Carlos Barea sostiene Bendita tú eres
Carlos Barea sostiene Bendita tú eres

Bendita tú eres (Una mujer de verdades absolutas)

Fotografía de Raúl Duque

Allá por el año 2007 fui en varias ocasiones a la Sala Triángulo (actual Teatro del Barrio) a ver el montaje Mejorcita de lo mío. En aquel monólogo, la actriz Pilar Gómez hacía un recorrido a través de su experiencia como mujer, dramaturga y actriz, de lo difícil que se le había puesto la cosa, de lo “malita” que había estado en la vida, y de cómo ya iba mejorando de lo suyo.

No sé si lo que yo veía en el escenario era terapéutico para la actriz, desde luego para mí sí lo fue, de no haberlo sido no habría pagado en al menos tres ocasiones para ver la obra.  En aquel repaso a su vida (su madre, sus novios, sus amigas), Pilar Gómez se detenía en un momento a pensar en las monjas de su infancia, y en como ella también quiso ser religiosa, porque (y cito de memoria) “las monjas tenían una verdad absoluta, y cuando una tiene una verdad absoluta, la vida es mucho más fácil”.

Desde luego que la vida es más sencilla si se tiene una verdad absoluta que te haga de faro, pero lo malo de las verdades absolutas es que son como las pompas de jabón: preciosas, iridiscentes, cautivadoras. Pero no duran nada. Y si tienes la mala suerte de que te estallen en la cara, solo conseguirás que te escuezan los ojos, porque el jabón que se usa para hacerlas crecer es Mistol del bueno.

La protagonista de Bendita tú eres, la primera novela de Carlos Barea y publicada por Egales, es una monja desterrada de su convento. Ángela, la monja expulsada, se sigue aferrando a su verdad absoluta, a su fe inquebrantable.

Mientras leo la novela me surge la duda de si Ángela cree en Dios, o simplemente anhela la plácida vida de la congregación, unos muros donde puede refugiarse de una vida de la que lleva escapando (y escondiéndose) cada noche durante treinta años. En esas paredes encuentra acomodo, como lo encontró la cantante yonki y prófuga de Entre tinieblas.

La burbuja de Ángela revienta una noche en la que se descubre su secreto: ella, que lo tiene todo para ser una buena monja, carece de lo esencial: una vulva. Y no descubro nada que no se sepa en la segunda (o tercera) página del libro. Ángela, que lleva tantos años huyendo de su genitalidad, se debe enfrentar a un mundo del que salió corriendo esperando no saber nunca nada más.

Ese nuevo mundo en el que la abandonan a su suerte está recubierto de una fina capa de Mistol: Lavapiés. Un mundo nuevo para el que no está preparada, pero que la deja atónita y fascinada: los bellos reflejos de luz que atraviesan las pompas de jabón.

Conforme avanzo en las páginas siento inquietud. Tengo la sensación de no estar entendiendo algo. No alcanzo a comprender si la monja-errante es una persona intersexual o una mujer transexual; pero con su subir y bajar por las calles de Lavapiés acabo siendo consciente de que yo también me aferro a mi verdad absoluta, a la necesidad de que todo sea binario. Mi problema también lo tiene el padre Miguel, la hermana Marisol y Rafael, el estanquero, personajes de la novela, que acrecentamos con nuestra mirada absoluta el drama de la monja-náufrago.

Si te adentras en el relato, te vas dando cuenta que lo que menos importa es el cajón de nuestra cabeza donde necesitamos colocar a Ángela. La grandeza de esta novela, es hacernos partícipes de la inmensa soledad de esta mujer, de su desatino, de su deambular, de su errático caminar por un barrio que, a la vez,  la mueve y la paraliza. El cuerpo de Ángela es un saco de boxeo.

Lo fácil de contar esta historia hubiera sido desgranar el rosario de penurias de la infancia de Ángela, y convertirla en una víctima. Esos flashbacks para contar miserias que ya sabemos Carlos Barea nos los ahorra. Lo que me cautivó de la lectura es el presente que se lanza al futuro, la constante sensación de que algo está por llegar.

Por eso, al final de la historia, cuando ya solo me quedaban unas pocas páginas, yo me decía: “¡Carlos no, no puede ser, no acabes así, no hagas esto!”. ¿Pero de qué otra manera puede ser? Bajo nuestra mirada Ángela miente, pero si mirásemos como mira ella, tiene una verdad absoluta. Solo se tiene a sí misma. Y no todos los pájaros saben vivir libres.

Pilar Gómez, la actriz que quería ser monja, en Mejorcita de lo mío se para durante un momento frente al público y nos hace ver la distinción entre miedo y cobardía: “según Albert Ellis, el miedo es una emoción y la cobardía una actitud”. Al igual que la actriz, Ángela, (y Carlos Barea por escribir su historia), son miedosas, pero no cobardes.

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Raúl Duque Motilla
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