42. Corazón de mudanza

Corazón de mudanza

Fotografía por: Daniel Vilosa

Tu trastero no es el mismo cuando buscas esas velas de cera que sabes que tienes, pero que no sabes dónde están, que cuando lo observas sabiendo que debes recoger todo lo que es tuyo. Cuando buscas las velas tu trastero es un espacio insignificante. Cuando te mudas, tu trastero se convierte en una dimensión desconocida. Ya no son solo objetos. Contiene experiencias, recuerdos y emociones.

Como no puedes llevarte el piso a cuestas, debes decidir qué te llevas y qué dejas. Llevar significa que irá contigo en el coche: en el maletero, en los asientos de atrás o a los pies de un amigo copiloto que quiera echarte una mano con el traslado.

Dejar significa donar, vender o simplemente tirar.

Mudarse es poner patas arriba tu corazón, aunque solamente sea durante unos días. Remueves emociones pasadas a través de los objetos que deben ser recolocados. Es fácil decidir qué haces con la aspiradora, pero ¿y esa carta de amor? ¿La tiro? ¿La guardo? ¿Dónde la voy a colocar ahora?

En mi trastero guardo recuerdos muy íntimos de José Luis, Carles y Néstor. Los tres ocupan un espacio en mi vida, aunque las relaciones terminasen hace ya un tiempo. Fotos, libros, cartas, lápices de colores, ratas en forma de peluche, obras de arte hechas con nuestros cuerpos, billetes de avión, etc… Cada uno tiene vida propia y al recuperarlos después de un largo letargo a oscuras, parece como si hubiesen estado hablando entre ellos, conociéndose y comentando quién soy, qué hice y qué dejé de hacer. De repente sacarles el polvo es como desnudarse ante una máquina de rayos X mientras al otro lado de un cristal que lo protege un desconocido radiografía tus huesos, sin carne ni piel.

Cada objeto tiene un significado y una emoción. Algunos objetos siempre serán más fáciles que otros. Ha habido momentos en que, estando sentado en el suelo mugriento y lleno de polvo de mi trastero, he tenido que parar de remover en cajones y estanterías para salir a la superficie a respirar y dar un paseo. Una vez, incluso, tuve muy claro que ese día no removería los recuerdos porque me sentía más flojo de lo habitual.

Por supuesto también hay objetos envueltos de alegría. En otros desborda la ternura. O la carcajada. Al final decidí llevarme todo aquello que representó el amor que nos tuvimos y las ganas de vivirnos que nos demostramos. Esos objetos que, cuando los sostienes en las manos, no puedes hacer otra cosa que sonreír, porque encierran una parte de la esencia de quién fuiste al estar con otra persona.

El día que entregué las llaves no me despedí del piso. Las casas no nos pertenecen, aunque paguemos una hipoteca por ellas. No dije adiós a cada una de las habitaciones. A la cama. Al salón. A la terraza. A la cocina. A ese maravilloso horno. A Néstor, que me amó sin condiciones. A Carles, que se sigue emocionando con mis buenas noticias. A José Luis, con quién aprendí a vibrar. Preferí recoger mis últimas cosas y salí con una sonrisa, porque mudarme me hizo darme cuenta de que oye, soy rico en recuerdos y he tenido la suerte de amar y ser amado.

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Daniel Vilosa

Periodista especializado en actualidad LGBT, es fundador de La Pluma Invertida. Trabaja como ejecutivo de cuentas en la agencia de marketing Goalplan y gestiona puntualmente medios en el gabinete de comunicación IP Comunicación. Vive en Barcelona.

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