Eastsiders
Eastsiders

Eastsiders o el dilema del cerdo

Fotografía promocional de la 3ª temporada

De verdades y de verosimilitudes

No recuerdo cual de mis primas mayores decía aquello de que para un kilo de chorizo no hace falta comprar el cerdo entero.

Era la época en la que me quedaba absorto mirando el cuadro grasiento que colgaba de la pared de la carnicería del mercado de abastos del pueblo mientras mi madre se llevaba íntegro y descuartizado el animal para dar de comer a su prole.

El diagrama del despiece del cerdo me fascinaba: aguja, pluma, secreto, paleta, carrillera, bola, solomillo…

Está claro que a mí, que me encanta el chorizo, también me atraía el cerdo entero.

Puede que lo que mi prima planteara haya sido la gran dicotomía presente en mi vida, e imagino que en la de muchos hombres gais: la parte o el todo.

A todos nos atrae el kilo de chorizo y también el cerdo entero, especialmente si tienen pluma y secreto.

Crowfounding paso a paso

El caso es que yo llegué a Eastsiders en el verano del 2018 mientras pasaba por un destierro manchego (cosas que pasan por conocer cerdos).

Eastsiders es una serie que se estrenó en diciembre de 2012 en Youtube, se iba rodando conforme los productores iban teniendo dinero (crowfounding mediante).

El 1 de diciembre de 2019 estrenaron la cuarta y season finale.

La primera temporada eran nueve capítulos de 15 minutos, con lo cual la ves y ni te enteras.

El nombre de la serie viene porque sus personajes viven en el este de los Los Angeles, en Silver Lake, el barrio marica, más o menos.

Sinopsis

Tengo la sensación de que los personajes y la serie evolucionan a la par: de webserie con límite presupuestario a serie de culto incluida en el catálogo internacional de Netflix.

Cal (Kit Williamson, el productor, creador y realizador) es fotógrafo, pero no ejerce, y Thom (Van Hansis) es escritor, pero trabaja de camarero.

Yo les perdono que a pesar de no tener donde caerse muertos vivan a todo trapo en Los Angeles, si le perdoné a Carrie Bradshaw que no tuviera para comer, pero si para Manolos Blahnik…

La cosa es que Cal y Thom son pareja, y se quieren, pero se tratan fatal, especialmente por los cuernos que se ponen. Pero acaban entendiendo que las reglas de su relación no están escritas, ni tienen que transitar el camino lógico.

Y de eso va la serie, del encontrarse como pareja, de tomar la decisión de ser o no monógamos (yo es que con la palabra fidelidad no me llevo muy bien), de superar ya de una vez aquello de Meg Ryan y Tom Hanks en lo alto del Empire State.

Yo me identifico con Thom, que no tiene claro querer comer el mismo chorizo toda la semana, a la criatura también le gusta el salami y el lomo.

Y si además eres escritor, atormentado, rubio y de ojos azules, pero trabajas de camarero en un bar gay…, pues lógico: él se come el surtido de ibéricos y el resto los picatostes.

Pero es que yo, y la gran mayoría, somos de buen comer, y lo mismo cae un cachopo asturiano, que un nigirizushi, que una butifarra blanca del Ampurdán.

Thom come y no pasa nada, luego lo quema.

¿Eres más de Thom o de Cal?

Pero yo también soy Cal. Yo me embobo frente al despiece del cerdo como si fuera un puzle de 500 piezas. Y no es nada fácil encontrar la aguja que encaja con la pluma, ni el secreto con la bola, ni el morro con la oreja.

Y uno trae mucho defecto de fábrica y mucha falta de cariño, y nuestra educación sexual ha sido el porno y la emocional las comedias románticas. Somos diamantes por pulir.

Thom y Cal van haciendo malabares para aceptarse como pareja y como personas, y en ocasiones desde nuestros románticos y (mal) educados ojos cuestan entender sus decisiones, las de ellos y las del resto de personajes que les rodean.

Las tramas que cohabitan hablan de parejas gais heteronormativas, de personas que fluyen por su género y por el fetiche del travestismo, de hetero-curiosos que tienen miedo a la bisexualidad, de lesbianas que están hartas de ser madres, y de madres que se han hartado de sus hijos; por que la disyuntiva de la parte o el todo, no solo afecta al sexo y al amor, afecta a nuestra posición frente al mundo. Y en el mundo.

Ajustar las expectativas

A lo largo de la serie surgen temas como la pareja abierta, la no monogamia, el sexo rápido, el desayuno del día siguiente, el sexo en grupo, las drogas y el VIH.

Cal y Thom deben ir decidiendo lo que quieren del otro, pero también lo que quieren y esperan de sí mismos, el peso de la expectativa está muy presente.

En un capítulo doble, pasan por su cama, candidato tras candidato, una variedad de hombres que son expuestos al escrutinio de ellos como pareja, y que nos hacen ver que en esto que llamamos mundo gay hay de todo, como en botica.

Los celos se hacen presentes, el miedo y la inseguridad. Pero también las opciones, y no solo para Cal y Thom, también para Jeremy y Derrick, cuya felicidad pasa por formar una familia y para Douglas, que no puede (ni está dispuesto) a renunciar a ser drag queen.

El amor propio como eje

Hacer la cucharita por la noche, a veces, tiene un alto precio.

La decisión última (kilo de chorizo versus el cerdo entero) puede conllevar mucha soledad, especialmente si eres consciente de que no puedes amar a nadie si en el camino te has perdido. “No puedo querer a Cal si todavía no he aprendido a quererme a mí mismo”.

Y siguen saliendo temas: homofobia, plumofobia, bifobia, pasivofobia. La lucha de Cal y Thom (y la de todos los demás), es también la de ser una comunidad que aspira a algo más mientras se pasea luciendo palmito, no solo en la serie, también en Instagram, que aquí ha puesto dinerito mucho fan con ganas de carne.

Yo me recuerdo frente al diagrama del despiece del cerdo, y escucho a la carnicera decir: lo bueno que tiene el cerdo es que de él se aprovecha todo.

Si del cerdo nos podemos quedar con todo, que cada uno se quede con lo que más le guste: no monogamia, familias heteronormativas, pelucas y tacones, hombres o mujeres.

Lo que me gusta de Eastsiders, es que propone la libertad como solución al dilema: no hay modelos relacionales válidos, hay personas a las que les vale un modelo.

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Escrito por
Raúl Duque Motilla
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