Nando López: “Nos estamos acostumbrando al “no estoy de acuerdo contigo, te bloqueo””

Imagen extraída de la cuenta de Instagram de Nando López

En 2010 el novelista y dramaturgo Nando López fue finalista del Premio Nadal. Ese mismo año el hispanista John P. Gabriele lo incluyó entre las 14 voces emergentes del teatro español. Hoy considerado un referente de la literatura LGBT en nuestro país, como docente siempre ha defendido la visibilidad del profesorado en las aulas como instrumento de integración y progreso para lograr la igualdad real del colectivo.

Aprovechando su paso por Murcia para dar una charla sobre visibilidad LGBT en las aulas de secundaria, Borja Moreno Martínez ha charlado con él de su última Nadie nos oye, pero también de activismo y del debate en torno al término “mariconez”, que los concursantes de OT pusieron sobre la mesa hace unas semanas.

¿Por qué contar una historia como Nadie Nos Oye?

Porque tuve un encuentro con adolescentes sobre La edad de la ira y, a la salida, un grupo de jóvenes quiso hablar conmigo sobre sus propias experiencias: tres chicas y dos chicos, que compaginan el deporte de alta competición con los estudios.

Aquello coincidió en el tiempo con que una amiga psicóloga, que trabaja en violencia machista, me contó una serie de cosas que a mí me alarmaron y me indignaron mucho. De dos testimonios, un adolescente y un adulto, surge esta novela.

Tiene dos voces porque de lo que me querían hablar todos es de la sensación que tienen de que nadie escucha lo que es realmente importante, de ahí el título: Nadie nos oye. Por un lado, la cantidad de cosas que no decimos y, por el otro, la cantidad de cosas que ni siquiera escuchamos.

Emma es la psicóloga y Quique el adolescente, dos personajes y dos voces, pero la novela parte de un suceso truculento, ¿no es así?

Sí, parte de un crimen, de una muerte. Alguien de 17 años aparece muerto. En la primera parte del libro no se sabe quién ha muerto. Y, en la segunda, no se sabe quién ha matado a ese alguien, con lo cual hay dos enigmas en la novela.

Temporalmente también hay dos estructuras: la primera parte son 4 meses hacia atrás y la segunda parte son tres días hacia delante. De alguna manera lo que plantea la novela es que las raíces de la violencia siempre están en una cadena de malentendidos y de omisiones, por eso la indagación en el pasado.

El partir de un crimen es porque a mí me interesaba mucho en esta novela hablar de que la violencia más terrible no nace de una perversidad intencionada, sino de equívocos y situaciones mal enfocadas, un poco en la línea de la visión de Hannah Arendt de que el mal más terrible es banal. La banalidad del mal. A mí es una idea que me obsesiona mucho: cómo lo más terrible y lo más maléfico se oculta de las formas más nimias.

Por eso, personalmente, la novela policíaca me gusta mucho ya que cumple dos objetivos: primero, enganchar al lector, sobre todo al más joven; y, segundo, indagar en la sociedad, pues al investigar un crimen, según como lo plantees, puedes investigar en un entorno social.

Tiene un tono parecido a La edad de la ira, ¿no?

Tiene mucho que ver con La edad de la ira. Yo las veo como dos novelas hermanas, primas; quería seguir indagando ahí. En La edad de la ira me quedé con ganas de seguir profundizando en la violencia.

En La edad de la ira están en un centro escolar y en Nadie nos oye, aunque el mundo del instituto está presente, me apetecía hablar de qué pasa fuera. Los personajes de Nadie nos oye se mueven fuera del aula y muestran cómo todo lo que hacen tiene resonancia con lo que hacen dentro. De alguna manera es como ampliar ese universo y llevarlo a otro lugar.

¿Con qué objetivo has escrito Nadie nos oye? Cuando tú te planteas una novela, ¿tienes un objetivo que cumplir?

Mi objetivo siempre es emocionar, si no emociona creo que no es posible cumplir ningún otro objetivo. Los personajes están construidos con mucha verdad y tratando de ser muy complejos para tocar muchas fibras del lector. Si el libro no te toca alguna fibra generas una distancia con la novela. A partir de esa emoción, el lector se cuestiona hasta qué punto somos como queremos ser.

