Fanáticos y fantásticas

La actriz Daniela Vega fue la protagonista de la ceremonia de clausura de la Berlinale. Foto de Isa Foltin (Getty Images).

En junio de 2017 circuló por las calles de Chile el denominado “Bus de la Libertad”, un intento de propaganda de grupos conservadores para manifestar su descontento con las leyes – aún en proyecto – destinadas a reconocer situaciones ligadas a la diversidad de género, como la adopción de parejas homoparentales o el reconocimiento civil de personas transexuales. El principal argumento para apoyar el tránsito de dicho vehículo radicaba en que sus defensores se habrían sentido vulnerados en su derecho de criar libremente a sus hijos e hijas (así, en lógica binaria) y no podían hacerlo porque el Estado estaba abalando y fomentando la perversión. Su voz se hizo sentir con fuerza, la policía nacional protegió su itinerario y llegaron incluso a aparcar frente al Palacio de la Moneda. Una de sus principales defensoras, Marcela Aranda, directora del Observatorio Legislativo Cristiano, aseguró que la existencia legal de personas trans sería una anomalía manifiesta que atentaría contra el plan divino. Quede claro que esta mujer y parte de sus aliados son asesores de parlamentarios chilenos, autoridades cuya tarea es realizar o reformar leyes.

Paralelamente la película Una Mujer Fantástica, del realizador chileno Sebastián Lelio, cuyo estreno se realizó durante la Berlinale, comenzaba a ganar cierta notoriedad con una crítica favorable que la respaldaba. El film trata la historia de una mujer trans, exponiéndola en escenarios que no son ajenos para alguien común y corriente en la misma situación: discriminación, marginalidad, soledad e incomprensión, entre otros. Durante todo ese año la película fue ganando adeptos entre los entendidos en cine, no sólo por su hermoso resultado visual, sino también por una historia que obligaba a pensar en una realidad que posee tintes de tabú y morbo.

Daniela Vega, la protagonista de Una Mujer Fantástica, comenzó a atraer mucho la atención de los medios, su figura se hizo recurrente, al punto de transformarse en una persona reconocible. Aprovechó la tribuna del momento y, en una entrevista concedida al periódico británico The Guardian, declaró: “Me causa placer físico molestar a los conservadores. No necesito ser violenta, no tengo que insultar a nadie. Mi mera existencia perturba a esa gente.” Su provocación se desarrolla en un momento clave en el mundo. Por ejemplo, la transexualidad deja de comprenderse dentro del manual de enfermedades de la Organización Mundial de la Salud como un trastorno, pasando a entenderse como una “incongruencia de género.” No se trata de una modificación cosmética, lo que nos hace entender es que quienes viven esta realidad no son enfermos; y la distinción a propósito de la supuesta anomalía no tiene otro asidero más que la percepción tradicional, que se niega a aceptar cambios tan significativos. Para demostrarlo, podemos exponer una respuesta, realizada por otra chilena, la psicóloga Lucy Ana Avilés. En su cuenta de Twitter expresó su desilusión ante lo que dijo Vega, cito: “Me genera rechazo físico el que a ti te genere placer físico molestar a los conservadores. Me decepcionó saber que la incomodidad de algunos te entrega placer.”  Avilés pertenece a ese bando a quienes las personas trans les genera cierto grado de repulsión; una filántropa, sí, pero que apoya más a unos que otros (alquiló un avión cisterna que permitió extinguir incendios en el sur de Chile, durante una grave crisis forestal el mismo 2017).

Daniela Vega se convirtió en una pequeña celebridad, aclamada en el mundo entero (habiendo ya ganado la película el Sebastiane Latino y el Goya a Mejor Película Iberoamericana, entre otros), al punto que llegó a desfilar en la alfombra roja del Festival de Viña del Mar, principal evento musical de Chile. Sus apariciones dolían, particularmente a la bancada política conservadora, que tuvo que aceptar con resignación la nominación a los premios Oscar.  No olvidemos además, que algunos de entre sus filas cuentan con la asesoría de Aranda.

