El monedero de Carmen

El sol de otoño se acuesta por la ventana de la cocina. Los tres hijos de Carmen están a punto de llegar del colegio. Ella sabe que vendrán con hambre y se afana por terminar de preparar los bocadillos para la merienda. Hoy toca jamón dulce.

Al momento corta la barra de pan en tres trozos con dos cortes limpios de cuchillo. Los vuelve a cortar para abrirlos y coloca una finísima loncha de jamón dulce sobre una de las superficies de pan abiertas.  Cierra con el trozo sobrante creando un exiguo bocadillo.

El ajetreo de las escaleras avisa a la mujer de que sus hijos están cerca. Entran en el piso con aire taciturno, incluso triste. Antonio es el primero en aparecer por la cocina. Sonríe a su madre con la mirada puesta en los tres bocadillos que están sobre la encimera llena de migas. José Luis y Eva aparecen unos segundos más tarde después de haberse quitado la mochila y haberla dejado en la habitación que comparten los tres hermanos. Antonio se sienta en la mesa semicircular de la cocina y devora su bocadillo en silencio.

José Luis se acerca a la encimera y escoge las migas de pan más bonitas que se han esparcido durante la preparación de los bocadillos. Las guarda en el bolsillo de su chaqueta y se va a la habitación. Abre su mochila, coge el libro de matemáticas, un cuaderno y un lápiz y se sienta en la cama que comparte con su hermana. Apoya la espalda en la pared y empieza a hacer sus deberes. Se equivoca en la tercera suma y para corregirla hurga en su bolsillo buscando la miga de pan más grande. Sabe que cuanto mayor sea la miga, mejor podrá borrar la mina del lápiz de su cuaderno antes de que se deshaga en migajas diminutas imposibles de atrapar con sus todavía pequeños dedos.

Carmen mira el reloj de pared de la cocina y se da cuenta de que todavía queda tarde y quiere aprovecharla bien. Necesita vender más talones de lotería. Como sus hijos la ignoran, entra en la habitación de matrimonio, levanta el colchón asegurándose de que nadie la mira y atrapa de un manotazo el raído monedero de tela donde guarda el talonario con el que está sorteando una de las dos baterías de cocina que tiene.

Se pone el abrigo presurosa y se para delante del espejo del baño antes de salir a la calle. Se mira. Se tira el pelo hacia atrás y se promete a sí misma que hoy venderá como mínimo cinco talones. Esas pesetas servirán para la compra de mañana.

Son tres bocas que alimentar.

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