Federico Armenteros
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Federico Armenteros: “Nos estamos muriendo y permitís que otros os cuenten la verdad”

Fotografía de Fundación 26 de Diciembre

Pobreza, soledad y dependencia

Federico Armenteros es el presidente de la Fundación 26 de Diciembre, que desde hace casi una década trabaja para tener la primera residencia y centro de día para personas mayores LGBT.

Aunque se anunció la nueva residencia hace dos años, diferentes trámites pendientes la mantienen en espera. Mientras tanto, los retos que atenazan a nuestros mayores LGBT continúan: pobreza, soledad y dependencia.

¿Qué vulnerabilidades específicamente tendremos el colectivo LGBT a medida que cumplamos años?

La mayor vulnerabilidad es la soledad. Muchos acabamos solos sobre todo porque nos perseguían. No podíamos vivir juntos porque rápidamente nos llevaban a la cárcel. Por eso no pudimos aprender a generar vínculos afectivos.  No tuvimos espacios, a menos que fueran clandestinos. La gente con dinero sí tuvo más libertad. A los ricos la Ley de Peligrosidad Social no les afectó igual, pero de eso tampoco se habla, ¿eh?

¿La ley de Peligrosidad Social fue una ley de clase?

Exacto. Solo afectaba a los más pobres: a los que no eran hijos de. Se libraron “los señoritos”. Ellos nunca eran objeto de las redadas cuando las había. Nosotros, sin embargo, nos construimos en los cuartos oscuros y practicando cruising. No generamos relaciones afectivas. No aprendimos las habilidades. Después de que se mueran los amigos, tu pareja, o te hayas separado, te encuentras solo.

Érais diferentes.

Éramos los raritos de la familia y del barrio. Si nadie se preocupaba por nosotros, tampoco se preocupan hoy. Cuando eres mayor esta soledad te genera una incomunicación que te llega a aislar.

Y los hombres gais que somos más jóvenes rechazamos a nuestros mayores.

Sí. El propio colectivo los rechaza. Van a las saunas o a los cuartos oscuros, porque es el único sitio donde pueden tener sexo, pero también se les rechaza. Existe desprecio y se les machaca.

Según datos globales del INE (2017) que recogió la FELGTB en un estudio que publicó en octubre de 2019, el 24% de la población mayor de 65 años vive sola, frente al 52% de las personas LGBT también mayores de 65 años.

Pagamos mucho peaje por la homofobia interiorizada que nos inocularon. Tenemos muchas mochilas por temas psicológicos que no pudimos tratar. Nunca tuvimos un reconocimiento, ni la posibilidad de hablar de todo lo que nos ocurrió. Fuimos despreciados en la familia y en el trabajo. Eso genera tanto estrés que por algún lado tiene que salir. La enfermedad se ceba con nosotros: estás solo, estás enfermo y lo peor de todo es que eres pobre. Juntando esa trilogía, a ver quién va a cuidarte. Nosotros vemos mucha soledad en gente que no puede pagarse unos cuidados.

¿Qué discriminación específica sufren las personas mayores LGBT en las residencias o en los centros de atención específica?

La primera discriminación es que les quitan el derecho a elegir. Como es un mundo heteronormativo, no se sienten acogidos. Todas las manifestaciones de afecto son heterosexuales, por ejemplo, un hombre y una mujer riéndose. En las fotos no se ven identificados, por lo que vuelven al armario para que no se les note.

¿Por qué vuelven al armario en los centros?

Tienen miedo. Piensa que se ha realizado un gran trabajo de sensibilización y educación en los colegios y los institutos, donde se habla de diversidad, pero con los mayores no se ha realizado esa formación. Los mayores, cuando entran en una residencia, regresan a un lugar en el que la construcción social es heteronormativa. Y las personas que los atienden y con las que conviven han sido educadas en que los maricones somos malos y pederastas. Eso te lo transmiten y te lo dicen.

¿Hay casos de homofobia en las residencias?

Sí, pero los residentes no denuncian porque están acostumbrados al maltrato. Toda la vida los han insultado. Además, como tenemos que pasar por invisibles, que es así como nos aceptan, no dicen nada. Si denuncian, pondrían sobre la mesa que son homosexuales y no quieren.

