Contaminado

Hace un par de semanas tuve una experiencia desagradable. He estado varios días pensando si la publicaba en el blog o no, y cuando finalmente me he decidido a hacerlo, no he sido capaz de narrarlo, digamos, con un tono que pretendía fuera literario. Creo que me ocurre porque es una de esas experiencias negativas que te dejan un mal sabor de boca incluso un tiempo después de haber ocurrido. Así que al final voy a explicarla, pero sin buscar poesía en una situación que ni es arte ni es nada.

Intento nadar unas tres o cuatro veces a la semana, dependiendo de mi tiempo libre. Cuando termino y salgo del gimnasio estoy de buen humor y es como si mi pecho se ensanchara  y respiro mejor. La realidad tiene otro color. Incluso puede que tenga otra forma. Libero energía y tengo ganas de pasármelo bien.

Una de las últimas veces que fui a la piscina me dejé Grindr encendido. Mientras nadaba, varios chicos me escribieron proponiéndome pasar un buen rato. A ver, entendámonos. No es que en los treinta o cuarenta minutos que estuve nadando me escribieran diez o veinte chicos, no. Ni mucho menos. Dos contactaron conmigo. Escogí uno.

Fui a su casa. Él tenía ganas de hacerlo todo y yo tenía ganas de dejarme querer. Se arrodilló y tras varios minutos en la misma postura, estando yo a punto de caramelo, me clavó un diente en el glande.

Sangré. No mucho. Sólo unos segundos. No me dolió y yo estaba dispuesto a seguir, pero entonces el chico me hizo una pregunta que lo cambió todo:

-¿Estás bien o estás contaminado?

Así. Tal cual. Me lo preguntó estando todavía de rodillas, lascivo, dándome a entender que si la respuesta era “No”, que no estaba contaminado, seguiría de rodillas, pero que si la respuesta era “Sí”, que sí estaba contaminado, entonces puerta y adiós muy buenas.

¿Qué significa exactamente la palabra “contaminado”?, me quedé pensando. Explícamelo porque ahora mismo no entiendo bien si te refieres a contaminado de VIH, contaminado de sífilis, contaminado de las dos, contaminado de todas las ITS disponibles en el mercado, contaminado de gripe o contaminado de ébola. Me quedé atascado en este pensamiento circular como si fuera un callejón sin salida y perdí la erección en el mismo momento en el que dijo la palabra mágica.

No me molestó que me preguntase si tenía o no una infección de transmisión sexual. No. Lo que me molestó fue el uso de la palabra “contaminado” con ese deje despectivo, inquisitivo, a medio camino entre un “te vas a morir mañana” y “eres un ser terrible y contagioso al que le pasan cosas malas porque eres un maricón promiscuo de mierda y eso no está bien”.

Es como si de repente hubiesen entrado en la habitación el estigma, la moral y la culpa haciendo los coros a un hombre de rodillas que, mirándome con pena, me cogía el pene como si fuera un micrófono y le preguntaba que qué me pasaba, que si ya no me alegraba de verle.

Oye pues no. Su vocabulario había sido ofensivo y a lo largo de la historia esta manera discriminatoria y acusatoria de comprender el mundo había hecho (y parece que sigue haciendo) mucho daño a los hombres gais. Me subí los pantalones, me puse los zapatos y volví al gimnasio.

Cuando ese día la monitora de la piscina me vio por segunda vez, me preguntó extrañada si todo andaba bien. Le contesté que sí, que unos largos me devolverían al punto exacto en el que salí a la calle una hora antes.

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