Andares impropios
Andares impropios

Andares impropios

Fotografía de Margaret Weir

Barcelona, 22 de julio de 2020

—Lo tienes claro, ¿no?

—Sí. Lo siento, Bernat.

—No entiendo qué ha pasado. Han sido unos meses, casi un año, de puta madre. ¿Dónde está el problema?

—No lo sé. De verdad que no lo sé.

—Alguna explicación tendrás.

—No la tengo.

—Pues no te creo. Conectamos, nos atraemos, tenemos cosas en común. Joder, nos reímos mucho cuando quedamos. Llevaba años sin encontrarme con alguien que fuera capaz de hacerme reír tanto.

—Tú también me haces reír, Bernat.

—Pero…

—Pero nada.

—Algo habrá, Gonzalo. Si vienes a decirme que no vamos a vernos de nuevo, digo yo que por algún motivo será, ¿no?

—Mira, no insistas. No tengo una mejor explicación. A veces, no sé, sientes que la historia no da más de sí, ¿me explico? Me ha pasado algo así. Creo que esta relación no va a ningún sitio y pienso que lo mejor es que sea claro contigo. No le demos más vueltas.

Molt bé. Gràcies per la claredat. Adéu.

 

Córdoba, 22 de julio de 1993

El niño del quinto ha vuelto a escaparse de casa. Tendrá siete u ocho años, no más. Lleva una semana haciendo lo mismo, cumpliendo con el mismo ritual. Sobre las tres y media de la tarde, cuando sus padres se encierran en la habitación para descansar, se dirige hasta la puerta, abre procurando no hacer ruido, después va hasta el descampado que hay detrás del edificio en el que vive y espera la llegada del supervisor, que no tendrá más de diez años.

María, la vecina del bajo, los observa a través de la ventana de la cocina mientras friega los platos. «Otro día igual. Qué se traerán entre manos estos dos, ¿es que no habrá horas en la tarde y en la noche para jugar? Si ahora mismo lo único que hay en la calle es fuego», murmura mientras se seca las manos y se apoya en la encimera para no perderse una nueva clase magistral que no logra comprender.

El mayor de los niños tiene en las manos un tirachinas que ha fabricado con el cuello de una garrafa de agua. Es un invento simple, pero cumple su función. Ha encajado un par de globos rojos en el aro de plástico rígido y ha colocado un par de gomas elásticas alrededor para asegurarlos, para fijarlos bien y que puedan ser estirados con los dedos sin que se salgan. Solo puede cargar el artilugio con piedras pequeñas, pero si tira lo suficiente de la doble capa de goma de los globos, los proyectiles pueden alcanzar una distancia considerable o, si el objetivo se sitúa cerca, el cardenal está garantizado.

El menor comienza a caminar siguiendo una línea que nadie más puede ver, como si estuviera en un teatro y recorriera el escenario de un extremo a otro sin abrir la boca. El mayor lo observa con atención. Primero sigue un ritmo normal, después acelera. El niño juez sostiene el tirachinas como si fuera una copa, dentro hay un chino anguloso que podría hacer mucho daño si el castigo fuera necesario. Permanece inmóvil, espera el fallo.

«Más rápido», ordena al pequeño y este obedece de inmediato, pero camina como si sus articulaciones estuvieran oxidadas, como si fuera el hombre de hojalata de Oz. Izquierda, derecha; izquierda, derecha. Gonzalo ya está sudando, le cuesta aumentar la velocidad y mantener la tensión en sus miembros. Cualquiera diría que pretende imitar a un robot o a un soldado. Se cansa, baja el ritmo y el instructor le vuelve a pedir que camine más rápido. Lo intenta. Llega hasta el final de la línea imaginaria y regresa. Una y otra vez. Pero se cansa, el sudor le cubre la frente. Claro, casi cuarenta grados abrasan el suelo.

Deja de apretar los puños y durante varios pasos su cuerpo se afemina. ¡Zas! El mayor dispara el chino contra la espalda del pequeño, pero este se gira y recibe la pedrada encima de la ceja izquierda.

Un grito en la calle y otro en la cocina del piso de la planta baja. La vecina corre en busca de los niños.

—¡¿Pero se puede saber qué estáis haciendo?! ¡Que le vas a sacar un ojo! —dice María, que se arrodilla para ver la herida del chiquillo descalabrado en cuanto llega hasta ellos.

—Yo no tengo la culpa. Gonzalo me dijo que no quiere tener andares de niña.

Madrid, 22 de julio de 2031

—Llevo mucho tiempo soltero. Demasiado.

—¿Y a qué crees que se debe, Gonzalo?

—Me da vergüenza decirlo.

—Entonces, será un doble descanso que hagas ese esfuerzo.

—Si tú lo dices, que eres el psicólogo…

—…

—¿Por qué te callas?

—Porque es tu turno.

—Está bien. Me obsesionan los andares de los hombres. Es en lo que más me fijo cuando estoy conociendo a alguien. Descarto a la gran mayoría por ese tema. ¿No te parece una gilipollez?

—No lo creo. Cuéntame más, yo te escucho.

—Es como que me cuesta mucho encontrar al tío que camine como un verdadero hombre. ¿Me explico? En cuanto tengo la impresión de que son mínimamente afeminados en el modo de andar, dejan de gustarme. Me pasó con alguien que conocí en Barcelona. Era un tío genial, me encantaba.

—…

—Pero, joder, caminaba como una mujer. Bueno, no mucho. Lo suficiente como para que me molestara.

—¿Se lo dijiste?

—No, ¿cómo le iba a decir eso? Ahora llevo unas semanas pensando en él. Incluso lo he visto en sueños. Es curioso, ¿no? Soñar con él más de una década después de que lo dejara.

—Dime lo primero que se te venga a la cabeza cada vez que yo pronuncie una palabra, ¿de acuerdo?

—¿Qué juego es este?

—Uno asociativo. Después, si te apetece, podemos trabajar con ese sueño que mencionas.

—Está bien.

—¿Listo? No le des muchas vueltas, lo primero que te venga a la cabeza.

—De acuerdo. Dispara.

—Mujer.

—Tirachinas.

—Amor.

—Imposible.

—Risa.

—Bernat.

—Andares de mujer.

—Andares impropios.

—¿Por qué te tocas la cicatriz de la frente?

—No lo sé.

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Escrito por
Francisco Javier Olivas
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