¿Habéis tenido alguna vez casos de alguien que haya acudido a vosotros denunciando acoso o maltrato en residencias?

No vienen porque se quieren proteger. Como mucho preguntan cuando abrimos la que estamos construyendo porque quieren pedir el traslado para estar con los suyos.

Pero más de un caso habréis detectado.

Claro. Hace un tiempo nos llegó el caso de una mujer trans que estaba en una residencia privada en la que la había metido su sobrina. Llamé para ir a verla y desde la residencia no me lo permitieron. La llamaban por su nombre de registro y no por su nombre social. Al final conseguí hablar con una persona que me puso con ella y nos pidió que la sacáramos de allí, desesperada, porque nadie le hablaba y estaba apartada. Como era una persona rara para sus compañeros y los profesionales, estaba abandonada.

¿Pudiste verla?

No, porque la próxima vez que quise hablar con ella se puso la directora y me dijo que no, que no se podía visitar, que era una residencia privada y la familia mandaba. En la cárcel tienen más derechos. Yo no quise ir a la prensa porque esta mujer tenía mucho que perder. La hubiesen machacado más. Si hubiera estado en una residencia pública hubiéramos podido mover hilos e intentar cambiarla.

Hay un aislamiento del resto de los residentes.

Claro, para que no peguen, maltraten, hagan daño o violen al resto de personas en las residencias. Todavía tienen ese concepto: que los gais, las lesbianas y las personas trans pegan y se pegan. Como somos corruptos, si me acerco a los demás, los corromperé, por lo que mejor que estén apartados.

¿Qué supone volver al armario a partir de cierta edad?

Te supone perder la vida. ¿Para qué sirvo yo en este mundo? ¿Qué he hecho yo para que esto esté pasando? Es luchar contra ti mismo y no te ves de otra manera. No hay otra alternativa. Es encerrarte y buscar el suicidio. Te obligan a renunciar a tus ilusiones y a tu proyecto de vida. Yo conozco gente que a los 80 años todavía tienen proyectos de vida.

También acompañáis a personas en la muerte.

Sí. A personas que están en un proceso de paliativos. Estoy escribiendo sobre ello. Son personas que mueren felices porque en el último momento han encontrado gente con la que pueden hablar y los respetan. El que puedan decir que les gustan los hombres o las mujeres tiene un gran valor porque nunca lo pudieron decir. Mueren al lado de gente que los quiere.

El caso de Josete era especial. Una vez me dijo: “Yo no quiero morir ahora. Os tendría que haber conocido antes”. Nosotros los acompañamos en este momento final. Porque lo importante es vivir el momento. Les preguntamos qué quieren, qué les apetece. Es su momento. Josete estuvo solo 17 años de su vida. Estuvo encerrado en psiquiátricos y nadie se hacia cargo de él porque era el raro. Claro que era el raro. Nos encontró a través de una trabajadora social que nos decía que no podían trabajar con él porque no se dejaba. En el fondo les tenía miedo porque tenía miedo al maltrato.

¿Qué necesidades específicas tiene el colectivo LGBT mayor? ¿Qué necesitáis o qué necesitaremos nosotros dentro de unos años?

Primero, visibilización. Debemos ser visibles. Necesitamos espacios especializados que nos ayuden a mejorar nuestra situación y la de los que vienen.

¿Espacios especializados como por ejemplo?

Primero: las residencias. Son espacios a los que solo van los dependientes. Las residencias no son para autónomos. Segundo, que el ayuntamiento o la Comunidad de Madrid haga un centro municipal para mayores LGBT.

¿Qué más necesidades detectas?

Tener personal formado. Que te entiendan y que sepan trabajar contigo. No para ti, sino contigo. Que te digan qué es lo que quieres. Personal formado que nos limpie, pero sobre todo que nos hable que nos de la mano. Otra cosa que queremos hacer son espacios intergeneracionales. Aunque las residencias son para personas mayores, habrá que hacer alternativas residenciales que permitan la vida comunitaria. Como las corralas que tenemos en Madrid. Debemos generar espacios donde todos seamos bienvenidos y construyamos una alternativa más humanizada para luchar contra la soledad no deseada.