Es una novela incómoda. Como casi todo lo que yo escribo, no es complaciente. En Nadie nos oye los personajes se van dando cuenta de que tenemos un discurso elaborado socialmente que no siempre se corresponde con lo que hacemos. Quique sabe qué es el acoso, cómo evitarlo, pero a la hora de la verdad, se calla porque la realidad se impone sobre el discurso. Emma tiene todas las armas, en teoría, para luchar contra la violencia, pero la violencia a veces la devora porque le faltan los recursos.

De alguna manera, quiero que el lector se replantee si el discurso con el que se defiende es coherente con lo que hacemos. Y yo creo que, en general, no lo es.

Es verdad. Todos sabemos lo que tenemos que hacer, pero no lo hacemos nunca. Por eso somos tan buenos consejeros y muy malos practicantes.

Por eso aquí el “nadie nos oye” es porque, en cierto modo, nadie quiere escuchar más allá de lo que sabemos que tenemos que decir. En esta novela se habla mucho de cómo vivimos en una sociedad que sabe lo que tenemos que hacer y no lo hace, y al final repetimos roles y patrones que ya deberían estar superados, pero perviven, ¿no?

Tienes toda la razón. Yo pido muchas veces consejo sin ni siquiera quererlo, lo pides para escuchar lo que quieres que te digan.

(Ríe) Totalmente. Mira, eso es otra cosa del libro de la que se habla mucho: la amistad. La amistad de verdad es dolorosa porque no te dice lo que quieres oír. Con las redes sociales estamos confundiendo la amistad con la “duración” o con el “like”. Nos estamos acostumbrando a “no estoy de acuerdo contigo, te bloqueo”; y lo hacemos todos. Y, al final, eso también lo llevas a tu vida cotidiana y bloqueas lo diferente. Por lo que no hay diálogo.

Tengo entendido que ahora en marzo estrenas obra de teatro: Nunca pasa nada.

Sí, este año tengo tres estrenos: Barro, una obra de teatro escrita con Guillem Clua; Federico hacia Lorca, que he escrito con Irma Correa y que dirigirá Miguel del Arco, se estrenará en marzo; y también en marzo/abril, la fecha está por determinar, estrenaremos Nunca pasa nada, dirigida por Eva Egido y con un reparto muy joven.

Lo bonito de Nunca pasa nada es que es una obra escrita desde un taller con los actores. Son muy jóvenes, pero con experiencia ya en televisión, cine y teatro. Queríamos hacer una obra que hablara de la generación de los que tienen veintipocos alrededor de la amistad.

¿El proyecto de “Federico hacia Lorca” es el “Proyecto Lorca” que no tenía nombre?

(Entre risas) Sí, no tenía título, ya tiene nombre. Esto es primicia. No sé si se puede decir, pero bueno. Nos ha costado dar con el nombre.

¿Y las tres obras empiezan en Madrid y salen a gira? ¿O viceversa?

Depende. De momento las tres van a estar en Madrid. La que sí tiene gira a partir de enero es Desengaños amorosos, estrenada en Almagro. Las otras dependerá, porque La Joven Compañía siempre tiene una función en gira y este año es Playoffde Marta Buchaca. El año pasado fue La edad de la ira, y el año que viene dependerá de la disponibilidad de los actores.

La edad de la ira no está en movimiento actualmente, ¿no?

Ahora mismo no. La Joven Compañía sigue teniendo los derechos y seguramente la retomen en algún momento. Se va a estrenar una versión completamente nueva en marzo en Costa Rica. Ya tienen firmada la temporada y me hace mucha ilusión porque es la primera vez que se va a hacer fuera de España y con un reparto y una producción completamente nuevos. Esto también es primicia, no lo he contado en ningún sitio. Te estás llevando un montón de primicias (ríe).

Y ahora, entre filólogos. Ya vimos en Twitter un hilo que publicaste explicando lo sucedido dentro de la Academia de Operación Triunfo con el uso de la palabra “mariconez” en la canción “Quédate en Madrid” de Mecano. ¿Qué te ha parecido todo este embolado?

A mí me parece que es una reflexión muy sana aunque, en el fondo, no sé por qué nos hemos enfadado, porque ese debate quiere decir que, a lo mejor, lo estamos haciendo bien también desde la educación. Estamos dando lugar a una juventud crítica. Que una persona tan joven, en este caso María, la concursante de Operación Triunfo, y su compañero, Miki, se planteen si “mariconez” es una palabra con un deje homófobo, a mí me parece muy sano.

