Los abdominales del ego

Tazo y Luis coinciden en el vestuario del gimnasio de vez en cuando. Tazo es de tierra firme y su mundo son las máquinas de musculación. Luis en una piscina se siente como pez en el agua. Nunca se ven cuando entrenan, pero si lo hiciesen, se ignorarían. Deliberadamente.

Luis hoy ha nadado sus cuarenta minutos de rigor. Al salir de la piscina se ha metido en el vestuario y se ha quedado un buen rato absorto mirando el móvil delante de su taquilla. Sigue empapado, lleva el gorro de baño puesto y las gafas cuelgan de su cuello. Tiene varias conversaciones de what’s app a la vez y no existe mundo a su alrededor hasta que nota que tiene frío.

Levanta la mirada y allí está Tazo, delante de él, absorto con su móvil, ignorándolo y simulando que no existe, apartando la mirada con una mueca altiva. Con chulería y con ese deje de asco que tanto lo caracteriza. A Tazo, Luis le cae mal. Muy mal. Gordo imbécil.

Así lo había decidido tiempo atrás.

Los dos saben quiénes son. Coinciden en fiestas y eventos y siempre se repite ese ritual en el que Luis mira a Tazo y éste, sin elegancia ni don, fulmina a Luis con una mirada enviándolo a la mierda con un solo corte de cuchillo. Se saben conocidos porque tienen amigos en común. Alguna vez han compartido mesa con otros, aunque sentados en esquinas opuestas. Es probable que incluso hayan compartido algún que otro amante. Puede que eso lo sepan o puede que no. O puede que lo sepa solamente uno de los dos.

Tazo es alto y guapo. La forma de su cuerpo recuerda a la de un triángulo invertido a medio camino entre el de un nadador y el de un ciclista. Su exquisita y moldeada cintura de activo es flexible y certera y sus abdominales, trabajados a conciencia en los últimos cuatro años, son el foco de atención de los chicos en el gimnasio y su única campaña de marketing en redes sociales.

A Tazo le duelen los ojos cada vez que se cruza con Luis porque al nadador le sobran cuatro o cinco kilos, tiene un pelo alborotado sobre una calva evidente y expande una torpeza genética irritante que le hace tropezar con bambas, pies y bolsas ajenas todo el tiempo. Sin follabilidad no es más que puro material desechable. Además, piensa Tazo, seguro que sus amigos son como él: gordos que dañan la vista. Debe vivir una vida aburrida y solitaria, tener un trabajo temporal de subsistencia y necesitar suplicar para echar un polvo. No quieras saber más.

Luis no entiende esa hostilidad gratuita. ¿Por qué lo rechaza si no le conoce? No tiene material, elementos, signos, sensaciones, sabores, olores o lo que sea para ser juzgado primero y condenado después con la peor de las penas capitales. Tiene una alimentación sana y equilibrada. No fuma y bebe, como dirían los normativos, con moderación. Disfruta de sus amigos por encima de sus posibilidades económicas, puede acostarse con casi quien quiera y disfruta de un trabajo que, si bien no le hará rico, sí que le permite muchos caprichos.

Es una pena porque a Luis le encantaría que Tazo conociera su mundo. Está seguro de que disfrutaría como el que más yéndose de cañas con sus amigos, viajando por el mundo o deleitándose con su cuerpo, que le entregaría con pasión torpe y desmedida.

Luis cree que ese desprecio irracional no es por su físico. Acepta que no es perfecto, pero sí mucho más que resultón, tejido con el paso de los meses gracias a muchas horas de nadar piscina arriba, piscina abajo. Además, él tiene amigos que son como Tazo, que ponen el culto al cuerpo en primerísimo lugar, pero le quieren e incluso admiran por los valores que comparten.

Mientras sale del gimnasio Luis se pregunta cómo podría ayudar a Tazo a superar ese complejo de inferioridad que le aprisiona y que le impide darse cuenta de que, en el fondo, a él también le gustaría tener una historia.

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