Confinamiento y soledad

Fotografía de Christian Lue

He tomado un lorazepam pero no me hace efecto. Llevo ya un rato dando vueltas en la cama, con el centrifugado a pleno rendimiento.

Pienso en que mañana tendré sueño, pero me da un poco igual, las horas son demasiado parecidas. Me sube un grumo del estómago a la boca que se me queda en la garganta: estoy solo. Estoy llorando sin lágrimas.

No es verdad, las hay, pero no terminan de derramarse. Llevo muchos días solo, muchos más de los que llevo confinado, pero estos treinta y tantos días son el tráiler, el adelanto del tiempo que vendrá.

No estoy preparado para la soledad, y sin embargo es una invitada amarga con la que desayuno, como, meriendo y ceno.

Cuando hace veinte años pensaba en mi vida hoy, la imaginaba con un novio a mi lado, leyendo cada uno su novela, o el suplemento dominical del periódico que hubiéramos comprado, antes de coger el sueño y de abrazarnos.

Hace veinte años, hace veinte días, no imaginaba que algo microscópico haría que la puerta de mi casa fuera una barrera que me separara del mundo.

Soy un hombre gay de cuarenta años que está solo, confinado en su casa.

No soy el único. Anoche hablaba con un amigo (gay, cuarenta años, solo, confinado en su casa) del miedo que tenemos a resbalarnos en la ducha, como si hubiéramos envejecido treinta años de golpe.

Hablando del miedo a resbalar nos dimos cuenta de que somos dos pequeñas islas, le pedí que me diera algún número para contactar con alguien por si ocurre algo, por si pasa un día entero sin contestar al whatsapp. Me dio el teléfono de su hermana, que no vive en Madrid, y el de su vecino, que tiene las llaves de su casa. Yo le pasé los contactos de un par de amigos. ¡Qué horror resbalarte en la ducha!

Soy un hombre gay de cuarenta años que está solo, confinado en su casa, y que tiene miedo a resbalarse.

La soledad nos llevó a hablar de nuestras malas decisiones, de nuestro egoísmo, de cómo hemos adelantado los días que estaban por llegar. Alguna vez habíamos tenido una conversación parecida, medio en broma medio en serio, yo le contaba mi plan: Prados Soleados.

Seríamos como Las Chicas de Oro, viejas maricas, con un pasado (más o menos) glorioso, cuidándose unas a otras mientras se lanzan puñales por la espalda y se tiran de los pelos. Maravilloso.

Patrimonio de la Humanidad

Tengo claro que la soledad es patrimonio de la Humanidad, pero algo me dice que se ha cebado con los mariquitas. Y con todos y todas los que tuvimos que aprender a aislarnos, los que aprendimos a disimular, a poner buena cara ante el insulto.

La soledad fue mi mejor amiga de la infancia, y ahora pienso que la muy cabrona se podría mudar. En mitad del centrifugado cavilo y pienso que lo mismo el proyecto que yo tenía para hoy hace veinte años era muy idílico, pero hablo por todos mis compañeros (y por mí el primero), es que puestos a imaginar…, pues te imaginas algo bonito.

Y sí, verdad es que nos hemos comido los morros con media Chueca y que ya vamos por la segunda vuelta del Grindr o del Scruff… Pero mi amigo y yo somos de provincias, y en provincias la soledad te aprieta un poco más.

Luego te dicen, y llevan razón, “es que tienes muchos amigos”. Ya, ya lo sé, pero a ver, ¿voluntarios para hacer la cucharita conmigo cuando se acabe el coronavirus y se pueda volver a follar?

Es que hay una soledad que es como el frío de los pueblos, que se te mete dentro, que se te pega a los huesos, que tú pones la calefacción central a todo trapo y no se va. Y lo peor de todo es que yo he tenido novios y a la vez esa soledad. Verdad es que yo eligiendo novios… Pero también pienso que los elegí mal porque me sentía muy solo.

Tengo miedo a envejecer sin nadie a mi lado. Pero también lo tengo asumido. No me hace especial gracia, las cosas como son, pero tampoco es cuestión de pegarle un sartenazo al primero que te llene el ojo y atarlo a la pata de la cama, entre otras cosas porque mi piso es muy pequeño y lo que tengo es un canapé.

Asumir la soledad es un acto de valentía. Y no sé lo que va a pasar cuando dejen que abramos las puertas; bueno, me lo puedo imaginar. Pero una vez le haya dado una tercera vuelta al Scruff, cuidaré de mis amigos, y creo que debería dejarme cuidar.

Soy un hombre gay de cuarenta años que está solo, confinado en su casa, que tiene miedo a resbalarse, y a ratos, ganas de llorar.

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Escrito por
Raúl Duque Motilla
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