Daniela Vega en una recepción de estado en Chile poco antes de que Michelle Bachelet dejase la presidencia del país.

Ser trans es difícil porque conlleva un desafío en varios puntos, siendo quizá el más complejo la barrera social. No existe una legislación que entienda que la transexualidad no es ficticia.  Ser trans en Chile implica que la identidad con la que dichas personas se identifican no está reconocida en el código civil; parte de lo que son, de todo aquello que intentan formar es aún desconocida por el Estado y sus distintos organismos. El mensaje de fondo es hacer sentir que lo que les ocurre es una fantasía. Cuestiones tan sencillas como el nombre de pila con el que se identifican sólo descansa en la voluntad de aquellos otros individuos con los que interactúan. Nada más. A efectos prácticos, mantienen un nombre por obligación que no encaja con cómo se sienten. Y apuntando hacia lo obvio, el temor sobre aceptar la transexualidad no únicamente se encapsula en quienes la viven. Si ocultamos a estas personas y las obligamos a vivir en pequeños círculos de marginación, sin duda esto repercute en otro efecto social: la percepción de la anormalidad, la misma que alimenta la repulsión. Porque lo desconocido espanta, pero es muy posible que otro sería el caso si permitiéramos abrir nuestras mentes y corazones, no por aceptar, sino en un sentido de justicia, de igualdad y de entender que la diversidad nos vuelve complementarios.

Hace apenas un par de semanas Una Mujer Fantástica obtuvo el Óscar a Mejor Película Extranjera. Sorprendentemente, parte de los grupos conservadores se hicieron eco de dicho triunfo. El mejor ejemplo de ello fue el tweet realizado por el presidente electo Sebastián Piñera, quien escribió: “Esta noche el cine chileno tocó las estrellas. Grande Chile y un gran abrazo, con orgullo y emoción, a todo el equipo de #UnaMujerFantástica, la mejor película extranjera en los #Oscars 2018.” Esta visibilidad extrema dio pie a que el ala política conservadora de nuestro país tuviera que manifestar una postura favorable a la realidad de Daniela Vega. La victoria les dolió, y mucho. El actual mandatario ha manifestado que en muchas oportunidades los niños y niñas trans pasan por más de un cambio de identidad de género en su vida, por lo que sus propias realidades solo deben ser consideradas en la adolescencia. La declaración restó importancia al proyecto de Ley de Identidad de Género que aún descansa en el parlamento. Sin embargo, después de la ceremonia de premios, se envió a un actual ministro de su gobierno a que explicara que era necesario dar carácter de urgencia a dicha normativa.

Vega regresó a Chile con un mensaje. En el interior del Palacio de la Moneda, donde fue recibida (no quedando fuera como los representantes del “Bus de la Libertad”), aclaró que viaja con un nombre que no la representa, uno que corresponde a su genitalidad, pero no a quien realmente es. Llevando el nombre de Chile, parecía que Vega viniera de un país de aceptación, pero lo cierto es que nuestra legislación le impide ser ella misma. Y hay que aclarar un punto: este Oscar no se lo ganó Chile, lo hizo Lelio y su equipo. Lo ideal habría sido, sin lugar a dudas que esa misma empatía con la que aceptamos las mieles del triunfo se proyectase en una visión integradora para el colectivo trans, que continúa viviendo en el desprecio.

Por cierto, Marcela Aranda, asesora parlamentaria y seguramente de esas que padecen del rechazo físico que comenta Avilés, tiene una hija trans. Hace años que no se dirigen la palabra, dando una muestra de la fuerza del odio y del poder de las convicciones cerradas. Una Mujer Fantástica nos demuestra que cuando las voluntades se unen se pueden lograr grandes cosas. El cine nos ha regalado esta obra maestra que presiona a los grupos conservadores para que acepten el mundo real en el que viven. Se abren los ojos, se abren las mentes y una Ley de Identidad de Género es un paso, pero la aceptación y normalización de la transexualidad debería ser posible a todos los niveles. Quien lea esto puede comenzar por lo básico: la asimilación y la empatía, prácticas que no cuestan nada y deberían ser la única respuesta natural a la visibilidad.

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