¿Cómo serían estos espacios intergeneracionales compartidos?

Gente que tuviera el respeto en mente. Cuando se sepa que es respeto, se nos llenará de gente. Sobre todo, de mujeres mayores que no quieren estar en residencias porque están rodeadas de hombres que solamente les miran las tetas y el culo. Entonces van a estar divinas porque no las vamos a mirar como ellos. Pero vamos a estar con ellas y vamos a hablar con ellas. En los espacios intergeneracionales serán bienvenidas las personas que quieran convivir, compartiendo tiempo y afectos. Ayudará a muchas personas.

Estáis rehabilitando ahora una residencia en Villaverde.

Sí, faltan unos meses para terminarla. Confiamos abrirla el 26 de diciembre. Todavía nos queda un proceso de documentación, de permisos y de autorizaciones.

¿Cómo será la residencia?

Tendrá 62 plazas para personas viviendo todo el día y será también un centro de día. En total habrá 100 personas atendidas y 60 personas contratadas para atender a los residentes. El ratio de profesional por residente será muy alta.

¿Es una iniciativa privada?

No, no. Primero nos ayudó la Comunidad de Madrid. Alrededor de 900.000 euros. Presentamos un proyecto muy elaborado y conseguimos el dinero en una subvención de pública concurrencia. Ahora hemos pedido otro millón a la SEPI (Sociedad Estatal de Participaciones Industriales) para poder terminarla. El proyecto les ha parecido interesante y en el futuro les devolveremos ese dinero.

¿Los cambios de gobiernos y la inestabilidad han ralentizado la construcción de la residencia?

No. Todo ha seguido adelante como estaba previsto. La ley LGTBI de la Comunidad de Madrid nos protege. La cesión del edificio de Villaverde para 30 años está sujeta a ley. Entonces no es graciable. Hay una ley que hay que cumplir. Tiene que abrir un centro municipal. ¿Por qué tenemos profesionales en diversidad? Pues porque lo marca la ley.

¿Cómo podemos ayudaros los más jóvenes?

Necesitamos que os acerquéis más y nos conozcáis. En las redes y en los medios habláis de vuestra tristeza y vuestra soledad. Nosotros también estamos solos. ¿Qué estamos haciendo mal para que, aunque pasen los años, esta soledad se repita? El modelo mercantilista que nos imponen no sirve. Cuando vamos al Orgullo, solamente vemos la felicidad y la alegría. ¿Y donde está el trabajo? ¿Y donde están vuestras preocupaciones? Falta hacer una vida más cotidiana: Poder hacer actividades conjuntas y conocernos. Falta la figura del mentor. Vemos que no somos capaces de transmitir nuestros valores. Fíjate como los padres transmiten valores a sus hijos, pero nosotros no formamos parte de la cadena de transmisión de valores. Compartamos una experiencia intergeneracional.

Estás pidiendo empatía.

Claro. Es que solamente nos la vais a poder dar vosotros. Porque otros no nos la van a dar. Nos estamos muriendo y permitís que otros os cuenten la verdad. A los jóvenes les están contando una historia que no es LGBT y la están comprando. Contar la historia no me refiero desde el sufrimiento. Eso ya pasó.  Quiero decir contar la historia de los afectos que hemos construido. Del mundo que os dejamos y que debéis coger vosotros porque nosotros ya hemos hecho nuestro trabajo. No os olvidéis de los mayores. Acompañadnos. No se trata de “apadrinarnos”, que me parece de un paternalismo asqueroso. Pero acompañadnos. Nos podemos enriquecer mutuamente.  Que tú pierdas el tiempo conmigo: que yo pierda mi tiempo contigo.

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Escrito por
Daniel Vilosa

Periodista freelance especializado en marketing de contenidos y comunicación. Está licenciado en Humanidades (UPF) y Periodismo (UAB) y tiene un máster de Comunicación y Márketing Online, también por la UAB. Es fundador de La Pluma Invertida y vive entre Barcelona y la Costa Brava.

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