Cuando vayas a Ámsterdam

amsterdam

Llego 10 minutos tarde a la cena.  Él está dentro esperando y ya ha pedido el vino.  Ha sido un día horrible y lo que menos necesito hoy es esta despedida.

Sé que tarde o temprano tenía que llegar. Sabía que algún día regresaría a Ámsterdam, su ciudad. ¿Teníamos que vernos hoy? ¿Precisamente hoy lunes? ¡Malditas agendas que nunca cuadran! ¡Qué manera de empezar la semana!

Él: camisa verde, tejanos oscuros, sonrisa perfecta, ojos claros y perfume intenso. Yo: móvil en mano, chaqueta oscura, camisa azul y pelo revuelto después de 10 horas en la oficina.

—Elije tú, cualquier cosa que escojas me parecerá bien —le dije nada más sentarme en la mesa.

La cena es sólo una excusa. Lo importante es vernos y ponerle palabras a aquellas sonrisas que durante meses compartimos en exquisitas tardes de sofá viendo la televisión y comentando las noticias. ¿Recuerdas los desayunos en la cama con esos deliciosos croissants recién horneados de la panadería de debajo de tu casa?

Desde los entrantes las anécdotas se suceden una tras otra en una extraña necesidad de reafirmar que todo lo vivido ha sido real.

—Qué curioso cómo nos conocimos, ¿no?— me preguntas cuando vamos ya por los postres.

—Pues la verdad es que sí— respondo cogiendo un pedazo de la tarta.

Fue un sábado de madrugada. Yo sólo quería pasar un rato. Tú, además, también querías abrazos. No me lo esperaba y no me apetecía, pero a los pocos días conseguiste que me quedara mirándote mientras dormías.

Las copas llegan con más confidencias. Nos vamos a casa y abrimos una botella de vino blanco. Es entonces cuando nos damos cuenta que el tiempo nos ha ganado la batalla y que el habernos callado lo verdaderamente importante nos ponía ahora en una tesitura incómoda.

Tendríamos que haber sido valientes en su momento. Hoy es demasiado tarde: tú tienes un vuelo programado para final de semana y yo otros planes.

Amanece y comprobamos una vez más que el tiempo pasa rápido cuando más allá del deseo y el interés hay amistad y cariño. Me doy una ducha rápida porque el trabajo me espera de nuevo en la esquina de casa en forma de coche y compañeros. Tú te quedas en la cama mientras me preparo y salimos juntos de casa. El día empieza a despuntar pero la ciudad parece todavía dormir.

Nosotros estamos bien despiertos. Sabemos que nada volverá a ser lo mismo, pero queremos sellarlo con un fuerte abrazo, algunos besos y una mirada de esas en las que sobran las palabras.

—Gracias por todo lo vivido, por haberme ayudado estos meses y por quererme como nos hemos querido y queremos: puros—susurras antes de girar la esquina.

5 días después pregunto por ti.

— ¿Está Paul? —pregunto.

—No, ha salido hace una hora hacia el aeropuerto. Tenía mucho equipaje y quería facturarlo con tiempo — contesta una voz familiar.

—Ok, Helena, ¡gracias!

Cero, cero, cuatro, nueve…

— ¿Sí?

— ¿Paul?

— ¿Sí? ¡No! ¡Qué sorpresa! Estoy en el aeropuerto esperando que abran la puerta de embarque. ¿Desde dónde me llamas?

—Estoy en la oficina. Pasé por tu casa antes de llegar al trabajo, pero ya te habías ido. Tan sólo quería desearte un buen viaje. La verdad es que también quería desearte mucha suerte en esta nueva aventura y darte las gracias como tú me las diste por todo lo vivido.

— ¡Oh! ¡Gracias a ti! Cuando vayas a Ámsterdam… ¡avísame, por favor! ¡Me pondré la camisa verde y el perfume intenso que tanto te gusta!

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