El armario me quitó el derecho a enamorarme
El armario me quitó el derecho a enamorarme

El armario me quitó el derecho a enamorarme

Fotografía por: Fernando Tel

Fernando me ha dado permiso para contar su historia:

Nules es una ciudad de 13’000 habitantes en la provincia de Castellón. Soy gay, tengo 61 años y hace dos que salí del armario. Los fallecimientos de Tomás y mi madre fueron las gotas que colmaron el vaso. En el caso de Tomás sentí que fue una traición no habérselo contado. Mi amigo de toda la vida se fue sin conocer mi verdad.

Siempre lo supe. Cuando tenía unos nueve o diez años, durante un espectáculo la víspera de San Juan, un chico que estaba sentado en la fila de atrás, al verme reír y gesticular, me dijo que era mariquita. Me quedé en blanco. Mis amigos se quedaron mirándome. No supe reaccionar. Aguanté el resto de la obra en el silencio más absoluto. Mis amigos me preguntaron por qué no le había dicho a aquel chico que no era mariquita. No supe qué  contestar. Me fui a casa y me encerré varios días antes de volver a salir a la calle.

Así fue como me puse un disfraz y disimulé la pluma durante cincuenta años. Los últimos diez tuve en casa a mi madre porque no quería que viviera sola. Pensé en decírselo, pero era ya una mujer muy mayor. Siempre pensé que le podía dar un disgusto, como si fuera posible darle un disgusto a alguien siendo uno mismo.

El armario me quitó la libertad de decidir si quería o no tener una relación de pareja, porque cuando empezaba a construir relaciones serias con otros hombres, me entraba el miedo, que lo dominaba todo, convirtiéndose en una tortura. No me veía capaz de sacar adelante esas relaciones. Me repetía una y otra vez que yo no tenía derecho a enamorarme.

El miedo también me impidió estudiar. Lo dejé a los 14 años. El instituto fue un infierno. Sentí el rechazo muy de cerca y por mucho que quisiera esconderme o disimular, siempre había alguien que era capaz de mirar dentro de mí. Le dije a mi padre que no quería estudiar y así fue como me libré del miedo a convivir con otros chicos de mi edad.

Te asustas y sientes vergüenza porque tienes que decirle a la gente que tu vida en realidad no es tuya. Es prestada. Estás nervioso porque crees que te van a rechazar al contar que tú en realidad eres otra persona y que tu biografía se escribe con otras letras. Porque en el fondo es como si hubieses aprendido a leer por primera vez. Miro a mi alrededor y donde antes veía un garabato, ahora veo mi nombre escrito: Fer… nan… do. Y ahí empieza todo. He aprendido a leer y ahora puedo escribir mi propia historia. He tomado conciencia de mí mismo y he conectado con lo que me hace ser auténtico.

El verano pasado lo conté. Me armé de valor y se lo dije a la familia. Después a los amigos. Finalmente a algunos compañeros de trabajo de confianza. Las reacciones fueron maravillosas. Me sentí querido y apoyado. Algunos se quedaron perplejos porque no sabían si era un capricho o era algo que me había acompañado toda la vida. De verdad que no tenían mala voluntad: simplemente no lo entendían. Pero, ¿cómo no le va a resultar complicado a un heterosexual comprender la homofobia interiorizada si incluso a nosotros, que somos los que la sufrimos, nos cuesta entenderla?

Hoy sigo escribiendo mi historia. Me he asociado al Col°lectiu Lambda en Valencia y quiero hacer voluntariado con ellos. Me he organizado la vida para tener las tardes libres y colaborar. Soy consciente de mis limitaciones. Noto que me faltan habilidades porque la gente que sale del armario cuando es joven ha tenido tiempo para aprender a relacionarse y conoce cómo funciona el mundo.  A pesar de todo yo quiero seguir escribiendo mi historia, a mi ritmo, porque tengo derecho a disfrutar de la Literatura, con mayúsculas.

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Escrito por
Daniel Vilosa

Periodista especializado en actualidad LGBT, es fundador de La Pluma Invertida. Trabaja como ejecutivo de cuentas en la agencia de marketing Goalplan y gestiona puntualmente medios en el gabinete de comunicación IP Comunicación. Vive en Barcelona.

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