arqueologia sentimental
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Arqueología sentimental

Fotografía de Luis Tosta

¿Habéis probado a acariciarle la cara a alguien de la misma manera que tocaríais una melodía en un piano?

Yo sí, y sin necesidad de partituras.

Conocí a M. a través de internet; algo poco remarcable; algo que podría haber cambiado para que fuera más poético y quedara mejor a la hora de contarlo, pero no fue así.

Quedamos en un bar del centro.

Cuando apareció, nos escrutamos las caras tímidamente, como buscando las siete diferencias con la imagen que nos habíamos hecho de nosotros mismos en nuestras cabezas. Después de los nervios iniciales, nos sentamos y comenzamos a hablar.

M. (que había venido a estudiar español durante unos meses) me contó que era de un pueblecito de Estados Unidos donde jamás había tenido nada con chicos por miedo a ser descubierto.

M. hablaba agarrando fuerte la cerveza, como si aquel vaso le diera la seguridad de que su vida no se iba a derramar de un momento a otro.

«Si se hubieran enterado, habría sido repudiado por mi familia y por mis amigos —me dijo—. Allí es imposible ser feliz si eres gay; siempre hay alguien que te lo va a impedir recordándote que eres diferente.»

M. me miraba detrás de sus pequeñas gafas entre asustado y nervioso.

«Pero tú no eres diferente —le dije—. Nadie, ya sea gay, bisexual, lesbiana o transexual, lo es.»

M. agachó la cabeza y se subió las gafas presionando el puente con el dedo índice, como dándose cuenta de su error. «Tienes razón —susurró—. Mis padres son muy religiosos. Me he movido por ese ambiente casi toda la vida…»

Lo miré en silencio e intuí años y años de represión sobre sus espaldas como una gruesa capa de cemento. No hacía falta ser muy espabilado para darse cuenta de que M. había interiorizado a fuego que era diferente por el mero hecho de ser gay y que no estaba aquí para estudiar idiomas, sino para estudiar la vida y, sobre todo, para aprender a vivirla de manera diferente a como lo había hecho hasta ahora.

Cambié de tema y le pregunté por cómo se había adaptado a las costumbres españolas.

M. se relajó de inmediato, soltó el vaso, puso sus manos en la mesa y empezó a parlotear con ese acento americano que tanta gracia me hacía. M. hablaba a trompicones, como si tuviera demasiado que contar y no supiera dosificarlo.

Su tono era suave y sus ojos inquietos.

Le gustaba la cerveza y el hecho de que en España pusieran tapa con la bebida, a la par que detestaba a la gente que no dejaba propina.

A la hora de despedirnos nos dimos la mano (igual que al saludarnos). Quise darle un pequeño abrazo, como gesto de que había pasado un buen rato y me había caído bien. Al acercarme, se puso tenso y reculó hasta convertirse en una especie de estatua que respiraba.

Bajó los hombros y arqueó la espalda. Sus brazos apenas me rozaron. Cuando me despegué, vi un gesto de desconcierto en su cara. Me dijo adiós mientras buscaba con la mirada la punta de sus desgastados zapatos de tela marrón.

Cuando llegué a casa me tumbé en la cama. ¿De verdad quería involucrarme con M. y su historia? Ya era complicado conocer a alguien, como para que ese alguien, encima, requiriese un trabajo extra de arqueología sentimental.

Con M. tendría que ponerme los guantes para tocar las piezas que andaban sueltas en su interior y que no se rompiera nada; colocarlo todo en su sitio e ir encajando el puzle con muchísimo cuidado. ¿Estaba dispuesto a tanto esfuerzo?

Aquella noche soñé que M. y yo tocábamos juntos el piano en Benidorm frente a un grupo de gente con crucifijos colgados al cuello que aplaudía y que, intuí, era su familia cristiana. A la mañana siguiente me desperté relajado, como con más espacio en los pulmones para respirar. Lo tuve claro: iba a seguir conociéndole.

Al cabo de dos semanas, le invité a una cena en casa para ver la gala de los Goya con unos amigos.

«¿Son gays?», me preguntó.

Le dije que no, pero que era gente muy abierta y que me sorprendía que me preguntara eso y no que qué coño era la gala de los Goya.

Apareció puntual, con una camisa de cuadros azul y una botella de vino del barato en la mano.

M. actuó con normalidad, se integró e incluso hizo bromas sobre lo aburridas que eran las galas de cine en España.

«Gracias por invitarme», me susurró al oído cuando ya habíamos terminado y estábamos en el sofá. M. había bebido demasiado, tenía la cara roja y una sonrisa que no se le iba de la boca.

A eso de medianoche, se fue todo el mundo menos él.

