Los chicos velcro
Los chicos velcro

Chicos velcro

Fotografía de Scott Sanker

He llegado a la conclusión de que, de un tiempo a esta parte, siempre quedo con gente de la que sé que no me voy a enamorar. Puede que sea difícil de entender, pero, de entre todos, solo escojo perfiles a los que jamás me engancharía emocionalmente. Se trata de aquellos que, con solo un pequeño tirón, me los puedo quitar de encima; nada que requiera un gran esfuerzo por mi parte. Me refiero a los «chicos velcro.»

Pongamos un par de ejemplos. Por un lado, está F., que estudia su último año de Filosofía y percibe el mundo como algo extraño. F. no tiene intereses hacia la música o el cine; apenas ha viajado, ya que, según he podido comprobar, prefiere viajes de ida y vuelta hacia la lascivia. Aquella noche de Viernes Santo subimos a la terraza de mi piso. Los tambores de la procesión retumbaban por toda la calle. F. y yo, apoyados en la pared de la terraza, observábamos curiosos cómo los feligreses, en pleno acto de fe, llevaban a los santos a cuestas. «Hoy está prohibido comer carne, ¿verdad?», me preguntó. No le respondí, al segundo lo tenía de rodillas ante mí, bajándome la bragueta y devorándome con ansia mientras me miraba a los ojos. Recuerdo que eyaculé al ritmo del compás de los tambores en la parte donde la vecina del quinto tienda la ropa. Al subirme los pantalones, creí escuchar a un santo desde abajo preguntarme que por qué hacía lo que hacía, o, quizá, fuera mi conciencia.

Por otra parte, está C., peluquero de Almería al que, por las noches, se le enredaban en la barba las ganas de abrazos. Después de tomar algo, fuimos a su casa. De camino, nos encontramos a un amigo suyo sentado en un banco, con el móvil en la mano y los ojos hinchados. Entre sollozos, nos contó que el chico que le gustaba se acababa de enterar que él había sido transformista tres años atrás. La noticia no había caído muy bien. El otro chico le dio a entender que aquello «no era cosa de hombres y que por ahí no pasaba». Una vez en su casa, apareció su compañera de piso con un chico ciclado que nos contó cómo se la había follado en el sofá. Asistí a todo aquello como ajeno, con el simple objetivo de desenredarle las ganas de abrazos a C. de la barba y de ver cómo, desde arriba, me cabalgaba las ganas de querer desaparecer en un orgasmo infinito.

Podría poner más ejemplos, pero llego al edificio de M. con un poco de retraso. Me miro en el espejo y me arreglo el cuello de la camisa. El engranaje metálico del ascensor deja de sonar (¿o soy yo por dentro?). Se abre la puerta y salgo.

M. me recibe con una sonrisa en la boca y un pantalón ceñido. Nos saludamos con un apretón de manos y un par de miradas escrutadoras para ver si, efectivamente, éramos como en las fotos que nos habíamos mandado. M. es alto, médico y fumador de marihuana. Me cuenta que en el mundo de la medicina la gente se droga mucho, que tanto él como sus compañeros de profesión lo hacen de manera habitual, y no solo en fiestas. «¿Cómo te crees que aguantamos los turnos?», me pregunta mientras se hace un porro. Ahí supe que M. iba a ser otro «chico velcro.»«¿Por qué sonríes?», me pregunta. «Porque eres el adecuado», le digo abalanzándome sobre él.

Del sofá pasamos a la cama. «¿Por qué besa tan bien y la come tan mal?», pienso mientras noto sus dientes rozar mi pene, haciéndome sentir algo así como cuando una máquina de kebab pasa por los rulos de carne, de arriba abajo, pelando trozos pequeños que caen a un fondo grasiento. Me llama mucho la atención que tenga habilidad para unas cosas, pero no para otras. Es como si un alfarero no supiera tocar el cuerpo de alguien o un peluquero peinar los sueños de alguna de sus clientas. Intento relajarme, pero me da la sensación de que, de un momento a otro, me va a cercenar el miembro.

Aprovecho que M. sube la cabeza a coger aire para estrecharle la cara, atraerle hacia mí y besarle profundamente. «Así mucho mejor», pienso mientras nuestras lenguas juegan al corro de la patata.

La cita había surgido de manera espontánea; con esa espontaneidad que muchas veces es forzada porque, al fin y al cabo, sabes lo que la otra persona busca, aunque lo disfrace de otra cosa. Es lo que tiene tener cierta edad, que uno ya conoce de qué va el juego. No estás en el banquillo; ya eres titular.

—Si te apetece hacer algo, dímelo —me sugiere.

—¿Seguro? —le pregunto.

—Claro…

Le doy media vuelta y me sumerjo al final de su espalda como un buceador sin bombona de oxígeno, dispuesto a ahogarme, hasta que oigo un gemido distorsionado por la almohada a la que se aferra como si se fuera a hundir. Me paro en seco y subo la cabeza. Si hay algo que me gusta, es oír gemir a alguien. Para mí es la única verdad que mis oídos están acostumbrados a escuchar desde hace mucho tiempo. ¿Todo lo demás? Mentiras. Mentiras que alimentan miedos que explotan dentro de mí dejándolo todo perdido.

Al rato, se da la vuelta y me introduzco dentro de él como un extraño que irrumpe en un bar a las tres de la madrugada: algo perdido y sabiendo que van a cerrar dentro de poco. Nuestras pupilas se follan la una encima de la otra, dejándose arrastrar dentro, muy dentro; sudando y creando marejadas de incertidumbre a golpe de embestida.

Todo acaba como el sonido de dos copas al chocar. El brindis de la despedida. El contenido derramado sobre una superficie hirviendo. A los pocos segundos, nuestras pupilas dejan de follarse, dando paso a la verdad. Tímidas, juegan con el suelo mientras alcanzamos a ponernos los calcetines y la poca dignidad que nos queda enredada entre los dedos de los pies.

Al final de todo, los relojes cobran más sentido que nunca. De repente, nos convertimos en cenicientas que tienen que correr a ese palacio forjado de miedos y dudas porque se ha hecho tarde… Demasiado tarde, diría yo.

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Escrito por
Antonio Sánchez Bejarano
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