El hogar de los pequeños grandes secretos

Fotografía de Thiago Barletta

La primera vez que me acerqué estabas sentado a los pies de una escalera. Estabas solo. Mirabas la nada pensando en todo.

Pedí permiso para sentarme a tu lado porque no quería interrumpir.

-Claro, me dijiste. No molestas.

Me hablaste de tus padres. De tus hermanas. De tu miedo a salir del armario. Del viaje que habías iniciado el día que decidiste salir del Opus.

Al día siguiente compartimos bromas con un grupo de tíos increíbles con los que empezábamos a construir una amistad. En mayúsculas.

En la marea de risas, bromas y chulazos de Instagram comprendí que el prisma con el que creíamos que funcionaba el mundo era parecido, aunque cada uno conservaba su propia mirada.

Y de la risa pasamos a la profundidad del océano. Empezamos a hablar de lo importante. De lo que duele. De lo que no habíamos resuelto. Del color de los sueños. De la esperanza. De las victorias.

Crecimos en un laboratorio de ensayo y error. Me enseñaste que no había fantasmas detrás de cada puerta. Que cuando confías, siempre ganas.

Cuando regresaste a Zaragoza hace un año no me dolió porque sabía que podía pasar. Al fin y al cabo nuestras familias viven en ciudades distintas.

Sabía que no nos perderíamos. Nos veríamos menos, sí, pero nos queríamos bien y sabíamos que podíamos ponernos al día a cualquier hora de cualquier día.

Volviste porque decidiste que el episodio Barcelona todavía no había terminado.

Y aquí estás. Bailando y bailándote la vida. Compartiendo tu presente con la pasión que le pones a todo lo que haces.

No hubiese llegado a ti si no me hubiese equivocado tantas veces antes. Te has convertido sin darte cuenta en el hogar de los pequeños grandes secretos.

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Escrito por
Daniel Vilosa

Periodista especializado en actualidad LGBT, es fundador de La Pluma Invertida. Trabaja como ejecutivo de cuentas en la agencia de marketing Goalplan y gestiona puntualmente medios en el gabinete de comunicación IP Comunicación. Vive en Barcelona.

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