En la tele, un par de actores mediocres versionaban una canción de Frank Sinatra en un espectáculo lamentable.

M., bastante ebrio, se puso a cantar y a mover los brazos al ritmo de la música. Cuando acabó, le aplaudí, cogí un tenedor de la mesa, se lo di y le dije: «Enhorabuena. Eres el ganador a la mejor canción original.» M. soltó una carcajada y me abrazó.

Esta vez no hubo tensión en su cuerpo. M. se aflojó, apoyó la cara sobre mi hombro y me apretó contra él. Sentí su calor, su respiración acelerada y, sobre todo, el peso de sus deseos enroscándose por mi espalda.

Poco a poco se fue acercando a mi cara y me besó.

Él a mí.

Poco después, fui yo el que le guio a mi habitación.

Hacía tiempo que nadie me descubría ni me investigaba como lo hizo M. Desnudos en la cama, M. peinó mi piel con el rastrillo de su curiosidad en forma de dedos. Escrutó cada uno de mis rincones como el buscador de oro que va a la caza del tesoro. Me llevó al orgasmo dos veces y luego me devolvió a la realidad para que no me perdiera.

M. se dedicó a mirar mi pene erecto durante un buen rato, casi como si estuviese viendo el final de su serie favorita, como si intentara leer el futuro mirando dentro de mi uretra, como deseando que se convirtiera en el sex(t)o apéndice de su mano. La puso frente a su cara, cogido con la mano derecha, sus diminutos ojos azules clavados en él, sus deseos hormigueándole la lengua.

Recuerdo que nos quedamos dormidos.

En un momento de la madrugada, me desperté y vi que me estaba mirando. Cuidadosamente, puse la palma de la mano sobre su cara. Mis dedos se deslizaron por su barbilla, creando una música silenciosa que se fundió con la quietud de la noche. Deslicé mi dedo índice y toqué un do en su mejilla izquierda; busqué un fa para hacer música en su frente; puse un sol en la nariz para que hiciera equilibrios y, finalmente, escondí un re en la comisura de sus labios para buscarlo más tarde. Deseé con todas mis fuerzas que M. escuchara la misma melodía que yo. Quise componer aquello que ansiaba escuchar y, en ese mismo instante, funcionó: hice música.

Después de aquella noche, estuve cinco días sin saber nada de M. No contestaba los mensajes ni los emails. Empecé a preocuparme, a ponerme nervioso, a no dormir bien por las noches, a sentir una presión en el pecho y a tener ganas de llorar por cualquier cosa, hasta que un día me encontré con una amiga que me dijo que había coincidido con él en una fiesta de un colega.

«Al día siguiente de lo de los Goya me vio de lejos en la fiesta de Manu, se paró en seco y se puso muy serio; le cambió la cara totalmente —me dijo—. Le pregunté a Manu que de qué lo conocía y me contó que de un intercambio de idiomas. También me contó que era un chico raro, pero agradable.»

Cuando llegué a casa, me senté delante del ordenador y le mandé un email lleno de reproches y preguntas. A veces el dolor endurece las palabras hasta convertirlas en piedras, porque lo único que quieres es cogerlas, tirarlas y devolver ese dolor en forma de pedrada. Y eso hice, tirar piedras con fuerza y la mayor puntería posible por la rabia de no entender por qué M. actuaba de esa manera.

Al día siguiente me contestó:

Lo siento. Siento mucho si te he hecho daño al desaparecer. Podría decir que he estado ocupado, pero sería mentira, y no quiero mentir más. Me he pasado la vida ocultando a los demás lo que soy, incluso a mí mismo. Es como coser un parche en algo que sabes que está roto; un remiendo que no sirve más que para tapar la verdad; una verdad que ahora mismo no puedo asumir, soy incapaz. Me aterra pensar que puedo enamorarme de ti. Me pongo a temblar de pensar todo lo que eso supondría en mi vida. Lo sé, soy un cobarde, por eso me he alejado de ti; porque los cobardes hacemos daño y acabamos durmiendo en colchas hechas de remiendos por donde se escapan nuestros sueños. Espero que algún día encuentres la manera de perdonarme. Con afecto. M.

Lo releí dos, tres, diez veces seguidas, como si al hacerlo las letras tuvieran más posibilidades de ordenarse y cambiar el contenido de aquel maldito email. Pero no, aquellas palabras relampaguearon por mi cabeza volviéndose reales.

No pude contestar.

Una especie de yunque invisible cayó encima de mi pecho. Me llevé la mano a la cara y empecé a esparcir notas por ella.

No sonó nada, no había música, solo el roce de mis dedos nadando sobre una vida hecha de silencios.

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Escrito por
Antonio Sánchez Bejarano
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