Debe de ser la primavera

Debe de ser la primavera

Debe de ser la primavera. O la pandemia. O las ganas de abrazarnos, de salir a la calle, de exprimir la vida, de apurar este sol que hacía días que no brillaba. 

Cuando camino por la calle la gente parece más relajada, hasta feliz. Una suave brisa nos acaricia. Tenemos ganas de reventar la ciudad a planes, de recorrerla, de reír. 

Creo que el fontanero me está tirando los trastos. O qué sé yo, quizá solo trata de ser amable. Se enrolla como una persiana. Es guapo. Ha rozado mi brazo. ¡El fontanero! Estas cosas no pasan en la vida real. 

Lleva una camiseta ajustada que marca su torso y sus bíceps. Me ha vuelto a rozar accidentalmente el brazo. No puede ser. A mí se me da fatal captar las indirectas. Si sale con su hija en la foto de perfil de Whatsapp… 

Debe de ser la primavera o quizá soy yo, que desprendo alguna especie de energía magnética. Yo, que siempre he sido del montón. Yo, en el tramo que asciende vertiginosamente hacia los cuarenta. 

Miro el reloj, espero que el fontanero acabe pronto, porque he quedado con aquel chico para un vermut. No sé ni cómo hemos llegado a quedar. Me lancé de manera inesperada. Es raro en mí, pero a veces me pasa. Dejo de lado a mi yo calculador y me tiro a la piscina. Menos mal que esta vez había algo de agua. «¿Por qué no me dijiste antes que querías quedar conmigo?», me preguntó. «No sé, no parecías interesado… Tú tampoco. Yo sí lo estoy. Pues yo también, y mucho». 

El fontanero dice que ya ha acabado. Tercer roce. A ver, tiene que ser, soy obtuso pero ya van tres. A la tercera va la vencida. Reconozco esa chispa en su mirada. Miro sus bíceps —mirar es gratis—, pero pienso en la foto de su hija de fondo en la pantalla del móvil. Retrocedo un paso mientras suelto algo educado. Qué buena excusa la distancia social. Sale por la puerta y respiro aliviado. Y halagado. 

Me visto rápidamente, mi vermut me espera. Fuera el sol lo sigue inundando todo con su energía. Y eso que el pronóstico era de día nublado. Debe de ser la primavera. 

De repente, me siento estúpidamente positivo mientras camino hacia el tren. Me viene a la cabeza aquella vieja canción de Suede. And the morning is for you. And the air is free. And the birds sing for you. And your positivity… Qué absurdo y qué fácil puede ser todo a veces. El sol calentando tu cara, la promesa de la posibilidad, la ciudad que se abre y despliega todos sus encantos. 

El tren va medio vacío, me siento en la ventana y abro mi libro. Apenas son treinta minutos de trayecto. No puedo concentrarme en la lectura. Ya ha respondido a mi mensaje, se alegra de que haga sol y me dice que a ver si tenemos suerte y encontramos una terraza donde sentarnos. La tendremos. Nos la merecemos —la suerte, la terraza, la posibilidad—. 

Mientras me acerco donde hemos quedado lo veo en la distancia y lo reconozco fácilmente por sus fotos. Él también me reconoce y me sonríe, puedo verlo incluso debajo de la mascarilla. Puta pandemia. Que se acabe todo ya. Al menos es abril y nos está dando un respiro. 

De manera automática le devuelvo la sonrisa. Espero que también la intuya debajo de mi mascarilla. Nos sentamos en la terraza de un bar. Dos vermuts. Chin, chin. No sé qué vendrá después, es muy probable que el camino se nos tuerza, pero en este preciso instante todo es sencillo y bonito. Cristalizo esta agradable sensación de mañana de abril, de sol, de terraza, de vermut y de deseo anticipado. Mi corazón se ablanda con la posibilidad, con la remota certeza de que esta vez sea de verdad. Si no, dolerá, pero tampoco pasará nada. La vida sigue, la vida siempre sigue. 

Pedimos otra ronda. Chin, chin. Vuelvo a sentir esa luz en su mirada. La reconozco, la he visto otras veces. O quizá la luz esté en mi mirada, qué se yo. ¿Será él? ¿Seré yo? Seguramente debe ser la primavera. O todo un poco. Qué más da. Bebámonos la vida. Chin, chin.

Si quieres leer otro relato breve de David Rosa, puedes hacerlo aquí.

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David Rosa
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Fotografía de Ben White
Escrito por David Rosa