El hombre de hojalata
El hombre de hojalata

El hombre de hojalata (y el león cobarde)

En una de esas insoportables tardes de domingo en las que no hay dios que te aguante, que te tiras encima de la cama, te agarras el cuerpo como si vivieras dentro de una cómoda placenta, enciendes el botón de centrifugar y tu cabeza se revoluciona, y solo ves lo mal que está tu vida: la soledad que te acecha, las motos que te vendieron y que no has podido comprar, y la gran estafa que fue haberte creído que la vida adulta se parecería en algo a una película de Meg Ryan. Estando así, en posición fetal, sobre mi edredón de Zara Home, dale que te pego a mi desgracia, un amigo me mandó un whatsapp y me vino a decir algo así: “a nuestra edad, ni siquiera tu madre, es responsable de tu felicidad”.

El hombre de hojalata de Sarah Winman, editado y publicado por Dos Bigotes, empieza con la historia de una madre. Una mujer que decide no hacer caso y quedarse como premio de una rifa un cuadro. Esa madre tendrá un hijo, y ese hijo será el protagonista de una historia de infelicidad.

Cuando comencé el libro me pareció que iba a ser un montón de lugares comunes, muy bonitos, pero comunes. Hasta que caes en la cuenta de que este libro es como vestirse en un día de invierno: hay mucha capa. Una cosa es lo que ves, otra lo que hay debajo. Conforme iba leyendo el libro cogí el lápiz y me puse como loco a subrayar, a rodear, a poner exclamaciones.

He rodeado muchas veces la palabra “soledad”. Los personajes del libro transitan desde los años 60 a los 90 del siglo XX y ese sentimiento es algo que siempre está ahí. Ellis y Michael, se conocen y se buscan para no sentirse solos, quizá se amen o quizá no, pero imagino que, como todos nosotros, hemos buscado un cuerpo que nos abrace, que nos reconforte, confundiendo muchas veces la amistad con el amor. O el amor con la amistad. Pero a lo largo de nuestros años, la soledad está ahí, invitada cabrona a la fiesta de nuestra vida. La soledad está presente en la biografía de todo el mundo, que no diré yo que los homosexuales tengamos el monopolio de la misma, pero para nosotros no es solo estar o sentirte solo, es renunciar a lo que eres, es negarte a ti mismo como un Judas en Jueves Santo. Es pasarte media vida entrando y saliendo de un armario con puertas giratorias. ¿Y si te quedas atrapado?

Ellis se queda a vivir y a trabajar como chapista en una empresa de automóviles, dando golpes incesantes a una carrocería. Él es nuestro hombre de hojalata, el que tiene el corazón endurecido de tristeza (otra palabra que he tenido que rodear mucho), el que sobrevive aporreando. Michael es el león cobarde: su apariencia externa es fiera, él lo tiene claro, él se va a ir de esa ciudad asfixiante, el será la reina de cualquier noche. Pero eso es mentira, otra maravillosa promesa que no se va a cumplir. El miedo (bastante rodeada también) de Michael a vivir su sexualidad es tan brutal como el de Ellis. Ellis (hombre de hojalata) se conforma con un matrimonio tranquilo, Michael (león cobarde) se contenta con un sexo que le valide como homosexual liberado, pero ¡ay!, bienvenido a los años 80, bienvenido al VIH, al cáncer rosa, a la muerte lenta. Bienvenido al estigma.

Lo que me fascina de Sarah Winman es su empatía para conectar con un mundo de hombres homosexuales, de hombres que dan y reciben golpes. Me gusta que la autora también nos regale a Dorothy, (Annie en el libro), ese personaje que aglutina, que entiende que el amor tiene muchas más aristas de las que nos hemos empeñado en pensar, porque hay hombres que se pueden enamorar de otro hombre y de otra mujer, hay mujeres que se pueden enamorar de hombres que se enamoran de hombres, y que amistad y amor son sentimientos válidos y hermosos, y que tontos somos (y lo somos) cuando decidimos meter cada uno de ellos en un cajón.

Leyendo esta gran pequeña novela he tenido que sacarle punta al lápiz de tanto subrayar, he llorado hasta tener que dejar de leer, me he pasado tres veces de estación de cercanías yendo a trabajar. Leyendo esta pequeña gran novela me he dado cuenta de que los lugares comunes existen, y son tan necesarios como maravillosos: el primer amor, y su contrario, el dolor, la soledad, el descubrimiento del sexo y del placer, y que como hombre homosexual reivindico esos lugares comunes.

El cuadro que la madre de Ellis elige en la rifa es una copia de Los girasoles de Van Gogh. Girasoles amarillos, como el camino de baldosas de Oz, baldosas que como marica yo  nunca me cansaré de recorrer.

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Escrito por
Raúl Duque Motilla
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