Cuando te corres

Collage de retales desenfocados

Me he despertado preguntándome si frunces el ceño cuando te corres.

Así, de la nada. O no. Sólo sé que me he despertado con la vaga sensación de haber soñado contigo, pero sin poder recordar el qué. Y me he preguntado sin querer, ¿frunces el ceño cuando te corres?

¿Te cambia la voz?

Llevamos cosa de un mes hablando y yo, que siempre llego tarde a todo, con 34 años me siento como un cervatillo curioso de piernas temblorosas. Y es que, ahora que hace tiempo que mi cabeza está en orden, de la nada apareces tú en medio de una pandemia mundial, en el momento más surrealista e insospechado.

Y traes contigo ese sentido del humor, ese no sé qué que despierta partes de mi dormidas, olvidadas, ignoradas. ¿Se puede tener tanta química con alguien que no conoces en persona? No lo sé, pero a mí esa media sonrisa tuya irremediablemente me hace querer estar al otro lado de la pantalla, besándote.

Y no me malentiedas, no es eso ni mucho menos lo único que quiero conocer de ti. Y no me precipito, no asumo que la burbuja va a sobrevivir a la prueba de vernos por fin en persona. Pero es un sábado tonto y gris, creo que he soñado contigo y anoche a lo mejor la conversación fue un poco más calentita de lo que acostumbramos.

Y tu media sonrisa, tu maldita media sonrisa que me hace cosquillas en la nuca.

Y por una vez me permito ser, me permito fantasear. Me dejo llevar por el deseo, que desea sin saber bien el qué.

Me dejo ir sin juicios a una realidad paralela donde también es un sábado cualquiera por la mañana, pero esta vez estamos al mismo lado de la pantalla y en la misma cama.

Y ruedo sobre tu cuerpo cuando acabas de despertar y tus ojos aún están empañados de sueño. Quizás te cojo de las muñecas y te las apoyo sobre la almohada.

Lo que sé seguro es que cartografío cada lunar de tu cuerpo empezando desde detrás de la oreja, bajando a la constelación de pecas que te asoman por el escote. Enredas tus manos en mi pelo y en mi nuca mientras mis dedos se deslizan curiosos bajo la sudadera de punto de tu pijama.

Y te siento cerca.

Puedo notar el calor de una piel imaginaria que me llama sólo porque es tuya.

Tus pantalones de pijama escoceses aterrizan hechos un desastre en algún rincón de la habitación y me pierdo en tu cuerpo, que es un collage de retales desenfocados, cosas que intuyo, cosas que conozco de lejos.

Tu pelo, tus cejas, tu sonrisa, tu tatuaje, el lunar de tu mano… Me imagino buceando entre tus piernas, acariciando un estómago que sólo conozco vagamente por alguna foto de Instagram. Se me acelera el corazón y casi puedo imaginar que son los latidos de tu sangre, que me retumban en las orejas desde tu arteria femoral.

Un espasmo, dos, tres.

No te lo voy a decir cuando hablemos dentro de un rato, pero en mi imaginación definitivamente frunces el ceño cuando te corres.

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Escrito por
Ana González
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