Amor a diferentes ritmos
Amor a diferentes ritmos

Amor a diferentes ritmos

Fotografía por: Steve Johnson

A mediados de 2014 el fotógrafo neozelandés Robin Hammond estaba trabajando en Nigeria para National Geographic cuando supo que cinco hombres habían sido arrestados en el norte del país por ser homosexuales. Consiguió reunirse con ellos, los entrevistó, hizo públicas sus historias y así nació un proyecto que Hammond expandió a siete países, fotografiando a personas de quince nacionalidades diferentes. Where love is Illegal narra los testimonios de personas que por razón de su orientación sexoafectiva sobreviven en regiones altamente hostiles en las que son perseguidos, amenazados, maltratados e incluso ejecutados.

Actualmente la ONG Witness Change impulsa este proyecto de storytelling visual. Además de posar para los fotógrafos, cada uno de los participantes cuenta por escrito su propia historia de discriminación. Muchos esconden sus rostros para proteger su identidad y desde la plataforma en Internet reconocen que los participantes tienen derecho a veto de las imágenes si consideran que suponen un compromiso para su seguridad.

Con el tiempo el proyecto ha evolucionado. Hoy Where Love is Illegal es también un medio social en el que miembros del colectivo LGBT de todo el mundo comparten sus propias historias de supervivencia. Las donaciones recogidas sirven también para empoderar a las organizaciones no gubernamentales locales en sus propios proyectos de visibilización y defensa de la igualdad.

Iniciativas como Where Love is Illegal son una herramienta más para valorar qué se opina, pero también qué se sabe sobre homosexualidad en diferentes partes del mundo. También sirve para constatar como la regulación del derecho al amor tiene diferentes velocidades. No hablo de dos velocidades, sino de tantas velocidades como códigos civiles puedan existir. Algunos lo regulan y otros no. Algunos lo protegen y otros lo castigan. Mientras en España existe el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo (Ley 13/2005), en países como Rusia, Nigeria o Uganda los gobiernos han considerado que el colectivo debe ser el público diana del enfado y descontento que sus ciudadanos sienten por sus gobernantes. Estos tres países han institucionalizado el odio a través de leyes anti homosexualidad que en los últimos tres años han derivado en un significativo aumento de ataques homófobos.

Si la situación en la mayoría de las democracias occidentales es blanco (o blanco crema) y lo que ocurre en Rusia (y Chechenia) o Uganda es negro, existe en medio una variada escala de grises. En una entrevista para la revista Time publicada el 4 de junio de 2015, el director de Human Rights Watch, Kenneth Roth, puntualizó que la lucha por los derechos del colectivo LGBT no era un fenómeno exclusivamente de los países occidentales, sino que muchos de los gobiernos a la vanguardia de la defensa de los derechos de este colectivo pertenecen a estados en vías de desarrollo, precisamente porque muchos gobiernos estatales y regionales han endurecido la legislación que prohíbe la discriminación por razón de orientación sexual.

Este fenómeno de reconocimiento de los derechos humanos y protección frente a la homofobia a velocidades tan diferentes mostró situaciones muy dispares en 2016. Por ejemplo, que Malta se convirtiese en el primer país europeo en prohibir por ley las terapias de conversión, mientras que en España, que fue uno de los primeros países del mundo en aprobar el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo, dichas terapias siguen siendo legales. O mientras que Justin Trudeau, primer ministro de Canadá, se convirtiese en el primer mandatario en participar en un desfile del Pride (con la carga simbólica que ello supone), Seychelles y Belice justo hayan descriminalizado la homosexualidad. O que en Kazajistán las parejas del mismo sexo puedan adoptar un menor legalmente, pero no puedan casarse.  O que Bélgica se convirtiese en el segundo país del mundo tras los Países Bajos en permitir el matrimonio entre personas del mismo sexo, pero que impida a los hombres homosexuales donar sangre hasta pasado un año después de haber mantenido relaciones sexuales. Como si esa casuística pudiera llegar a darse.

Este ritmo tan dispar de aprobación de derechos así como las contradicciones internas que se hallan en algunos países ocurre básicamente porque esos derechos son considerados privilegios, pero no derechos de facto en sí mismos. Los legisladores valoran el grado de privilegio que van a dar al colectivo homosexual, pero no reconocen el derecho a ser de los homosexuales en su plenitud. A la hora de legislar se delimita el privilegio que se les va a conceder, como si pudiese medirse con un termómetro. Por ejemplo, se otorga el derecho al matrimonio, pero se delimita el concepto de familia porque no se reconoce el derecho a la adopción. O se les concede el derecho a donar sangre, pero se limita la edad legal de consentimiento para mantener relaciones sexuales, que se diferencia de la edad heterosexual. Y así un larguísimo etcétera. El problema está en que la igualdad no consiste en tener privilegios, sino en disfrutar de exactamente los mismos derechos que el resto de la población.

Time: http://time.com/3906450/lgbt-robin-hammond/

El País: https://elpais.com/internacional/2017/04/18/actualidad/1492511300_510497.html

El País: https://elpais.com/elpais/2017/02/22/planeta_futuro/1487748098_694862.html

Foro Económico Mundial: https://www.weforum.org/agenda/2017/03/what-you-need-to-know-about-lgbt-rights-in-11-maps/

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Escrito por
Daniel Vilosa

Periodista especializado en actualidad LGBT, es fundador de La Pluma Invertida. Trabaja como ejecutivo de cuentas en la agencia de marketing Goalplan y gestiona puntualmente medios en el gabinete de comunicación IP Comunicación. Vive en Barcelona.

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