El detector de situaciones incómodas

El detector de situaciones incómodas

Fotografía de Saita Seitamaa

Estábamos de vacaciones en una ciudad del interior, con fama de muy rancia. Llovía y llevábamos toda la mañana andando. El peque, de cinco años, estaba imposible. Capaz de hacerse treinta kilómetros corriendo en un parque infantil pero incapaz de andar diez metros si se está aburriendo. Tenía frío, estaba empapado y no llegábamos a ningún restaurante, así que nos metimos en el primero que encontramos.

Uno de postín, con sus papeles de pintados geométricos, sus camareros con pajarita y su carta cantada. La media de edad de los comensales y de los trabajadores era de sesenta años. Mucha corbata, mucho loden, mucho pelo rubio tintado con mechas de votanta del PP y vermú después de la misa de los domingos. La situación ideal para salir por patas.

Mi pareja y yo tenemos más de cuarenta años. Estamos acostumbrados a desenvolvernos en ambientes donde las muestras de cariño entre hombres no son aceptadas con normalidad.

Tenemos ese detector de situaciones incómodas que nos permite levantar el escudo de “evita el contacto físico” y de “habla en clave, que tienen las orejas puestas”. El peque, un niño de acogida para el que somos su primera familia estable desde hace más de dos años, no tiene ese escudo, y espero que no lo tenga nunca.

Recuerdo que estábamos sentados y teníamos hambre, así que hicimos de tripas corazón y nos pusimos a comer. A comer nosotros, porque el niño ni probó las albóndigas que le pedimos: tenían demasiado pimiento y es un poco Shin Chan para estas cosas. Conclusión: las albóndigas nos las comimos nosotros y pedimos al niño unos huevos fritos -clásico asegurado que se comió en un minuto- y un arroz con leche.

Sin embargo, no podíamos quitarnos la sensación de que en cualquier momento el personal del restaurante nos iba a salir con una pregunta incómoda o un desafío.

Ni mi churri ni yo disfrutamos de la comida. Estábamos en tensión, esperando el momento en el que el peque soltara un Papi, esto no me gusta; Papá, cómetelo tú, a voz en grito porque todavía no maneja el volumen de su voz.

Aún así pedimos unos chupitos para festejar que era la primera vez en meses que salíamos de Madrid, que la presentación de mi libro había salido genial el día anterior y porque siempre hay que celebrarlo todo, que nunca se sabe cuando podrás volver a hacerlo.

Y pedimos la cuenta. Soy de los que siempre revisa los números, especialmente en los restaurantes a los que voy por primera vez. Las más de las veces se equivocan poniendo platos de más, y las menos se olvidan de alguno. Y, como otras veces, la cuenta estaba mal. Faltaban los huevos fritos, el arroz con leche y los chupitos. Levanté la mano y el camarero más viejo de todos, que resultó ser el dueño, se acercó.

–¿Algún problema, señor?
–Sí –dije yo– se han olvidado de cobrar dos platos.
–No, no nos hemos olvidado –dijo él, sonriendo¬–. Sois una familia bonita, así que lo del niño va de cuenta de la casa.

Cuando salimos del restaurante había salido el sol. Mi churri y yo nos abrazamos. El peque se subió a un bolardo y casi se despeña.

Comentarios de Facebook

Escrito por
Pedro L. López
Ver todos los artículos
Envia una respuesta
Escrito por Pedro L. López