Carlos Barea
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Carlos Barea: “La cultura religiosa no es solo patrimonio de los creyentes”

Fotografía cedida por Carlos Barea

Carlos Barea se hizo famoso sin quererlo. Al poco de iniciarse el estado de alarma publicó en Facebook un alegato en el que comparaba la reacción social que se produjo al iniciarse la pandemia de VIH con la actual crisis del coronavirus. El texto se hizo viral y hasta lo confundieron con el actor Ramón Barea. Incluso Álex de la Iglesia tuvo que rectificar en un tweet la autoría del texto.

Esta semana Barea, Carlos, publica Bendita tú eres (Egales), una historia acerca de la no categorización de las identidades y del folclore religioso como valor estético que el activismo debería rescatar para preservarlo como bien común. Es el momento, dice, de contar historias en las que la identidad no sean el eje central de la ficción.

¿Por qué escribiste Bendita tú eres?

Desde que tuve la primera idea hasta que se publicó han pasado cuatro años. Me apunté a un máster de escritura creativa porque quería desarrollar este proyecto y no al revés, como suele ser habitual. El origen es un poco frívolo. Un día yo estaba viendo un reality de Cuatro que se llamaba Yo quiero ser monja, en la que muchas chicas jóvenes realizaban un roadtrip por España para que vieran en qué consistía ser monja realmente y decidieran si querían serlo, si no, en qué congregación querrían estar, etc. Yo flipaba viendo lo tranquilas que estaban las monjas. Hubo un momento en que yo quería ser monja, no cura. Es decir, tenía la idea de que las monjas estaban más tranquilas en un convento que en un seminario. De pronto pensé: ¿qué pasaría si una monja que está en un convento, que lleva toda la vida, que está muy a gusto, que ya está hecha a vivir a eso, de pronto por lo que sea la expulsan y tiene que aprender a vivir en este mundo tan ajetreado? Ostras, qué putada, ¿no? Pensé que escribiría sobre eso porque ya tenía el conflicto.

Entre tus inquietudes está la obsesión por la España rural y el folclore religioso.

El folclore religioso forma parte de mi. He sido criado en la Andalucía profunda. Eso inevitablemente va asociado al folclore religioso y más si eres un niño mariquita y estás pegado a las faldas de tu madre. ¿Qué ocurre? Pues que creces y te das cuenta de que la Iglesia no va contigo porque es una institución opresora. Sin embargo, existe todo un imaginario religioso que has ido acumulando y que sí tiene valor. Yo intenté resignificar ese imaginario como hizo Ocaña con las vírgenes. Desprenderme de todo lo punitivo: el infierno, el castigo, el arrepentimiento… Y quedarme con lo bonito, con lo estético y si me apuras hasta con lo espiritual. Al final también creo que es una forma de activismo: apropiarse de lo que una institución nos ha negado durante tantísimo tiempo. La cultura religiosa no es solo patrimonio de los creyentes. Si así fuera deberíamos negar el arte, los cuadros, los edificios y los monumentos de toda la Historia.

Me sorprende que en Bendita tú eres la protagonista sea trans. ¿Otra vez un activista gay creando el relato trans?

¿Quién te ha dicho que es un personaje trans? Yo nunca escribo que el personaje protagonista sea trans. Jamás. Tenemos una necesidad constante de categorizar las identidades. Mi principal intención en toda la novela ha sido no ponerle nombre a la protagonista. Tú dices que es un personaje trans, que está bien, pero otro lector puede pensar que es una persona intersexual. Al final parece que necesitamos categorizar al personaje.

He considerado una realidad que tú no manifiestas. He necesitado categorizar lo que tú pides que no categoricemos.

Claro. Efectivamente. Siempre hablo de monja LGBTI para enmarcarla en un contexto, pero no delimito quién es. Cogemos elementos y necesitamos construir una identidad. Tendemos a mirar más la identidad social que la identidad personal. No transciende quien hay detrás de la persona transexual o la persona intersexual.

Para ti es más importante la cultura que la política para realizar activismo.

Sí, pero con esto no quiero quitar valor a otras formas de activismo. Todos los activismos son necesarios. Está el activismo institucional, donde tenemos por ejemplo a Eduardo Rubiño, que dentro de las instituciones defiende el activismo LGBT, hasta el activismo pancartero, donde nos juntamos como colectivo con nuestra pancarta en la calle. Luego está el activismo cultural, o intelectual, que yo considero más eficaz porque es más sibilino. Si por ejemplo tomamos el ejemplo de Rubiño, ¿quién va a ir a un mitin? Pues van a ir simpatizantes, gente que forme parte del partido, gente que tenga sus mismas ideas. Si eres de derechas y quieres saber qué piensa tu oponente tienes que salir de casa e ir a ese mítin y todo eso conlleva un esfuerzo. Además, también necesitas un bagaje intelectual y un conocimiento de la actualidad para valorar si esas ideas, ajenas a ti, te gustan o no, las valoras o no. Con el activismo cultural es al contrario. Tú puedes por ejemplo ver una película como Call me by your name, que puedes ver sentado en el sofá e independientemente de si eres de derechas o no puedes ver toda la película y valorar después si te ha gustado o no. Pero la ves sin moverte del sofá. En resumen: creo que tienes que ir al mitin y a los discursos políticos, mientras que la cultura viene a ti. Muy entre comillas, porque también necesitas ser un poco activo, pero va por ahí.

