Cerrar bien

Cerrar bien

Dimitar Belchev

Nos vimos cinco o seis veces. Tal vez siete. La primera vez que hablamos me dijiste tu nombre y tardé un microsegundo en olvidarlo porque solo te quería para resolver el hambre. Mi hambruna. Mi inanición.

Los dos estábamos dispuestos a darlo todo, pero sin entregar nada a cambio. Como nuestras agendas no cuadraban, estuvimos hablando por what’s app varios días antes de conocernos. Nos calentamos como si fuésemos Ferraris que al verse en la recta final de la carrera fuesen a pisar el acelerador a fondo para ser los primeros en arrollar la línea de meta.

Por supuesto la primera vez que me abriste la puerta de tu casa seguía sin recordar tu nombre. En what’s app eras un número de teléfono con el +34 delante. Podría haberte inventado una identidad, pero en el fondo me daba igual porque estaba seguro de que no volvería a verte.

Nos dijimos “hola” con una sonrisa de viejos amigos. Hacía semanas que nos hablábamos, pero todavía no habíamos aprendido a tocarnos. El amor romántico nos duró el tiempo de bajarte los tejanos y darme cuenta, al verte desnudo, que en esta ocasión sí debía guardar tu nombre en la agenda.

El +34 dio paso a nombre y apellido en una especie de cotidianeidad sostenida. Hablábamos cada día, aunque nos veíamos cada siete porque los dos nos habíamos dejado muy claro que ahora mismo el amor era un esfuerzo y preferíamos dedicar tiempo a nuestros amigos y, por qué no, a otros números de what’s app desconocidos.

Las semanas iban pasando y aunque no éramos prioritarios el uno para el otro, estábamos creando una expectativa. Deseábamos que nuestra no-relación evolucionase. Le exigíamos a la vida que hiciese crecer lo que nos habíamos jurado que no cultivaríamos nunca. La paradoja no era nuestra: ya circulaba dentro de nosotros antes de conocernos.

Nos dejamos tan claro qué queríamos desde el principio que poco a poco fui perdiendo la magia. Expusimos nuestros valores. Enumeramos nuestros anhelos. Listamos nuestros objetivos. Pasé a saber quién eras sin conocerte. Lo tenías todo tan claro que empecé a sentirme incómodo en mi manera de comprender el mundo. Yo, que suelo ser espontáneo, acabé teniendo la sensación de que estaba ante un manual de instrucciones de la relación perfecta.

En nuestro pacto lleno de cláusulas adicionales también establecimos que siempre nos diríamos lo que sentíamos. Que seríamos honestos el uno con el otro. Por eso me atreví a decirte lo que pensaba.

Fue sorprendente aunque tranquilizador saber que tú pensabas lo mismo, que para ti la magia había muerto incluso antes de haberle dado tiempo a nacer. De alguna manera yo también estaba influyendo en que tú dejases de ser tú mismo y también creías que si no era espontáneo, lo nuestro sería cualquier cosa, pero no sería amor.

Como no podía ser de otra manera, pactamos la ruptura. Nos fuimos al bar y celebramos dos cosas: primero, que lo nuestro no funcionase, porque así dábamos espacio a otras historias y, segundo, el darnos cuenta de que si ese día habíamos podido ser honestos con nosotros mismos y con el otro, era porque habíamos aprendido a hacerlo.

Habíamos aprendido a cerrar bien. De repente nos vimos entre cañas celebrando que sabíamos expresar lo que queríamos. Al separarnos en la calle nos dimos un abrazo que sostuvimos en el cariño el tiempo justo para comprender que podríamos ser buenos amigos.

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Escrito por
Daniel Vilosa

Periodista especializado en actualidad LGBT, es fundador de La Pluma Invertida. Trabaja como ejecutivo de cuentas en la agencia de marketing Goalplan y gestiona puntualmente medios en el gabinete de comunicación IP Comunicación. Vive en Barcelona.

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