El amigo visible
El amigo visible

El amigo visible

Fotografía por: Ana-Maria Nichita

Justo hoy que estaba pensando en ti me has vuelto a escribir. Hace semanas que no hablamos pero no importa. Me encanta esa forma tan tuya de aparecer cuando tienes un calentón. Los dos sabemos que cuando el uno le dice “hola” al otro lo que realmente le está diciendo es que tiene ganas. Muchas.

Entre líneas podemos interpretar. Yo me imagino que me escribes porque antes por lo menos otros tres te han dicho que no y porque incluso, como ocurre rara vez, esta tarde tienes sitio. Es curioso cómo con el paso de los meses hemos ido creando un código no escrito que nos hace la vida mucho más fácil.

Decidimos que me visitas tú. Llamas al timbre, coges el ascensor y apareces en la puerta jadeando. Empujas tu bici como si acabases de ganar al sprint una etapa con meta en el Tourmalet. Tienes un aire cansado, incluso triste, pero me sonríes igual que el primer día. En nuestro código tu primera sonrisa al vernos es la promesa de que nos lo vamos a pasar muy bien.

— Cinco minutos más —te suplico para que no salgas de la cama.

Me respondes con uno de esos abrazos tan tuyos como si yo fuese una almohada que estrangulas hacia ti y que bajo ningún concepto fueses a prestar a nadie. Después colocas una pierna sobre mi cadera para dar calor a mi lesión. Así me queda claro que te quedarás bajo mis sábanas la tarde entera.

A veces me pregunto qué lugar ocupo entre todos sus amantes. Tengo claro que no soy tu primera opción, pero aun así me gusta esta relación que hemos ido creando con el paso de los años. Tus otros amantes puede que sean capaces de darte más orgasmos, pero yo, además, soy capaz de ofrecerte una intimidad excepcional que solamente tú conoces. Esa es precisamente mi manera de hacerte sentir especial.

— Te noto triste, cansado. ¿Estás bien? —te pregunto, observando que al relajarte tu tristeza asoma otra vez en tus ojos.

— Es por el trabajo, estoy agotado —me contestas.

— Si te puedo ayudar de alguna manera no dudes en decirlo —te propongo, mientras te beso el cuello.

— Te lo haré saber, gracias. La semana que viene empiezo vacaciones y podré descansar, lo necesito.

— ¿Cómo está tu pareja? Recuerdo que la última vez me dijiste que tenía problemas de espalda —pregunto interesado.

— Está bien, gracias. Ha estado yendo al fisioterapeuta y la verdad es que le ha sido de gran ayuda.

Hablar de tu pareja me recuerda el día que os encontré haciendo cola en el cine en un festival que estaba organizando el Instituto Francés de Barcelona. Al verte no me atreví a decirte nada para no molestar. Tampoco quería que tuvieras que dar explicaciones. Pero cuando tú me viste tu cara explotó en tu sonrisa inigualable. Te acercaste y me abrazaste como si fuese tu almohada del alma. Tu pareja y yo nos miramos de reojo. La miré un poco avergonzado como diciéndole “sí, lo siento, soy uno de ellos” y ella me contestó con una sonrisa como diciéndome “qué buen gusto tiene mi chico”.

Como cada vez que nos despedimos, mientras te vistes y antes de que te vayas con tu bici a otra parte, te propongo quedar otro día, a solas, con tu pareja o con alguno de tus amantes. Siempre me respondes que con tu pareja no, pero que con un amante podemos hablarlo.
Al cabo de unas semanas nos enviamos fotos de posibles terceros para jugar en tu casa o en la mía. Nos respondemos con un silencio eterno y nos damos cuenta de que tres son multitud y preferimos disfrutarnos a solas.

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Escrito por
Daniel Vilosa

Periodista especializado en actualidad LGBT, es fundador de La Pluma Invertida. Trabaja como ejecutivo de cuentas en la agencia de marketing Goalplan y gestiona puntualmente medios en el gabinete de comunicación IP Comunicación. Vive en Barcelona.

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