El río que vuelve a su cauce

Fotografía de Salvador Rich

Normalmente esperamos el fin de semana para hacer todo lo que nuestro día a día, o nuestro trabajo, no nos permite durante la semana: descansar, aficiones y también -¿por qué no?- estrechar o incluso recuperar antiguos lazos con amigos y familiares.

Este es el caso de Lyle, un hombre que roza la cuarentena, culto y reservado, que acude un fin de semana a visitar a un matrimonio amigo a los que lleva un año sin ver. El matrimonio en cuestión son John y Marian. Ella siempre ha sido su mejor amiga y confidente. Él era el hermano de Tony, (medio hermano, de hecho), que fue pareja de Lyle hasta su muerte, precisamente un año antes. Por si el contenido emocional de este encuentro fuera poco, Lyle acude a él acompañado: se trata de Robert, un joven artista al que ha conocido hace unas semanas y al que pretende presentar como su nueva pareja.

Lo que más me gusta de las novelas de Peter Cameron son sus personajes. Dan ganas de conocerlos, de sentarse con ellos a cenar en torno a esa mesa del jardín en la que –por obra y gracia del in vino veritas– todo termina por aflorar. Y eso me induce a pensar que tiene la llave para que yo, como lector, me sumerja en la novela. Querría agarrar por la pechera a uno de los personajes y gritarle “reacciona”, o consolar a otro, o aconsejarle (pobre de mí) que, en mi opinión, su reacción es equivocada…

Las novelas de Cameron son, en definitiva, novelas de sentimientos. La acción principal ya hace un año que pasó (la muerte de Tony) y ahora lo que procede es averiguar, en el transcurso de ese fin de semana, como cada uno de los personajes sobrelleva su ausencia y cómo la encajan en sus vidas y en su relación.

De este encaje trata la novela. Incluyendo la presencia de una cínica millonaria italiana que pasa sus vacaciones aburrida en una finca cercana y que –invitada a cenar sin un motivo concreto- será una especie de abogado del diablo de todo cuanto allí transcurre. Un personaje bastante curioso, que contrasta con los demás, pero al que no le falta un punto de ternura.

En toda esta historia lo más importante es lo que el autor no nos cuenta, del mismo modo que el personaje que vincula a todos los demás es precisamente el ausente. Con estas premisas, Peter Cameron ha trenzado un argumento sobre las relaciones humanas, sobre el luto, sobre los sentimientos y sobre la amistad. Me atrevería a decir que estos son los grandes temas.

Un fin de semana es una novela intimista plagada de símbolos. el fin de semana y la casa de campo son el tiempo y el espacio en que Lyle puede finalmente soltarse, expresar unos sentimientos largamente evitados. El tren en el que acude a ese encuentro junto a Robert simboliza ese anhelo por soltar sus ligaduras… lo sabe y precisamente por eso ha dejado transcurrir tanto tiempo antes de reencontrarse con sus amigos y su antigua vida.

A medida que uno avanza en la lectura, asistiendo a las conversaciones más o menos protocolarias de los personajes, se puede presentir que algo está a punto de ocurrir. Que ese no va a ser un plácido fin de semana. Que los sentimientos reprimidos son como un río al que pretendemos desviar. Tarde o temprano volverá a su cauce y, al hacerlo, se llevará cuanto encuentre por delante. Incluso la amistad. También el amor.

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Esta reseña fue escrita originalmente en catalán en noviembre de 2018 en el blog de literatura Llegir en cas d’incendi. Puedes leer la reseña original aquí.

 

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