Es verdad que yo, como chaval de los ochenta, he cantado esa canción mil veces y nunca he sentido un ataque en ella. Para mí Mecano siempre va a ser un referente LGTB porque “Mujer contra mujer”. fue lo primero que escuchaba mi generación como tema LGTB obvio, claro y directo. Sin embargo, eso no quiere decir que las cosas no tengan o puedan mejorar. “Mariconez” es una palabra ofensiva porque nace desde el desprecio a la homosexualidad y, además, aúna machismo y homofobia.

Yo creo que es un síntoma de salud mental y de una sociedad que está evolucionando y que no quiere repetir patrones heredados. Es verdad que las palabras hay que verlas en su contexto. Hay que ser consciente de que son usadas en un sentido figurado, pero, ¿por qué no prescindir de palabras hirientes cuando nuestro léxico es tan rico?

Como filólogo me parece que usamos muchas veces la excusa del contexto para no analizar otras razones, como en este caso la etimología. Su origen es homófobo, a partir de ahí, lo que los concursantes de OT hicieron fue un cuestionamiento muy válido.

Entonces, como filólogo podríamos discutirlo y cambiarlo, pero ¿y como autor?

Yo reivindico la libertad de los autores, pero sí creo que de alguna forma tenemos que ser muy responsables en el uso de las palabras y yo mismo he vivido esa evolución. No sé si aparece la palabra “mariconez” o “mariconada” en alguno de mis libros, pero sé que hace años que no porque desde hace años evito decir eso como autor con el sentido coloquial que tiene. Considero que sería volver a colaborar con esa actitud homófoba.  Que lo diga un personaje es diferente porque el personaje está hablando, está viviéndolo, está diciéndolo con una intención o con un sentido.

Hay que tener en cuenta que tanto en la música como en el teatro hay dos interlocutores: el primero es la autoría y el segundo, directo, es la persona que ejecuta esa autoría, que tiene derecho a estar cómoda con lo que dice. Personalmente creo que los autores, a veces, somos demasiado rigurosos a la hora de emitir la crítica, aunque de ahí a autocensurarse hay un mundo.

Lo que puede ofender también a la gente en general es que “mi generación” ha tachado a Alaska y a Mecano de homófobos, de machistas, de retrógrados y creo que no se puede juzgar del todo un contexto que ya ha pasado y no has vivido.

Claro, es que eso es una barbaridad. Yo creo que la gran polémica ha venido después. Lo que hicieron ellos en el concurso fue muy natural, y el problema ha venido cuando ese discurso natural se ha convertido en una guerra entre dos bandos enfrentados a muerte que han extralimitado todo.

Por un lado, un sector acusando a la generación más joven de ser hipersensible, como si eso fuera algo negativo, cuando yo creo que es una generación que estáis muy implicados en la inclusión y sois muy prejuzgados, y eso es muy bueno; y, por el otro lado, una generación muy joven acusada de tachar a grupos como Mecano de homófobos cuando todos sabemos que son las referencias que hemos tenido en el colectivo LGTB durante años y que han hecho muchísimo por el colectivo.

Las redes sociales han magnificado un problema que no era tal. Estamos en un momento como el título de la novela. ¡No nos oímos! ¡No nos escuchamos! Todo el mundo quiere llevar razón. Y a mí me da miedo que nos estemos acostumbrado a la crispación como forma de diálogo y al insulto. He visto comentarios feísimos en redes hacia Ana Torroja, Mónica Naranjo o Alaska. De repente he visto ira e insultos cuando ambos lados estaban hablando de la igualdad y la inclusión, pero lo han gestionado muy mal, hiriendo al otro.

A mí lo que me preocupa es que hemos perdido un poco el sentido común y la escucha. Yo entiendo el planteamiento de María, entiendo el por qué de la canción y creo que las dos cosas son compatibles. Es compatible defender que Mecano no es homófobo, por lo que no tiene nada de malo cambiar “mariconez”, por “estupidez” o “gilipollez”. Pero eran los 80. Ser niño LGTB en los 80 era difícil e insano y los que lo hemos sido recordamos esa época como una etapa de encierro, de miedo y de no hablar porque no se hablaba. No podíamos.

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Escrito por
Borja Moreno Martínez

Guionista y dramaturgo. Grado en Filología Clásica por la Universidad de Murcia. Redactor de contenidos en Creative Katarsis y Entre focos. Vive en Orihuela (Alicante).

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Daniel Vilosa