amor, el “lolito”, el amor de verano, las tertulias intelectualoides, la campiña italiana, el primer quiebro del corazón… Ninguno de los mitos fundacionales de Call me by your name es nuevo o acaso fresco –aunque eso no es ningún demérito, difícilmente puede haber ya algo nuevo en alguna narración, sea del tipo que sea.

Por eso Call me by your name lo tiene todo para fracasar teniendo en cuenta además que, por el tempo que su director y su guionista imprimen desde el primer minuto, tampoco tiene nada que llame al entretenimiento o la diversión. El compás es lento, ingenuo, se demora… pero no porque no haya nada que contar, sino porque se quiere que la tensión se vaya acumulando en el espectador igual que se va acumulando en sus protagonistas, y tarda en resolverse.

Atendiendo a estas razones, por tenerlo todo para ser un rotundo fracaso, un claro acto fallido, satisface tanto que esta película sea todo lo contrario: una maravilla sin paliativos. A pesar de todos sus factores de riesgo, y he aquí por fin uno de sus grandes logros, poco a poco esta película acaba revelándose como un auténtico triunfo. Lo consigue, precisamente, porque pone los tópicos de los que está hecha a su propio servicio, al servicio de la novedad, bruñéndolos como quien recupera un trozo de bronce prehistórico hasta sacarles el brillo del frescor, haciendo que parezcan nuevos, inocentes, tan potentes como la primera vez.

¿Su método? La mesura, la exactitud, la hermosa sabiduría que solo se encuentra no en las buenas historias (la de Elio y Oliver no es ninguna buena historia, es una historia cualquiera) sino en las historias bien contadas. Esa sabiduría consiste en no hacer alarde del bronce de primera calidad que te traes entre manos, no explotarlo hasta desgastarlo, sino extraerlo con cuidado, guardarlo primorosamente y ofrecerlo como un preciado tesoro.

Se nota en seguida la mano elegante de James Ivory soplando al oído del director Guadagnino y se disfruta sobremanera el juego inacabable de espejos y paralelismos que se despliegan a lo largo de la película: el pasado y el presente, las estatuas muertas y las estatuas vivas, el placer del intelecto y el placer de la carne, el verano y el invierno, la madurez y la juventud, la gloria y el desgarro, lo que se dice y lo que no se dice, la noche y el día, perorar sin cuidado y escrutar en silencio, el presente y el futuro…

Como decíamos al principio, durante el primer rato el espectador teme que, a pesar de la postal, todo vaya a quedarse en un amorcito cortés, en un galanteo cobarde que no va a rematar la jugada. Qué equivocación. Su director, su guionista, premian esta inquietud y lo hacen sin desafinar respecto al resto de la historia. Call me by your name es desmesura dionisiaca en su fondo pero exactitud milimétrica en sus formas: quien la ve degusta la exquisitez de la justa medida. Sí, acaso podríamos demorar un segundo más un par de miradas, extender un poco más algunas caricias… son cuestiones menores de estilo que en nada alteran la precisión de esta historia.

Todos sabemos que no hubiera tenido sentido un Call me by your name sin sexo pero no recuerdo en el cine un sexo más medido y más bonito así eche hacia atrás la mirada siempre amnésica y dispuesta al entusiasmo. No se recuerda tampoco un amor entre hombres tan doloroso, unas lágrimas tan gordas y tan bien filmadas desde Brokeback Mountain (se me ha recordado que quizá Weekend apunta buenas maneras), no llega a tanto la ternura incipiente de Theo y Hugo, acaso la reciente e imprescindible 120 pulsaciones por minuto nos hable con igual certeza de la extraña ponzoña que componen amor y dolor cuando se mezclan. Pero al menos aquí se mezclan de una manera tal que, por una vez, no importa beberse todo el veneno, si es tan rico.

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Escrito por
Rafael San Román

Psicólogo especializado en duelo y diversidad sexual y de género. Trabaja en la empresa de terapia online ifeel y en la ONG de salud sexual, igualdad y diversidad Imagina Más. Vive en Madrid.

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