En los últimos meses te has hecho viral en redes resucitando personajes relevantes de la cultura LGBT. ¿Cómo llevas esta relevancia creciente y por qué crees que ha ocurrido?

Al principio no era muy consciente de ello. Ahora con todo lo que me está pasando lo soy un poco más. Esto de rescatar personajes olvidados hace mucho tiempo que lo hago. Soy consciente de cuando surgió. Antes no tenía mucha relevancia, pero ahora con la pandemia y el confinamiento escribí un post que se hizo viral en Facebook.


Decía que nos habíamos hecho muy solidarios pero que nadie se acordó de la pandemia del sida en los años ochenta, ni de la epidemia de ébola de hace unos años, básicamente porque teníamos miedo. Al principio lo pasé mal porque el móvil no paraba de sonar, día y noche. Creo que tiene como más de 16.000 compartidos en Facebook. Ocurrió que empezó a compartirse a través de los móviles a una gran velocidad. Además, mucha gente se confundió y pensó que lo había escrito el actor Ramón Barea. Como tenemos el mismo apellido, alguien en algún momento lo compartió, se equivocó y llegó a manos del director Alex de la Iglesia, pensando que mi publicación era de Ramón Barea. Cuando se montó todo el follón Ramón dijo que esa publicación no era suya. Entonces me etiquetó, me pidió solicitud de amistad y Alex de la Iglesia rectificó en Twitter diciendo que el texto original era de Carlos Barea, mío, vamos. Y a partir de ahí todo se desmadró y también surgió una amistad con Ramón.

Formas parte de una generación que además de recuperar personajes olvidados de nuestra cultura está renovando el discurso hablando de la represión cultural del VIH y del activismo de forma transversal. ¿Crees que por ahí te estás convirtiendo, de alguna manera, en líder de pensamiento?

No me gusta pensar eso. Al final cuando te conviertes en un líder eso se convierte en una gran responsabilidad. No creo que nadie de mi generación se considere líder a sí mismo. Simplemente decimos en voz alta lo que pensamos. Yo más que un líder me considero un altavoz, pero no estoy diciendo o creando nada nuevo. Lo que sí es cierto es que si estás allá arriba siempre va a haber gente que se ofenda. Tienes que saber llevar las críticas. En el momento en el que te pronuncias y eres un altavoz vas a ejercer opresión. Me explico: cuando estrenaron la serie de La Veneno yo hice un post comentándola y gente del propio colectivo me escribió diciendo que estaba defendiendo la trata de mujeres transexuales, entre otras barbaridades. De pronto me di cuenta de que la gente se indigna porque al final inconscientemente siempre vas a ejercer opresión sobre algún colectivo. Si lo haces desde abajo y nadie te escucha, pues nadie se queja. Pero si lo haces un poco desde arriba es una responsabilidad muy grande, porque por mucho cuidado que intentes tener siempre vas a meter la pata de alguna forma.

¿Qué retos plantea el colectivo LGBT en la década que empezamos?

El principal es encontrar nuestro propio reto, que es lo que dice Ramón Martínez en su último libro. Ahora mismo el movimiento LGBT necesita encontrar hacia donde va. Yo creo que por un lado habría que prestar atención al entorno rural, como si lo que pasa en Madrid pudiese extrapolarse a un pueblo de Albacete, que no es así. El movimiento LGBT no puede trabajar solo por el marica urbano. Otro reto es prestar atención a la cultura y a nuestra memoria. Sobre todo porque la memoria es saber que nuestro pasado son nuestros cimientos. Y como cimientos que son, cuanto más arraigados los tengamos, más fuerte nos hará como movimiento y nos ayudará mucho mejor a aguantar los envites de la ultraderecha. Siempre será necesario conocer nuestra memoria histórica. Luego es necesario ser interseccional: debemos aliarnos con otros colectivos vulnerables, como las personas racializadas y personas que realizan activismo por el VIH. Nuestro movimiento ya no es unidireccional, estamos interseccionados por muchas cosas: no sólo somos maricones, también somos pobres, o somos negros y somos muchas cosas a la vez. Nuestra lucha no pasa solo por reivindicar lo sexual. Otro reto es la educación: intervenir, en el mejor sentido de la palabra, educando en la diversidad y en el respeto, para que las generaciones futuras lo tengan todo mucho más fácil. Si al final comienzas educando desde bien pequeñitos, todo va a ser más sencillo. Por eso la ultraderecha se tira de los pelos, porque saben que educar en diversidad no es adoctrinar. Saben que si inculcamos a los niños respecto a la diversidad van a crecer libres, que es lo que la extrema derecha no quiere.

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Escrito por
Daniel Vilosa

Periodista freelance especializado en marketing de contenidos y comunicación. Está licenciado en Humanidades (UPF) y Periodismo (UAB) y tiene un máster de Comunicación y Márketing Online, también por la UAB. Es fundador de La Pluma Invertida y vive entre Barcelona y la Costa Brava.

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